Guantazos que te dejan como nuevo

A la izquierda, Sheila Varela. Astrabudua, 20 años. Trabaja de comercial del gas y la luz. Entrena en San Ignacio. A la derecha, Oibar Artetxe. Galdakao, 27 años. Osteópata en un balneario, alterna el boxeo con la halterofilia./SERGIO GARCÍA
A la izquierda, Sheila Varela. Astrabudua, 20 años. Trabaja de comercial del gas y la luz. Entrena en San Ignacio. A la derecha, Oibar Artetxe. Galdakao, 27 años. Osteópata en un balneario, alterna el boxeo con la halterofilia. / SERGIO GARCÍA

La práctica del boxeo vuelve a colonizar los gimnasios. Autónomos, enfermeras, ingenieros, opositores o administrativas buscan descargar adrenalina, fomentar la autoestima y escapar de una rutina que es terreno abonado para el estrés

Sergio García
SERGIO GARCÍA

Quién le iba a decir a Genma Etxeandia, administrativa de Santutxu, que a sus 53 años iba a sentirse en el gimnasio más a gusto que en casa. Y no tomando clases de zumba ni pilates, precisamente, sino golpeando con saña el saco de arena que cuelga, inerte, del segundo piso de un pabellón industrial de Bolueta. «Jamás se me había pasado por la cabeza. Empecé hace cuatro meses y ahora no me pierdo un combate por televisión. Y eso que pensaba que era un deporte de brutos. ¡Cuánto prejuicio!». La revelación que asaltó a Genma cuando menos se lo esperaba parece contagiosa. La práctica del boxeo, durante décadas rodeado de un aura canalla -cuando no abiertamente sórdida y macarra-, suma puntos entre los aficionados al deporte que buscan no sólo estar en forma sino despachar el estrés por la vía rápida.

El verano saca a la calle a los compañeros de Genma, que emulan al cinematográfico Rocky Balboa cuando suben entre resoplidos las escaleras del barrio de San Joaquín o cruzan a la carrera Zorrozaurre. Es la química del sudor, la liturgia de una disciplina grabada en el imaginario popular en blanco y negro, y que conforme pasa el tiempo gana más y más adeptos. Directivos, hosteleros, empresarios, administrativos, estudiantes, ingenieros, opositores, parados... Mujeres, hombres, niños que sueñan con cumplir los 15 para subirse a un ring y emular a esos gladiadores que habitan las retransmisiones de madrugada.

Los mismos que hace cinco años recurrían a la clase de pádel o pedaleaban al frenético ritmo de Anastacia y su 'Left Outside Alone' para quemar calorías y que ahora, contra todo pronóstico, hacen sombra contra una pared enyesada, estrellan los puños contra el saco de arena, esquivan frente a un espejo. Jab-derecha-cruzado. Otra vez. El trasvase de efectivos es innegable. EL CORREO ha visitado cuatro gimnasios de la capital vizcaína y pulsado la opinión de aquellos para los que, no hace tanto, subirse a un ring ocupaba el mismo lugar en su orden de prioridades que pisar Marte.

175 son los gimnasios y academias de baile que hay en el territorio, según datos de la Asociación Vizcaína de Empresarios de Actividad Física. Una treintena imparten artes marciales, desde boxeo, kick-boxing, capoeira o valetudo, hasta taekwondo, judo, karate, hap-kido o wing-tsung

La reconversión no ha sido fácil para estos gimnasios. Según Juan José Sánchez, presidente de la Asociación Vizcaína de Empresarios de Actividad Física, Bilbao fue una plaza importante en el panorama boxístico hace décadas, «pero cuando el interés por esta disciplina decreció, desaparecieron muchos espacios que recuperar ahora ha requerido de inversiones que no todos estaban en disposición de poder acometer». Sin duda, el resultado no es ajeno a la ascensión de glorias locales como Kerman 'Revólver' Lejarraga o Andoni Gago, pero va más allá. Todos los deportistas consultados para este reportaje coinciden en destacar el valor terapéutico de ese estallido de adrenalina, la frente perlada de sudor, los brazos pesados como maromas. La desconexión total.

Carlos Martínez. Bilbao, 48 años. El 'Heavy' cerró tras 25 años su tienda de música en Somera.
Carlos Martínez. Bilbao, 48 años. El 'Heavy' cerró tras 25 años su tienda de música en Somera.

