Goldaracena baja la persiana a 84 años de vida comercial

La droguería de Ibáñez de Bilbao echó a andar en 1934./JORDI ALEMANY
La droguería de Ibáñez de Bilbao echó a andar en 1934. / JORDI ALEMANY

El cierre de la droguería más antigua de Bilbao, fundada en 1934 y gestionada por tres generaciones, dejará a la villa sin uno de sus negocios más clásicos

Luis Gómez
LUIS GÓMEZ

Con el próximo cierre de la droguería y perfumería Goldaracena, la más antigua de Bilbao, el comercio despedirá a uno de esos negocios de toda la vida que dieron solera a Bizkaia. También pasará página, casi de forma definitiva, a esas tiendas de clásicos y elegantes mostradores de madera donde el tendero y sus clientes todavía entablaban conservaciones impensables en centros modernos. «Deme dos paquetes para cucarachas», solicita con la voz bien alta una joven ejecutiva. «Que sepa que no evitará que le entren más cucarachas, pero las que tiene en casa, ya no salen. Acaban muertas», responde el dueño.

Todo suena a distinto y entrañable en el local de Joaquín Goldaracena. Lo mismo despacha raticidas que vende frascos de colonia de Álvarez Gómez, quitamanchas, antideslizantes, cera de abeja, barnices, bayetas, productos antimoho... «Todos ecológicos, de gran calidad y respetuosos con su salud y el medio ambiente», advierten los folletos publicitarios desplegados sobre el mostrador. Hay de todo. Lo más impensable que uno pueda imaginar lo encuentra en este pequeño comercio que su abuelo puso en marcha hace 84 años. Abrió sus puertas en 1934, pero, «como todo tiene un principio y un final», Goldaracena está a punto de bajar la persiana. «Es ley de vida», reflexiona.

Tarjetas manuscritas

¿Cuándo? «En cuanto liquide lo que tengo», subraya Joaquín, el mismo comerciante que aportó un plus diferencial a una forma de comerciar al borde de la extinción. Todos los artículos a la venta, ya estén expuestos en el escaparate o en las estanterías interiores, detallan su composición. Pero no de cualquier manera. Siempre de su puño y letra, con una excelente caligrafía y una mejor ortografía, Goldaracena describía con delicadeza la composición de los productos en pequeñas tarjetas manuscritas.

Aquel gesto atrajo la atención de muchísimos transeúntes que acababan pegando sus narices a la cristalera del número 8 de Ibáñez de Bilbao. «Trabajé varios años al lado de la droguería. Cuando salía de la oficina a fumar, me entretenía leyendo las tarjetas», recuerda Galder Reguera, autor del libro 'Hijos del fútbol'. Escritas con las mismas manos con las que Joaquín sorprende ahora a los viandantes con un mayúsculo 'ME JUBILO', anticipando el inminente adiós de todo un clásico.

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