La voz del pueblo toma las calles

Archivo personal. El autor expone 30 del centenar de imágenes que guarda./
Archivo personal. El autor expone 30 del centenar de imágenes que guarda.

El fotógrafo Mikel Alonso hace un repaso por algunas de las manifestaciones más multitudinarias del País Vasco en la época de la Transición

AIDA M. PEREDA

El agónico encierro iniciado hace unos días por los trabajadores de la ACB en su lucha por defender su empleo retrotrae inevitablemente a las históricas manifestaciones contra el cierre de Altos Hornos en Sestao. «Si esta situación se hubiese producido en aquellos años creo que habría habido más implicación de movimientos vecinales y también habrían participado trabajadores de otras fábricas en un acto solidario con la clase obrera. Claro está que antes había mayor concentración en esas fábricas multitudinarias y ahora en cambio está todo mucho más diluido», advierte el fotógrafo Mikel Alonso (Bilbao, 1950), que hasta el 11 de marzo expone en el centro cultural de Santa Clara en Portugalete una selección de treinta imágenes de algunas de las cientos de manifestaciones que se produjeron en el País Vasco en la época de la Transición.

El recorrido parte desde 1973 mostrando algunas sublevaciones ilegales surgidas contra la dictadura franquista, documenta otras manifestaciones celebradas al auspicio de las primeras elecciones democráticas del 77 y termina con protestas fechadas tras la victoria de Felipe González en el 82. Un fiel reflejo de la efervescencia social que agitaba las calles por aquel entonces. «Era una época muy ilusionante», rememora Alonso, mientras observa con nostalgia las pancartas que ondeaban las mujeres de los obreros de la construcción, el aplomo de los trabajadores de la Balco en su asamblea o la unión ecologista contra la central nuclear de Lemóniz.

Son sólo una parte del centenar de fotografías procedentes del archivo personal de Alonso que ilustran el libro La calle es nuestra, escrito por el historiador Gaizka Fernández Soldevilla y editado por Mikel Toral, técnico municipal de Cultura en el Ayuntamiento de Bilbao y exdirector de Promoción Cultural en el Gobierno vasco con Patxi López. Fue él precisamente quien le animó a dar a conocer una colección fotográfica que formaba parte de su currículum personal, asegura.

«En una de las tantas meriendas y tertulias que hacemos en casa estábamos hablando de los viejos tiempos y le enseñé algunas fotos de entonces, cuando ambos formábamos parte de la ORT, la Organización Revolucionaria de Trabajadores, y de la Coordinadora de Barrios de Bilbao. Él iba por Otxarkoaga y yo por Santutxu», detalla. Y lo que nació de forma espontánea como una simple idea fue tomando cuerpo y se materializó en un libro, que se presentó el pasado mes de enero en el edificio de La Bolsa de Bilbao y dio pie a esta exposición que recala ahora en la villa jarrillera.

Ímpetu de aventura

En esa época «había un ímpetu de aventura y protagonismo, teníamos veintipocos años y te creías el rey del mambo, el héroe de la clase trabajadora», cuenta con una sonrisa. «Una noche quedé con un amigo para hacer una pintada en el barrio pero me falló, y yo me dije, por mis cojones que la hago. Poco antes habían matado a José Manuel Taracido en el Aberri Eguna en Sestao al pillarle con los sprays en la mano y como estaba tan acojonado la hice a toda prisa y me marché corriendo. Al día siguiente saqué una foto de lo que escribí. Solidaridaridad con los obros de la construcción», ríe Alonso.

Las primeras manifestaciones que vio fueron las de la huelga de bandas del 64. «Estudiaba en los Maristas y para volver a casa pasaba por el puente del Arenal, que antes se llamaba de la Victoria, y recuerdo ver a grupos de obreros corriendo y a policías con casco. Yo nunca había visto policías con casco y tirando pelotazos y aquello se me quedó grabado», señala. Sin embargo, no fue hasta 1970, cuando salió a la palestra el famoso juicio de Burgos, cuando se ató bien los cordones de los zapatos para salir a la calle a participar activamente en las protestas. «Yo creo que fue un momento que marcó la incorporación de muchos jóvenes a la movida, no sólo en Euskadi, sino también en el resto de España e incluso en Europa», indica.

Por aquel entonces Alonso tenía una robusta Pentax que se la llevaba a todos los sitios y después pasó a una Nikonmart, «como un tanque», destaca. «Había algunas manifas en las que sí pasaba cierto apuro, pero nunca me requisaron los negativos porque los sabía guardar y siempre revelaba las fotos en casa», señala.

 

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