Genma entrena en el Elite Sport de Bolueta, donde cruzan guantes sus iguales con un entusiasmo irreprimible. Como José Gómez, un camionero de 36 años que lleva paquetería todos los días a Zaragoza y a quien el amanecer sorprende cada día entrando en Bilbao. Un sueño reparador, una ducha rápida y cita con el gimnasio cuando los demás se disponen a comer. «Vine para adelgazar, necesitaba cuidarme un poco: pesaba casi 150 kilos y he perdido más de 20», explica entrecortado mientras finta a Carlos Martínez 'Heavy', que cerró su tienda de música en Somera hace meses. «Corren malos tiempos para los que tienen un negocio en la calle», desliza con una mueca que pasaría por sonrisa si no fuera por el protector que le da un aire carcelario. Eso y los tatuajes que decoran su cuerpo como una segunda piel le confieren hechuras de chico malote que él suaviza cuando muestra a sus dos hijas estampadas en el brazo.

«Buen ambiente»

Si hay un lugar donde salta a la vista que el boxeo ya no es terreno exclusivo de los hombres es en el Neskabox de San Ignacio, donde más de medio centenar de chicas lanzan ganchos contundentes, buscan el cuerpo a cuerpo y sufren desde el suelo con cada abdominal. Las entrena Josu Lopategi, kickboxer y campeón de España de boxeo olímpico, al que no se le conocen tatuajes ni motes. «Respeto y trabajo, aquí no hay sitio para los chulos ni las balas perdidas», pregona mientras sigue de cerca las evoluciones de Sheila y Oibar, enfrascadas en un intercambio de puños y un pentagrama de gritos, las rastas de la segunda restallando al aire como latigazos. A prudente distancia, Olatz Azcona no pierde detalle. A sus 27 años trabaja en una empresa provisionista de buques en el Puerto de Bilbao. Empezó hace un año porque alguien le dijo que era un deporte muy completo. «No me engañaron», desliza hechizada.

Elena Ureta. Arantzazu, 43 años. Enfermera, casada y con dos hijos, se inició en la práctica hace ocho años.
Elena Ureta. Arantzazu, 43 años. Enfermera, casada y con dos hijos, se inició en la práctica hace ocho años.

Elena Ureta es enfermera y una de las veteranas. A sus 43 primaveras, lleva 8 ensayando esa esgrima poderosa que no consiste tanto en pegar como en evitar que te peguen. Es la más técnica de todas. Su cuerpo parece cincelado en mármol, los guantes una prolongación de sus brazos musculados. Conoció a su monitor bailando caribeños y ahora reparte estopa con el método de un cirujano. «Trabajas la coordinación, haces cardio y, sobre todo, amigos. También yo tuve que cambiar el chip: donde pensaba encontrar agresividad descubrí buen ambiente. Eso y la posibilidad de defenderme, que visto lo visto nunca está de más».

En el Mampogym, encaramado al Canal de Deusto, un pit bull y un bulldog francés con maneras de asceta pasean entre los púgiles sin creerse del todo el huracán de golpes que sopla a su alrededor. Mientras Txutxi del Valle se afana en tener a punto a Andoni Gago, campeón de Europa de los pesos pluma, Xabi Vellarino lanza puñetazos al aire artillado con mancuernas mientras baila sobre el cuadrilátero. «Todos los días, de lunes a viernes, hora y media», escupe desde la cinta. La semana pasada hizo las oposiciones a celador, que aprobó y le permiten seguir en listas. Es un luchador nato, algo de lo que también da fe cómo superó un cáncer testicular, «igual que Yeray». Aquí se siente «como en casa, son todos una gran familia».

«Pesaba 110 kilos, ahora 80»

Lo mismo que el bilbaíno Josu López, bombero de 37 años, con unos antebrazos cubiertos de venas como cañones que parecen bombear napalm. Siempre ha hecho ejercicio: natación, atletismo... «hasta que decidí probar algo nuevo -de eso hace ya dos años-. Es el deporte más completo que conozco. Y supergratificante, te obliga a estar al cien por cien y aporta confianza en uno mismo». Verle golpear el saco impone, como si en cualquier momento fuera a quebrar el cuero. En septiembre peleará en el Campeonato Europeo de Policías y Bomberos que se disputa en Algeciras.

Xabi Vellarino. Cruces, 23 años. Superó un cáncer testicular y acaba de aprobar la OPE de celador.
Xabi Vellarino. Cruces, 23 años. Superó un cáncer testicular y acaba de aprobar la OPE de celador.

En Lehendakari Aguirre, Aitor Gutiérrez reparte instrucciones sobre el tatami del Kancho Oyama a un nutrido grupo de kickboxing. «El perfil del alumno ha cambiado totalmente -explican desde el mostrador de entrada-. Antes era territorio macarra y ahora son los padres los que traen a sus hijas para que adquieran disciplina, ganen autoestima y adquieran nociones de defensa personal. Además, aquí no se viene a hacer cuatro tonterías con los cascos puestos, en plan autómata. Se viene a socializar», dice una empleada a la entrada.

