Hablan las cuatro heridas en 2017: «Las paellas de Aixerrota son un polvorín»

De izquierda a derecha, Marian Peral, Nerea Goikoetxea, Natalia Mazo e Iratxe Arroitajauregi. /
De izquierda a derecha, Marian Peral, Nerea Goikoetxea, Natalia Mazo e Iratxe Arroitajauregi.

Las cuatro mujeres que sufrieron quemaduras el año pasado hablan por primera vez de su «infierno»

TXEMA IZAGIRRE

Sufrimiento y paciencia son los pilares que sustentan la cruz que viven las cuatro mujeres que en 2017 se abrasaron en el concurso de paellas de Aixerrota, en Getxo. Atrás dejaron la unidad de Grandes Quemados de Cruces, pero todavía hoy acuden casi a diario al hospital porque padecen dolores, picores y cansancio, mucho cansancio, al que sumar problemas estéticos y psicológicos. Cuando Nerea Goikoetxea, Marian Peral, Natalia Mazo e Iratxe Arroitajauregi, aún de baja laboral, se convirtieron en protagonistas de la tragedia, «falló» el plan para atender las emergencias en un recinto que cada año aglutina a miles de personas, según denuncian. Esta vez, en cambio, el documento prohibirá expresamenta el uso de materiales peligrosos. Pero para ellas «ha llegado muy tarde». El nuevo protocolo, lamenta Marian Peral, «se ha hecho a raíz de nuestro accidente».

Aquella explosión cambió para siempre sus vidas. Eran las siete de la tarde y un joven se disponía a asar unos pinchos morunos en una de las parcelas oficiales que el Ayuntamiento otorga para el concurso. Como el fuego no prendía, no se le ocurrió mejor idea que avivarlo con el combustible que tenía para alimentar un grupo electrógeno. La situación se le fue de las manos cuando la garrafa del carburante empezó a arder. Una patada le bastó para deshacerse de ella y enviarla a la parcela de al lado, donde las cuatro amigas disfrutaban de la jornada, tres de ellas bailando. La fiesta se acabó de golpe.

Iratxe Arroitajauregi ingresó en el hospital con quemaduras de tercer grado en el 70% de su cuerpo. Pese a la gravedad de sus heridas, esta médico, que se echó a rodar por la campa para apagar las llamas que la envolvían, tuvo la fortaleza de ser la primera persona en llamar a urgencias. Al ver su estado, se temió lo peor: «Llamé a mi marido desde la ambulancia para despedirme. Decidí cerrar los ojos y guardar los mejores recuerdos de mi vida», narra entre lágrimas esta algorteña de 47 años. De allí a Cruces, donde permaneció dos meses, parte de ese tiempo en coma inducido. Ya ha pasado seis veces por el quirófano.

Nerea Goikoetxea sufrió quemaduras en el 37% de su cuerpo, buena parte de segundo grado y profundas. Los injertos que le practicaron para restañar sus heridas se le atrofiaron y tuvieron que practicarle dos operaciones. Ahora, «los tobillos no me flexionan bien y en la mano derecha me han quedado dos dedos en garra». Ni los mueve.

También Marian Peral, con un 20% de quemaduras de tercer grado en las piernas, sufrió la tortura de los injertos y dos intervenciones quirúrgicas. «Ha pasado un año y la zona de los muslos sigue roja, pincha, escuece, cuesta que cure». Ella, como el resto, vive «cuadros de ansiedad»: «Es una experiencia muy dura. Se necesita ayuda psicológica para pasar por esto». El otro denominador común es el «agobio» que suponen «los dolores neuropáticos de los nervios que se quemaron». «Es como si se produjesen cortocircuitos, porque se están volviendo a regenerar», explica la doctora Arroitajauregi. «Es estar toda la vida con la sensación de que te están comiendo hormigas rojas».

«Falló todo»

Natalia Mazo ni explica sus afecciones. «Solo sé que tengo que dormir con una férula. Así se me estira la piel de la rodilla que se me retrajo». Lo peor, afirma, es que las cosas se tuerzan cuando, pasado un año, «crees que todo va a mejor». «Ahora me tienen que operar porque la cicatriz de un brazo está mal. Esto es un infierno», se duele. «¿Sabe alguien lo mal que lo estamos pasando? Nuestra estética es una mutilación. Cada día nos vamos a la cama a las seis o siete de la tarde», advierte Arroitajauregi, «Salimos adelante porque somos luchadoras», añade Peral.

«Salimos adelante porque somos luchadoras»

Marian Peral | Profesora
«Este año se ha mejorado el plan de seguridad a raíz de nuestro accidente»
Nerea Goikoetxea | Auxiliar administrativo
«Un año después, el Ayuntamiento dice que no tiene responsabilidad en lo ocurrido»
Natalia Mazo | Administrativa
«Vas de fiesta a pasártelo bien y resulta que te metes en la boca del lobo»
Iratxe Arroitajauregi | Médico
«Llamé a mi marido para despedirme desde la ambulancia. Luego guardé mis mejores recuerdos»

Aquel fatídico día, recuerdan estas mujeres, «falló todo el dispositivo de seguridad». «Sólo había seis extintores en el recinto cuando debía haber uno por cada tres toldos», indica la peor parada del grupo. «La salida y entrada de vehículos de emergencia era la misma y no cabían dos ambulancias. Además, no había un plan para las dimensiones de las hogueras», añade. El texto, lamenta, «era un 'corta-pega'. Se notaba en todas las líneas, sobre todo en la última página, donde aparecía escrito 'por todo esto responderá el Ayuntamiento de Bilbao' y no el de Getxo». Y eso que cualquier precaución es poca en un recinto plagado de fuegos. «Aquello es un polvorín con cerca de 400 hogueras y gente que ha bebido», lanza Arroitajauregi para exigir más control. «Vas a una fiesta y te fías de cómo está organizada, pero resulta que te metes en la boca del lobo», critica Mazo.

Lo peor es que sienten que el Ayuntamiento les ha dado la espalda, con sólo una llamada telefónica para desearles una pronta recuperación al de poco de sufrir el accidente. «Dice que no tiene ninguna responsabilidad. Como vecinas de Getxo nos sentimos fatal», concluyen. Tanto el Consistorio, por el plan de emergencia, como los responsables técnicos que lo aplicaron, la sociedad Itxas Argia, organizadora del evento, y el hombre que avivó la hoguera han sido denunciados.

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