Este joven puede ser decapitado y crucificado en cualquier momento en Arabia Saudí

Ali Mohamed al Nimr, el joven saudí condenado a ser decapitado y crucificado. /
Ali Mohamed al Nimr, el joven saudí condenado a ser decapitado y crucificado.

Ali Mohamed al Nimr ha recibido esta condena a muerte por difundir con su Blackberry las protestas que pedían la llegada de la democracia en un país gobernado por una monarquía absolutista amparada en la ley islámica

IÑAKI JUEZ

Hay sentencias de muerte más propias de la Edad Media que del siglo XXI. Como la de Ali Mohamed al Nimr, un joven condenado a ser decapitado y crucificado en Arabia Saudí, un país en el que la modernidad y el lujo típicamente occidentales conviven con unas leyes islámicas cuyos castigos siguen provocando consternación en los llamados países civilizados. Está claro que nadie merece morir así por muy grave que haya sido su crimen. Y Ali menos que nadie, ya que su único delito fue difundir a golpe de teclado de su Blackberry, cuando tenía 17 años, los actos de protesta que exigían la llegada de la democracia a su país bajo la monarquía absolutista. Algo totalmente imperdonable y que justifica tal desproporcionado castigo en un gobierno autocrático parapetado tras sus valiosos campos petrolíferos para la economía mundial.

La pesadilla de Ali comenzó cuando fue arrestado un fatídico 14 de febrero de 2012 en la provincia chiita de Qatif. La Policía saudí no paró de torturarle hasta que firmó una confesión, sin que en ningún momento tuviera acceso a un abogado, en la que aparecen cargos tan graves como la posesión ilícita de armas de fuego o el lanzamiento de bombas molotov a las patrullas que trataban de impedir las manifestaciones a favor de la democracia, según recoge el periódico Middle East Monitor. Casi nada. Por su parte, otro diario, el Washington Times, recuerda que el joven es sobrino del líder religioso y destacado activista de los derechos humanos, Sheikh Nimr al-Nimr, de 53 años, que ya fue condenado a muerte en 2014 por protestar contra el Gobierno en la ciudad de Qatif.

Quizás esos antecedentes familiares expliquen el hecho de que Ali haya aceptado su terrible destino con una entereza de espíritu impropias de un muchacho de tan solo 20 años, según relatan sus padres. Ellos pudieron ser testigos de su "increíble fortaleza" en una visita de tan solo diez minutos con motivo de la festividad musulmana del sacrificio. Tras comunicarle su madre que se le había agotado toda posibilidad de recurrir su condena, el joven solo respondió con una sonrisa y fue él, entre la vigilante mirada de los vigilantes de la prisión, quién consoló a sus progenitores al mismo tiempo que les recordaba que "no era la única persona en el mundo que ha sufrido la injusticia y ha sido sometido a un proceso falso". Y todo por pedir que "la Primavera Árabe florezca en nuestro país para poder vivir en una sistema democrático", explicó Mohammed, su orgulloso padre a una ONG.

Castigo ejemplar

El caso es que Ali puede ser en cualquier momento decapitado y crucificado, por este orden y tal y como establece la ley islámica que puede llegar a aplicarse a los condenados por tráfico de drogas, homicidio, sodomía, homosexualidad, violación, robo a mano armada, brujería, adulterio, apostasía por renuncia al Islam, bandolerismo en autovías o sabotaje. Muchos delitos diferentes para un castigo ejemplar, y al mismo tiempo nada ejemplarizante, en el que al reo primero se le corta la cabeza y después se la cose al resto del cuerpo que es atado a un palo para que todo el mundo vea cómo se pudre sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo. En total, 134 personas han muerto en lo que va de año en Arabia Saudí en similares circunstancias, según Amnistía Internacional.

Y todo gracias al silencio cómplice de los países occidentales, incluido España, que prefieren mirar hacia otro lado para evitar conflictos con el mayor exportador de petróleo del mundo, tal y como denuncian las distintas ONG's que tratan este tipo de casos. Al detenido, condenado por el Tribunal Penal Especial de Yeda, ya no le quedan apelaciones para evitar su trágico final y solo los organismos defensores de los derechos humanos que tratan de salvar su vida a contrarreloj al considerar su sentencia arbitraria y contraria al Derecho Internacional. Incluso existe una campaña en Internet a cargo de una ONG que trata de impedir su ejecución.

Los mensajes de las distintas organizaciones al rey de Arabia Saudí, Salmán, para que anule la ejecución del joven no ha tenido respuesta. Ni se espera que la tenga. De momento, los Emiratos Arabes, que desde hace poco lidera un comité de Derechos Humanos de la ONU, tan solo ha accedido, ante la tibia presión internacional, a cambiar la decapitación por el más civilizado fusilamiento en algunos casos. Una diferencia que seguro que a la familia de Ali, que todavía espera un milagro, no le servirá de mucho consuelo. Y lo peor es que otros seis jóvenes chiíes también se encuentran en este particular corredor de la muerte tras ser condenados por las protestas que tuvieron lugar en la provincia oriental del reino desde 2011. A ellos también se les acaba el tiempo.

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