Honores al último capitán Amézaga

José Miguel Amézaga consiguió limpiar su nombre a pesar de la condena de un juzgado británico por el hundimiento del ‘Bonifaz’./
José Miguel Amézaga consiguió limpiar su nombre a pesar de la condena de un juzgado británico por el hundimiento del ‘Bonifaz’.

Un historiador acredita la "inocencia y heroicidad" del marino culpado del trágico naufragio del 'Bonifaz', que falleció el martes

NATXO UGARTE

Henrik Kurt Carlsen fue capitán del Flying Enterprise, buque estadounidense. En 1952, la Quinta Avenida de Nueva York fue testigo de uno de los mayores recibimientos que se recuerdan. Los neoyorquinos se rendían ante Carlsen, que, tras un golpe de mar y once días amarrado a la barandilla de cubierta, respetó la máxima ley no escrita de la marina: un capitán nunca abandona su barco hasta que uno se hunda o el otro muera. Es tal vez el guión que merecía la vida de José Miguel Amézaga Bilbao, hijo, nieto y bisnieto de una larga saga de capitanes vascos. La gloria que nunca se le atribuyó se la llevó el pasado martes a mejor vida, pero su legado y honor verán la luz el próximo mes de julio con un libro del historiador Francisco García Novell, que relata uno de los mayores ejemplos de heroicidad de la marina vasca. Esta es la historia del último capitán Amézaga.

Hace casi 200 años, Casto Amézaga Arana surcaba el Atlántico al mando del bergantín Genoveva. Vivió temporales, epidemias y el acoso de piratas que forjaron en su ADN una inquebrantable pasión por la mar. Sus hijos, Gregorio, Dionisio y Antolín, envenenados por la vocación, siguieron su estela. Igual que su nieto, José, que prendió a fuego y sangre el olor de salitre en su hijo, José Miguel. Este último nació y creció en Plentzia junto a su madre, Basilisa, viendo ir y venir a su padre en los buques de los Altos Hornos.

Se embarcó por primera vez con 18 años a bordo del Zorroza, primer buque-tanque español, de los astilleros Euskalduna. En este barco, Amézaga vivió duras odiseas. Como la del último mes de 1941 en el Golfo de Venezuela, donde permanecieron fondeados por orden de EE UU, que acababa de entrar en la II Guerra Mundial. Ocho largos meses sin apenas víveres en aguas infestadas de submarinos alemanes. La experiencia le sirvió para licenciarse como capitán. Tras veinte años, fue destinado al petrolero Bonifaz, al que Amézaga amaba como su propia casa. Sería este buque el que marcaría su vida para siempre.

El 3 de julio de 1964, el Bonifaz abandonó el puerto de La Coruña rumbo sur. Al llegar la noche, el mar se cerró en niebla y Amézaga redujo nudos. El radar señaló entonces un buque de mayor envergadura que se acercaba en sentido opuesto. Era el Fabiola, de origen francés. El armazón español se abrió a estribor, pero el navío galo no interpretó la maniobra y, en medio de la noche y con un gran temporal, siguió su rumbo. Los petroleros chocaron a nueve millas de la costa de Finisterre y veinticinco vidas se perdieron en el barco español, víctimas de las explosiones de los depósitos de petróleo y del fuego desatado a bordo.

Con el navío condenado, Amézaga dio la señal de socorro. Los oficiales y los supervivientes arriaron los botes y huyeron de la muerte. Daniel Gómez, telegrafista, y Gabriel Torrente, marinero, decidieron quedarse con el capitán pese a su orden de que todos abandonaran el buque. Torrente fue conciso y directo: «Capitán, yo quiero morir con usted». Y aferrados a la barandilla del puente de mando, se quedaron esperando «a lo que ocurriese», relataba con ojos llorosos Amézaga hace unos meses.

Cuando el agua les llegaba al cuello, el barco desapareció en el océano, y los tres hombres quedaron a merced del gélido Atlántico. Finalmente fueron encontrados y rescatados. Habían cumplido con su deber, pero la catástrofe desató un conflicto internacional. Un tribunal británico culpó al barco español y Amézaga fue señalado como el responsable de las vidas que se ahogaron con el Bonifaz. Sin embargo, investigaciones actuales revelan que el buque que capitaneaba Amézaga respetó la norma universal de marina por la que, «en caso de barcos encontrados, ambos deben virar a estribor para evitar la colisión», explica en su libro García Novell. José Miguel Amézaga no podrá leerlo, porque desde el pasado martes descansa para siempre con su honor a salvo y la memoria del Bonifaz siempre viva.