«Tenía que huir del país porque me iban a matar»

«Tenía que huir del país porque me iban a matar»

Sultán es un empresario yemení que escapó de la guerra y Alberto, un gay hondureño amenazado por las maras. Son dos de los 1.595 solicitantes de asilo en Euskadi en 2018

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

En una época marcada trágicamente por las pateras que cruzan el Estrecho y los éxodos masivos desde países en guerra, no es extraño que cale un estereotipo de refugiado que no siempre se ajusta a la realidad. EL CORREO ha hablado con dos de las 1.595 personas que pidieron asilo en Euskadi el año pasado, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Sultán es un empresario yemení que tenía seis filiales en Arabia Saudí de venta de cosméticos. «Vivíamos bien y tenía incluso una persona que ayudaba a mi mujer en la casa». Se había labrado un futuro desde que salió de su Adén natal, una ciudad próspera con acceso al petróleo y un puerto donde atracaban los barcos de vela hace cinco años, cuando estalló la guerra.

«Entonces comienza la alianza de Arabia Saudí con los Emiratos Árabes en contra de Yemen. Al principio pensábamos que luchaban contra el terrorismo y contra Irán, pero no fue así. Querían las riquezas del país y el estrecho por donde pasan las mercancías del Golfo. Destruyeron todo, desde los puentes y las escuelas hasta los hospitales». Sultan, de 38 años, se entristece con tragedias como que «bombardeen una escuela diciendo que hay milicias» o «que mueran 800 personas de insuficiencia renal porque no funciona el hospital. Hay niños heridos y muertos por millones».

«Ayer fui padre, pero no puedo volver a mi país porque tendría que matar con un grupo u otro» Sultán | Yemení | 38 años

Insultos, amenazas y palizas

El conflicto, que algunos consideran una guerra civil, ha tenido consecuencias en Arabia Saudí. «Prohibieron por ley que los yemeníes tuviéramos empresas. Nos ponían multas de 3.000 euros y continuos problemas burocráticos. Ni siquiera nos renovaban las estancias. Sólo querían que nos fuéramos». Malvendió su empresa por la urgencia de escapar. «Volver a Yemen significaba unirme a los que matan en un grupo o a los que matan en otro. Pasé allí el Ramadán y continuamente me venían a buscar para reclutarme». Dejó allí a su mujer embarazada y a sus hijos «porque ellos no corren peligro» y voló a Europa.

«Les dejé una parte de lo que había sacado con la empresa y yo subsisto con la otra parte», detalla. Su idea es reunirse con ellos en cuanto pueda. En este punto de la charla, Sultán saca su móvil y enseña la fotografía de un recién nacido. «He vuelto a ser padre ayer», cuenta orgulloso sin dejar que la tristeza aflore. Lleva seis meses en Bizkaia y habla a diario con su familia. Es consciente de que «la guerra se alargará».

El segundo refugiado, Alberto, tiene 33 años, es hondureño y fue perseguido por las maras por ser homosexual. «Antes de llegar aquí, el 12 de abril de 2018, había pasado por diferentes capítulos de persecución y violencia en mi país». Su madre murió hace diez años y su padre desapareció hace veinte, así que se crió con sus hermanos en el seno de una familia pobre y en uno de los barrios más conflictivos de la capital.

Desde que llegué aquí siento una seguridad verdadera. Es algo que nunca había vivido» Alberto | Hondureño | 33 años

«Honduras es un país 'doblemoralista' y mucha gente no acepta a un gay o un trans», explica. No hay leyes que los persigan, pero sí una discriminación generalizada, «y la Policía contribuye a ese acoso». «Llegaron las malditas maras al Distrito Central, siempre homofóbicas y muy violentas. Comenzaron los insultos y ofensas, luego las amenazas y más tarde las agresiones. Primero 'ahí va el marica', luego 'un día te vamos a descuartizar y dejar en una cuneta', que es como llamamos a un desagüe». Trabajaba en una institución que dependía del Gobierno. «Mi jefe se enteró de que era gay y me echó. Dijo que era por falta de presupuesto, pero sólo me echaron a mí y contó a mis compañeros que 'no quería un marica allí'». Alberto perdió a «varios amigos cercanos» asesinados por su orientación sexual. Un día las maras le dieron una paliza brutal. «Patadas y golpes en la cara, en la mandíbula, en el orbital del ojo, entre mil amenazas». «La próxima será peor», le advirtieron.

«Tenía que huir porque me iban a matar. Como les denuncié, sé que no puedo volver». Al principio se refugió en casa de una persona cercana, pero tuvo que marcharse «porque mi presencia le complicaba la vida». Sus hermanos pidieron al banco 84.000 lempiras -unos 2.800 euros al cambio- para facilitar su huida. «Costó pagar eso y está complicado todavía, pero aquí siento por primera vez una seguridad verdadera. Es algo nuevo que nunca había vivido».