Arkaitz Sainz de Murieta. Berango, 35 años. Cajero en un supermercado. «Llevo 3 años y es una descarga absoluta».
Arkaitz Sainz de Murieta. Berango, 35 años. Cajero en un supermercado. «Llevo 3 años y es una descarga absoluta».

Desde la puerta, Mikel Beitia, conductor de Bizkaibus, mira con envidia a sus compañeros después de haberse roto el tendón de Aquiles bajando unas escaleras. «Yo nunca había hecho deporte y pesaba 110 kilos -ahora 80, un figurín-. Con esa vida tan sedentaria que llevaba, el médico me dio un aviso. 'Ponte las pilas', dijo. Y como no me iban las pesas, escogí esto. Un descubrimiento, oye». Arkaitz Sainz de Murieta y Alberto González asienten con un gesto, mientras se disponen a iniciar un intercambio de patadas. Reponedor de supermercado uno, comercial el otro, a ambos les atrae «la descarga de adrenalina, coger energía y eliminar estrés». Eso y el buen rollo. Quizá sea cierto, después de todo, que hay guantazos que te dejan como nuevo.

Ancianos con gancho

Elena Aranegi nació hace 84 años en el barrio de Atxuri, que ahora recuerda con nostalgia desde la residencia de mayores Nuestra Señora de la Merced, en Soraluze. Hace tres años murió su marido, «lo que más he querido en esta vida», y el pasado diciembre, su hijo. Pasa las horas leyendo, haciendo costura y, desde hace un par de meses... ¡boxeo! «Es una hora los viernes por la mañana y nos lo pasamos bomba», dice mientras reparte mamporros, «con guantes y todo», desde la silla en la que descansa. Su grupo lo forman Anselma, Mercedes y Mari, a quienes no han tardado en sumarse Jesús y Fidel. «Me parece bien hacer deporte, así despejo la cabeza y no me obsesiono con las cosas».

Elena Aranegi. Bilbao, 84 años. Viuda desde hace tres años, ingresó en la residencia de Soraluze.
Elena Aranegi. Bilbao, 84 años. Viuda desde hace tres años, ingresó en la residencia de Soraluze.

Otra Elena, en su caso Beristain, es la directora de la residencia y la artífice de una iniciativa que «no tiene igual». Traer el boxeo a este escenario puede parecer un despropósito, pero argumentos no le faltan. «El deporte tiene muchos beneficios, es una ayuda para lidiar con los problemas emocionales de los mayores». Cuando accedió al cargo, Elena, consumada practicante de ciclismo, natación y atletismo, buscaba fórmulas que sacaran a los residentes de la apatía, incentivos que asomaran una sonrisa a su rostro. «Estuve mirando qué opciones había, algo que resultara útil para trabajar la concentración y la coordinación, tan útiles en estas edades».

Fue entonces cuando se cruzó en su camino Isa Rodríguez, campeona de España de boxeo olímpico y pupila de Josu Lopategi, hasta cuyo gimnasio va a entrenar a diario desde Soraluze. ¿Qué beneficios aporta la práctica del boxeo a los mayores? «Autoestima, coordinación, empatía con los compañeros ya que es una disciplina que se practica entre dos, libera tensiones, mejora la movilidad... En definitiva, sales de la rutina de ejercicios más habituales que muchos de ellos ven como una carga».

Beristain sabe que esta disciplina carga con muchos clichés y que pedir su opinión hubiera significado un 'no' inmediato por respuesta. «Pero decidimos plantearlo de una manera suave: totalmente adaptado -hay ejercicios que practican sentados-, sin ningún riesgo, muy controlado». Los resultados no se han hecho esperar. «Mejorando la fortaleza de los miembros inferiores consigues, por ejemplo, prevenir caídas, lo que a estas edades representa una preocupación para el 90% de nuestros 49 residentes».

Elena sabe de lo que habla. Tiene una hermana con parálisis cerebral y anda siempre a la búsqueda de «modelos que sean estimulantes y orientados a la inclusión social». Aunque, al final, la prueba de fuego son ellos mismos. «Y lo cierto es que lo han encajado de maravilla. Los que han probado, repiten», asegura, mientras en la sala las carcajadas retumban. «Y pensar que de joven hice boxeo en un gimnasio de Gros. No me divertía ni la mitad», exclama Jesús Reyes. 75 años, «pero aparenta 30», replica Elena Aranegi mientras le lanza un crochet. Uno cariñoso.

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