Salomónica decisión

"El ayuntamiento de Orduña acaba de adoptar una decisión tan ejemplar al respecto que debería sentar jurisprudencia"

MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN

A veces dedicamos excesivas energías a los asuntos simbólicos. Los símbolos tienen una importancia indudable, pero siempre menor que los hechos reales que constituyen nuestras vidas con su épica modesta de los días de labor. Los símbolos son proclives a la sobreactuada fanfarria. Siguen apareciendo nuevos ejemplos de supervivencia de símbolos franquistas y es precisa su eliminación por razones éticas, estéticas y sobre todo porque lo exige la ley. Afortunadamente apenas quedan nostálgicos del franquismo y los riesgos para la democracia no parece que pudieran venir por ese lado. El franquismo está estudiado y repudiado en el ámbito de las ideas y en el de la práctica política. No es urgente para nuestra salud moral la eliminación de unos símbolos ya denostados, incluso tal vez conviniera meditar sobre si es bueno que apenas sepamos de qué hablamos cuando hablamos de Franco.

Conocí a una estudiante furibundamente antifranquista que apenas fue capaz de escribir un párrafo de tres o cuatro líneas, tan breve como irrelevante e inexacto, cuando le cayó en un examen de Historia Contemporánea una pregunta sobre Franco. Seguramente a nadie le sorprende que se despachen con un exabrupto cuarenta años de historia, es frecuente que el insulto sustituya al argumento.

El cumplimiento de la ley no siempre es sencillo, en ocasiones esos símbolos están tan integrados en determinadas construcciones que supondría una costosa tarea eliminarlos y sería un exceso el derribo. El ayuntamiento de Orduña acaba de adoptar una decisión tan ejemplar al respecto que debería sentar jurisprudencia. Unas sillas del salón de plenos estaban decoradas con ilustraciones franquistas tan torpes en lo simbólico como meritorias en cuanto al delicado trabajo de la madera. Así que ha procedido a la sabia y salomónica decisión de tapizarlas y cambiarlas de sitio. Ni a la vista ni en la hoguera. Salvaguarda así un meritorio trabajo de artesanía local y evita que los concejales se puedan quedar pensativos mirando el aguilucho imperial, el ilegal y pretencioso pollo.