Tesoros en el BEC: del hilo de Carranza al ámbar del Báltico

El salón Tendencias Creativas, que se celebra hasta el domingo, está repleto de objetos fascinantes para comprar o para contemplar

El salón ha despertado gran expectación desde primera hora./Fotos: Luis Ángel Gómez
El salón ha despertado gran expectación desde primera hora. / Fotos: Luis Ángel Gómez
CARLOS BENITO

Algunos tenemos una idea bastante limitada de las manualidades, que se quedó anclada en el crucifijo de pinzas y el molino de tablerillo de las clases de pretecnología. Una visita a Tendencias Creativas, el Salón de las Manualidades que celebra hasta el domingo su decimotercera edición, sirve para sacudir esa visión anquilosada y pobre: en realidad se trata de un mundo vibrante, en continua renovación, que ya había logrado reunir en el BEC a cientos de aficionadas (y a algún aficionado también) a los pocos minutos de la apertura de la feria. En ella hay un centenar de expositores, un programa con más de cuatrocientos talleres y clases, una zona dedicada a exposiciones y, por supuesto, objetos para comprar o contemplar tan fascinantes como los nueve de esta selección.

Para algunas visitantes de la feria, es ya un ritual hacerse con el dedal conmemorativo de la Tornería Germans Castells, el taller de Torelló (Barcelona) que siempre trae un diseño específico para el salón. «Como aquí llueve mucho, lleva un paragüitas -muestra Concepción Iborra-. Nuestros dedales son de colección y son artesanos. Vamos haciendo modelos nuevos: con un unicornio, con un maniquí... Aunque la estrella siempre es la máquina de coser. Para bolilleras, tenemos algunos especiales que incluso llevan puntillas de bolillos». Estos sofisticados objetos de madera y cerámica, que se han emancipado ya de su función original de proteger el dedo ante la amenaza de la aguja, cuestan cinco euros y atraen a coleccionistas apasionadas. «Hay señoras que tienen dos mil o cinco mil dedales. Son muy buenos para regalar, porque ocupan poco y no pesan, y sobre todo son artesanos, no como esos dedales turísticos que pueden estar fabricados en la Cochinchina».

'La Incomparable' cumple 130 años

Se llama 'L'Incomparable', es una máquina de coser del fabricante francés Henry Vigneron y lleva fecha de 1889, así que este año cumple los 130. Pese a esa avanzada edad, está tan preciosa como el primer día y conserva el embalaje original, el folleto de instrucciones y accesorios como la aceitera o los prensatelas. La máquina es una de las incorporaciones más recientes a la colección del vizcaíno Luis de Pedro, una de las más importantes del mundo, con sus 350 modelos diferentes. «Mi mujer es bordadora y en 1976 decidió abrir una tienda de máquinas de coser en Gernika -relata Luis-. Años después, en una feria de Barcelona, me di cuenta de que la gente se fijaba más en las máquinas antiguas del escaparate que en las nuevas. Ese mismo día compré una y ya no he parado». Siempre pendiente de los anticuarios y los lotes de museos que cierran, todos los años logra traer al salón alguna interesante novedad, si es que se puede llamar así a artilugios que tienen más de un siglo, como la 'The Weir' circular de finales del siglo XIX o la 'Common Sense' de manivela de 1867. Por cierto, ¿cuánto pagó por 'L'Incomparable'? «No es cuestión de decirlo, pero mucho, seguro que más de lo que te imaginas».

El coche de madera ucraniano

Las maquetas del puesto de Lyubomyr Havrylyshyn parecen tan complejas como su apellido, pero él asegura que cualquiera puede montarlas, sin necesidad de pegamento ni de herramientas especiales. Son los juguetes de la marca ucraniana Ugears (la contracción de 'Engranajes Ucranianos' en inglés) y el propio Lyubomyr encuentra ciertas dificultades para definirlos: «Rompecabezas, puzles... Todavía no hay nombre para ellos, pero la idea es que todo sea de madera y todo tenga movimiento». De las dos personas que pusieron en marcha la marca en 2014, han pasado a los más de doscientos empleados de la actualidad, porque sus modelos cautivan a niños y mayores: hay caballos, avionetas y camiones, pero también misteriosas cajas propias de una película de fantasía. Los diseños más básicos, con menos de cien piezas, se montan en una o dos horas; los más complicados, con más de quinientas, pueden llevar más de diez. ¿Y qué hay del coche de 45 euros que nos ha llamado la atención? «Es de dificultad media: tiene 348 piezas y se hace en unas seis horas -explica Lyubomyr mientras le da a la manivela-. Y, por supuesto, se mueve».

Samuráis por metros desde Tokio

La tienda bilbaína Jardines de Kyoto es algo así como la embajada japonesa en el BEC: organizan talleres de origami y furoshiki (el arte tradicional de envolver con telas), han reunido una bonita muestra de bonsáis y piezas de origami (la papiroflexia nipona) y venden piezas como estas telas de algodón con estampado de guerreros, traídas directamente de «la calle mítica de los textiles» en Tokio. «Las compran mucho para hacer 'patchwork', pero incluso las hemos vendido para forrar una tabla de surf», comenta Ander Echeandia. Están a 24 euros el metro, con un mínimo de cincuenta por cincuenta centímetros, y comparten espacio con parientes más nobles pero menos versátiles como los tejidos para furoshiki o los noren, las cortinas tradicionales de las puertas japonesas.

