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Un texto sagrado judío manchado de sangre y un corán quemado en los ataques a una sinagoga y a una mezquita.
Un texto sagrado judío manchado de sangre y un corán quemado en los ataques a una sinagoga y a una mezquita. / REUTERS

Palestina-Israel: el conflicto infinito

  • Ni judíos ni árabes renunciarán nunca a Jerusalén, una patria más religiosa que política

Los últimos ataques a sinagogas y mezquitas en Jerusalén y en Cisjordania colocan a Israel y Palestina al borde de una guerra religiosa. La iniciativa del Gobierno de Netanyahu para definir a Israel como Estado judío refuerza el carácter sagrado como pueblo elegido y abre una espita muy peligrosa en una zona que ya es un polvorín. Tras la matanza en un centro de culto hebreo, el primer ministro ya avanzó que su país "está en un combate por Jerusalén, nuestra capital eterna". Pero es que los palestinos, que reclamarán en las próximas semanas en la ONU su reconocimiento como Estado, también reivindican la ciudad santa como su capital. El problema es Jerusalén.

En el espectacular recinto de la Explanada de las Mezquitas –el Monte del Templo para los judíos– uno de los edificios está dedicado al Museo de Arte Islámico. Pero junto a los manuscritos y a las piezas arqueológicas también se exhiben prendas de vestir manchadas de sangre, de la "sangre de los mártires" que murieron o resultaron heridos en octubre de 1990 cuando las fuerzas israelíes abrieron fuego contra los palestinos en los disturbios que siguieron al lanzamiento de piedras por exaltados árabes contra los fieles que rezaban en el Muro de las Lamentaciones. Allí nadie olvida. Ni los gobiernos de extrema derecha de Israel ni las brigadas fanáticas de Hamas. Y todo se envuelve en una atmósfera de venganza que, tarde o temprano, se cobra su tributo.

Para acercarse a la comprensión de este conflicto interminable hay que hacer un ejercicio de arqueología histórica. Y nada más que se rasca un poco, como decía un biblista asiduo de Jerusalén, aparecen muros por todas partes. Y elementos religiosos que han configurado la identidad de una y otra parte. Cuando el rey David conquistó Jerusalén a los jebuseos, en el año 1000 a.C., la ciudad fue proclamada capital y centro cultural del reino. Además, y según se recoge en la tradición, se erigió un altar en el monte Moriá para albergar el Arca de la Alianza. También es el enclave donde Abrahán aceptó el sacrificio de su hijo Isaac. Se convierte en el lugar más emblemático del encuentro con Dios, el centro del Universo. También para los musulmanes.

El primer Templo lo construye Salomón en la cima del Moriá, epicentro y núcleo espiritual de la ciudad. El Hijo de David apuntala su dimensión política y religiosa por lo que constituirá el centro de la nación hebrea. El templo sagrado de los judíos fue demolido por Nabucodonosor, reconstruido por Herodes e incendiado por Tito. Cuando se construyó la Cúpula de la Roca, recinto sagrado para los musulmanes, las ruinas del templo quedaron tapadas y solo quedó a la vista una pared, el muro occidental, donde los judíos lloran la pérdida del edificio sagrado.

Los cimientos del segundo templo conforman hoy la Explanada de las Mezquitas, el Haram el Sherif, el Noble Recinto. Y es un lugar sagrado para los musulmanes por el recuerdo de Abrahán –también le consideran un profeta– y por la memoria de Mahoma y la tradición de la cabalgata nocturna. La Cúpula de la Ascensión conmemora el viaje del profeta desde La Meca a Jerusalén y su ascensión desde la roca santa. La Cúpula de la Roca –con su majestuosa cubierta que se ve desde todas partes– alberga la roca donde Abrahán aceptó el sacrificio de su hijo, así como la huella del pie del profeta y la de la mano del arcángel Gabriel, veneradas por los fieles. El altar de David estaría ahora coronado por la Cúpula de la Roca. Cerca, la mezquita de El Aqsa (La Última) recuerda el mencionado viaje nocturno de Mahoma tal y como se relata en una sura. Por todo ello, Jerusalén es la tercera ciudad santa del islam, después de la Meca y Medina.

