Iago Herrerín: «Es una maravilla despertarte con los tres gatos alrededor»

El portero Iago Herrerín con sus tres gatos./FERNANDO GÓMEZ
El portero Iago Herrerín con sus tres gatos. / FERNANDO GÓMEZ

EL CORREO inicia con este reportaje una nueva serie semanal, dedicada a los animales con los que comparten casa y vida algunos personajes populares de Bizkaia

CARLOS BENITO

El salón de Iago Herrerín está presidido por una fotografía enorme de un león, pero Labai, Vinny y Trece no parecen especialmente impresionados por su espléndido pariente salvaje. Pasan la mirada sobre él con la misma indiferencia desdeñosa que dedican a los periodistas, esos dos humanos latosos que se han atrevido a irrumpir en su casa sin su permiso. Tiene que pasar un rato para que los gatos persas del jugador del Athletic vayan revelando sus diferentes personalidades: Labai, que es el marrón y el más joven, se acerca y se tiende panza arriba, justamente convencido de que nadie podría desperdiciar esa oportunidad de acariciar su suavísimo pelaje; Vinny, gris y el mayor de los tres, también acaba cediendo a la curiosidad, pero lo hace con precaución, desconfiado, listo para alejarse con uno de esos saltos ingrávidos que son la envidia de cualquier portero de fútbol; Trece, la altanera gata blanca, ni siquiera se molesta en levantar la cabeza y sigue dormitando en una silla, con majestuoso desinterés.

«A nosotros nos encantan los gatos. Mucha gente se piensa que son ariscos, pero los nuestros son un poco ‘gatoperros’, nos siguen a todos los lados. La más independiente es Trece, pero a Labai le puedes hacer cualquier cosa, nunca protesta. Y Marisa –la pareja del jugador– está siempre con Vinny», repasa Iago, entusiasmado con sus mascotas. «Es una maravilla despertarte de una siesta y encontrarte con uno al lado de la cabeza, otro en el pecho y el tercero en los pies. Y acariciarlos resulta muy relajante: Labai podría estarse todo el día ronroneando. Algún amigo nos decía que los gatos no tienen gracia, pero luego vino a casa y lo entendió: ¡Estamos inculcando a todos el amor por los gatos!», se ríe.

Vinny es adoptado, y quizás el recelo ante los extraños le venga de algún episodio de su vida anterior: «Al principio no reaccionaba bien cuando ibas a tocarle, pero ahora se ha vuelto muy pacífico». Una vez, al poco de llegar a la casa, se quedó enganchado en un radiador y, muy nervioso, dio un mordisco a Marisa. De Labai, recuerdan aquel día que desapareció: tardaron horas en encontrarlo en su nuevo rincón favorito, entre la ropa de un armario empotrado que había aprendido a abrir y después cerrar desde dentro. Y Trece, bautizada así por el dorsal de Iago, destaca como campeona olímpica de la pereza, capaz de invertir jornadas enteras en la exigente tarea de sestear.

El pelo del malamute

Cualquiera que siga a Iago y Marisa en las redes sociales conoce su preocupación por el bienestar animal, pero ese compromiso va más allá de los habituales ‘retuits’. En la parte exterior de su chalé de Castro Urdiales han colocado una caseta para un gato callejero que se ha acostumbrado a rondar la casa. Todos los días le dejan comida: mientras el visitante está fuera, Labai, Vinny y Trece se acercan muy solemnes y permanecen al otro lado de la puerta, a unos centímetros de su congénere, atentos a sus ruidos y su olor.

¿No le han puesto nombre a esa mascota ocasional y vagabunda? «No, porque antes venía otra gata que se dejaba coger, acariciar y todo. La llamábamos Manchitas y al final la atropellaron delante de nuestra puerta», lamenta Marisa. En su domicilio anterior, también se hicieron cargo durante una temporada de dos perros que un vecino tenía en malas condiciones: Lobo, un colosal malamute de Alaska que pesaba tanto como Marisa, y Lula, una bulldog francesa. «Después de mucho discutir, conseguimos que nos los diesen. Estaban muy mal: llevamos a Lobo a una peluquería canina y se tiraron siete horas con él. Era un perro precioso, pero nosotros no nos lo podíamos quedar, y al final le encontramos un hogar con un señor de Sámano. A la perra se la quedó un amigo mío, todavía viene a saludarnos cuando nos ve».

Llega el momento de las fotos y no queda otro remedio que importunar a la reina Trece, que evidentemente no va a plegarse a los tontos caprichos de las personas: se obstina en apartar la mirada de la cámara, incluso hunde la cara en la camiseta de Iago. «Estas navidades –relata el jugador–, intentamos hacernos una foto bonita con los tres gatos. Colocamos la cámara con temporizador, pero era imposible. No salió bien hasta el decimosexto intento».

Los tres gatos de Iago Herrerín.

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