La lámpara de 50 millones de años

A Zdzisława Czerniak no le convence mucho la expresión 'ámbar polaco'. «Es mejor hablar de ámbar del Mar Báltico, porque, cuando se produjo, no existían ni Polonia ni los seres humanos. En realidad se trata de un ámbar bastante joven, con solo 50 millones de años: fue entonces cuando los desastres naturales sepultaron bosques cerca del Báltico», detalla, con el toque pedagógico que le da su oficio de profesora de astrofísica. El caso es que en Polonia abunda excepcionalmente esta resina fósil que parece encerrar un corazón cálido y luminoso, hasta el punto de que están censadas casi dos mil empresas que se dedican a transformarla en adornos. «Fue la primera joya de la humanidad», añade Zdzisława. En su muestrario conviven pendientes de siete euros y collares que superan los mil, todo según el tamaño de los trozos de ámbar, pero destaca de manera inevitable la lámpara del artesano Zenon Pawlak, el mismo que ha trabajado en las vidrieras de la catedral de Gdansk. Cuesta 540 euros. Zdzisława concluye: «En estos tiempos de tanto plástico, que se relaciona con ideas como el mal olor o el veneno, el ámbar es natural, un cicatrizante que brotó del árbol cuando tenía una herida».

Un toque 'steampunk' para la casa

El 'steampunk' viene a plantear un presente o un futuro alternativos, en los que la electrónica no existe y la tecnología se sigue basando en la máquina de vapor y los engranajes. «Es una estética inspirada en la época victoriana, con seres vivos transformados en seres mecanizados», aclara Rut Sedano en el 'stand' de Kashaky Dex. Estos fabricantes y distribuidores de artículos para manualidades, con base en Vitoria, cuentan desde el año pasado con una colección 'steampunk' que se adorna con relojes de bolsillo, anteojos de correa, corsés, gatos con chistera y aparatosos mecanismos. «Yo pensaba que era un estilo destinado sobre todo a gente jovencita, a una chica de 18 años que quería dar un toque a su habitación, pero me ha sorprendido que gusta mucho a gente de más edad, de 50 o así», comenta Rut. Los objetos se venden por piezas, para montarlos en casa y pintarlos al gusto: una caja que se abre con unos colosales engranajes externos sale por 49 euros.

Lana de Carranza hilada con rueca

David Municio y Raquel Landa trabajaban en un supermercado, pero hace unos años decidieron cambiar de aires. «Fuimos ampliando nuestra visión del mundo, nos dimos cuenta de que la vida era distinta de lo que se nos había planteado desde pequeños y nos marchamos al campo», desarrolla David. En su nuevo hogar de Carranza se centraron en aprovechar al máximo los recursos: hacían mermelada con la fruta de sus árboles, curtían las pieles de sus animales y, como Raquel tejía, David quiso aprender a hilar. «Me costó un montón. Hasta soñaba con el hilo fino que iba pasando, saliendo de la lana con suavidad», recuerda. Bajo el nombre de Hilanderos Ruecamundos, la pareja desarrolla mil actividades relacionadas con los recursos de su entorno, desde la fabricación de talismanes chamánicos hasta los cursos en colegios, pero en el BEC se centran en el hilado: David trabaja con la rueca y Raquel con el huso, ante los ojos nostálgicos de visitantes que recuerdan esas herramientas en manos de sus abuelas. La madeja de cien gramos de lana carranzana, teñida con plantas de la zona, cuesta diez euros. «Hoy en día -concluye Raquel- hay mucha gente que hila porque relaja, desestresa, alivia la mente. Es como una terapia».

Los hiperrealistas bebés de silicona

En medio del hormigueo de aficionados a las manualidades en busca del material preciso, hay un puesto en el que se detiene absolutamente todo el mundo, como si tuviese una señal de 'stop'. Se trata de la exposición de Babysilicone, un taller vizcaíno especializado en la fabricacion de bebés hiperrealistas de silicona. Los muñecos provocan reacciones encontradas: hay quienes experimentan ante ellos una ternura similar a la que inspiran los recién nacidos de verdad, pero tampoco faltan quienes sucumben al repelús y prefieren centrar su atención en las piezas más atípicas, como un monito, un crío de 'Avatar' o un fantasma Jasper. Los bebés pintados rondan los mil euros y los modelos sin pintar pueden oscilar entre doscientos y seiscientos.

Seda en la cuna de los abanicos

Francisco Cuesta y Rosa Siges son los responsables de Cain Valencia, el Centro Artístico de Innovación de la pedanía de Castellar, y quieren dejar las cosas claras desde el principio: «La cuna del abanico es Valencia», informan. El matrimonio fabrica sus abanicos con seda, mediante un proceso trabajoso que implica endurecer el tejido con aprestos antes y después de cortarlo, para a continuación pegarlo a juegos de varillas fabricadas también en Valencia. «No hay dos piezas iguales, porque, aunque estén hechas de la misma tela, el corte siempre será diferente», explica Francisco. A precio de feria, un abanico cuesta 25 euros y el fular a juego, 15. Y, aparte del aire, ¿no hay nada que no sea valenciano en estos artículos? «Qué va, hasta la seda está hecha allí. Bueno, los capullos vienen de Vietnam. ¡Con la cantidad de capullos que tenemos aquí y no sirven ni para eso!».