Miedo rojo

Durante unos días, Bilbao temió la invasión rusa

Miedo rojo
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Habíamos visto Bilbao transformado en muchas cosas, pero no en Berlín en la primavera del 45: una ciudad esperando al Ejército Rojo. Ibas a por el pan y en la panadería la gente hablaba de «los rusos». No se referían a los formalistas, sino a los aficionados del Spartak, que jugaba el jueves en San Mamés. Después ibas a tomar algo y en el bar, con los cambios, te devolvían información adicional: «Tienen formación paramilitar».

Lo que ocurría a continuación era que en la calle todo el mundo te parecía ruso, pero era solo porque hacía mucho frío. Es interesante: tú le pones a un bilbaíno un plumífero, un gorro, un verdugo, unas gafas de nieve, unas orejeras y una bufanda y no hay quien lo distinga de uno de Moscú.

Luego ya veías por ahí a los moscovitas auténticos y eran gente bastante normal. Paseaban, tomaban pintxos, bromeaban en las puertas de los hoteles... Yo vi a unos fascinados con un 'otero' y su chisme lector de matrículas. Son la clase de cosas que se hacen cuando estás de viaje y el mundo se detiene para ti en la hora del recreo. Muy paramilitares tampoco parecían. Parecían más bien estudiantes, electricistas, profesores de instituto. Como cualquiera. Con el alma más insondable, quizá.

Pero daban ganas de acercarse para pedirles perdón por el recelo. Y comentarles la profunda relación que une a Bilbao con la Madre Rusia y que se sustenta principalmente sobre los pasteles rusos, 'Paz en la guerra' (nuestra 'Guerra y paz') y el Rasputín de Escuza, con su busto de Lenin y sus cientos de marcas de vodka.

Si dejamos a un lado a los ultras y olvidamos por un instante la trágica batalla campal en la explanada de San Mamés, la numerosa afición rusa no parece haber causado por aquí la menor molestia. Sin embargo, se les ha tenido prevención, puede que miedo, y una ciudad que mira mal a los de fuera es una enorme concesión: el triunfo, aunque sea momentáneo, del pueril pensamiento del fanático.

Ahora volvamos a los ultras, claro, y apliquemos la lógica con frialdad. Los del Spartak, el Apoel o el Olympique nos suponen un serio problema puntual. Pero en Bilbao el problema constante, inamovible, lo causan los ultras residentes: esa gente que nos salva del fascismo cada quince días, en los partidos de casa, pegando si se tercia navajazos por la espalda.

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