«Estos políticos de ahora no tienen altura»

Fernando Romay, ayer en la Copa del Rey Mapfre, en Mallorca./
Fernando Romay, ayer en la Copa del Rey Mapfre, en Mallorca.

Fernando Romay recibe en Palma el premio 'Mallorquín de Verano' y afirma: «Iría a Río encantado a pesar del zika»

ARANTZA FURUNDARENA

«Los premios nunca se merecen», opinaba Fernando Romay (2,13 metros de humildad) tras recibir anoche un trofeo de honor como Mallorquín de Verano en el hotel Valparaíso de Palma. Romay, además de un exbaloncestista mítico, es ese señor inabarcable que cae bien a todo el mundo. Su secreto: «Practicar el buenrollismo como filosofía de vida». Algo que lo sitúa en las antípodas de lo que impera actualmente en el mundo de la política... «Estos políticos de ahora no tienen altura», sentencia este hombre que lleva 56 años viviendo con la cabeza en un primer piso. «Si practicaran el buenrollismo hace tiempo que tendríamos Gobierno, pero vivimos una época tristona».

Mallorquines de Verano es un galardón creado por el directivo hotelero Toni Ferrer y el conocido relaciones públicas mallorquín Tommy Ferragut para distinguir a aquéllos que sin haber nacido en Mallorca han convertido esta isla en su patria querida. El trofeo consiste en una palmera de cristal de Gordiola (semejante al de Murano) y un kit de mallorquinidad compuesto entre otras delicias por sobrasada de cerdo negro y Flor de Sal dEstrenc. Se lo llevó encantada en la segunda edición la norteamericana Diandra, exmujer del astro hollywoodiense Michael Douglas. La tercera se celebró anoche con una cena para 60 personas, servida por el chef Carlos Botella, y con el inconmensurable gallego Romay como protagonista.

El escenario fue la terraza de la mítica Suite 702 del Valparaíso, hotel que presume de tener las mejores vistas sobre la Bahía de Palma, y en el cual se han alojado a lo largo de sus cuatro décadas de existencia Farah Diva, Raphael y Julio Iglesias, entre otras muchas celebridades.

Romay no solo se ha ganado el premio por los 32 veranos que lleva siéndole fiel a Mallorca (que también) sino por su amplia vinculación con dos oenegés mallorquinas como Proyecto Hombre y la Fundación Natzaret, que lleva 90 años acogiendo a niños víctimas de un ambiente familiar hostil. El exbaloncestista, que tiene tres hijos (de 32 a 18 años) recorrió ayer por la mañana el Real Club Náutico de Palma invitado por la 35 Copa del Rey Mapfre de Vela, y acompañado por su hija menor (de más de 1,80), Macarena, que ha heredado el humor de su padre. «En casa es tal como le ves, un buenazo. Los hijos le vacilamos... Le dices qué guapo estás y te lo deja hacer todo. Luego mi madre le riñe».

«No soy muy marítimo, en los barcos me siento demasiado grande y torpón», confesaba Romay ayer rodeado de veleros. Y es que aún le duele aquel mamporro que se dio en la cabeza con la botavara la primera vez que navegó. Su devoción por Mallorca, donde posee una casa en Bendinat y es vecino de la cantante Chenoa, se remonta a más de tres décadas atrás, cuando llegó por primera vez a la isla y conoció a una familia de Sóller, los Rullán, que le han enseñado a «vivir como un mallorquín». Ahora este coruñés en verano desayuna «coca de patata con un cafelito» y asegura que «la quinta provincia de Galicia es Mallorca porque gallegos y mallorquines nos parecemos».

Medalla de plata en las olimpiadas de Los Ángeles en 1984, afirma que iría encantado a Río, «a pesar del zika» y que los desperfectos de la Villa Olímpica carioca «son el pan de cada día en una olimpiada». Él todavía recuerda con aprensión la de Moscú, «donde la única diversión era ir al cine a ver una película sobre la ópera Nabuco en el Bolshói. La pasaban 24 horas al día». Dice Romay, y muchos estarán de acuerdo, que si volviera a nacer le gustaría «ser el mismo y con la misma estatura, porque desde aquí arriba se respira aire limpio y se ve la vida con más perspectiva».