Pero aún hay más en este mosaico de creencias. Tanto judíos como musulmanes comparten que el Juicio Final tendrá lugar en este espacio o en sus alrededores. La Cúpula de la Cadena recuerda la leyenda de que Salomón hizo suspender una cadena entre el cielo y la tierra y solo los justos serán capaces de agarrarse para no caer en las tinieblas –otra tradición habla de un puente que habrá que cruzar– cuando el ángel de la muerte sople el cuerno del carnero. La Puerta Dorada tiene una doble abertura, la del Arrepentimiento y la de la Misericordia, y será la primera en abrirse ante el Mesías el Día de las Cuentas. Según una tradición común al judaísmo y al islam, los justos entrarán en Jerusalén por esta puerta el día del Juicio Final.

En las laderas del Torrente del Cedrón, según se baja del Monte de los Olivos a Getsemaní, se alinean las tumbas de judíos (también hay de árabes). En la Biblia se habla del Valle de Josafat porque en él "Dios reunirá a todas las naciones para juzgarlas". Será el lugar del Juicio Final, por eso unos y otros quieren estar cerca, para ser los primeros en entrar en el Cielo o en el Paraíso. Para ser los elegidos.

Jerusalén la deseada. Codiciada por cananeos, asirios, neobabilonios, légidas, seléucidas, asmoneos, helenos, romanos, persas, musulmanes, otomanos.... Diecisiete veces destruida y 18 veces reconstruida. Mencionada 656 veces en la Biblia. La Ciudad Vieja es un puzzle de culturas y religiones. Sinagogas, minaretes, iglesias, arcos romanos, pilares bizantinos, románico carolingio... Hay vestigios en cada calle, en cada esquina. Y también hay cicatrices de las guerras. La del 48 entre israelíes y árabes. La del 67, conocida como la 'guerra de los seis días', entre israelíes y jordanos. En la Puerta de Sión todavía quedan marcas de los obuses. En la mezquita de El Aqsa aún perduran las marcas del ataque de un fanático palestino, que acabó con la vida del rey Abdalah, abuelo de Hussein de Jordania. Siempre la espiral de la violencia.

¿Hacia un estado racista?

Jerusalén es el problema. En 1980 el Parlamento la designa 'capital eterna e indivisible'. Habían pasado 63 años desde que en 1917 la Declaración de Balfour reconociera la "conexión histórica" del pueblo judío con Palestina y les prometiera el establecimiento de un 'Hogar Nacional Judío' ('National home for the jewish people'). De aquellos polvos estos lodos. Los palestinos necesitan otra ‘declaración de Balfour’ para que se les reconozca un Estado en los territorios ocupados. ¿Con capital en la Jerusalén eterna e indivisible?

¿Y que dice el Vaticano sobre la cuna del cristianismo donde se levantan los santos lugares? En 1917 la Santa Sede se opuso a la Declaración de Balfour, como antes lo hizo (en 1904) ante la iniciativa de Theodor Herzl, fundador del movimiento sionista, de llevar a los judíos de Europa a un Estado judío que se estableciera en Palestina. Sin embargo, sí apoyó el plan de partición de la ONU en 1947 porque Jerusalén se blindaba como un 'corpus separatum'. La protección de las minorías cristianas y el diálogo con el islam han hecho siempre al Vaticano andar con pies de plomo en la conflictiva región. Desde 1964, cuatro papas –Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco– han visitado Tierra Santa en una peregrinación política que no ha conseguido frenar la confrontación entre israelíes y palestinos.

Ahora, Netanyahu empuja al país hacia un Estado teocrático. Y aunque, de hecho, la discriminación contra los israelíes no judíos ya se aplica desde hace tiempo, el proyecto del primer ministro amenaza con profundizar en la concepción de un Estado racista. Por no hablar de las constantes provocaciones. Los asentamientos en territorio palestino han seguido adelante, pese a la denuncia internacional. Los enterramientos de judíos han saltado el Cedrón y han invadido el área musulmana. Los arquéologos denuncian que las excavaciones bajo la Explanada de las Mezquitas –ahora bajo la autoridad jordana– se siguen realizando. Más combustible religioso. Un componente que hunde sus raíces tres mil años atrás, pero que sigue estando vigente. Y que, ideológicamente, es incendiario.