Flores y calaveras

También los policías van al tatuador

Flores y calaveras
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Hubo un tiempo en que los tatuajes distinguían a la gente de vida peligrosa: marineros, presidiarios, motoristas, rockeros, sicarios, cantaores... Sucedía por una mezcla de estadística y prejuicio. Y tenía consecuencias. Digamos que te tatuabas una calavera pequeñita en el bíceps y tu padre te echaba de casa. Hoy, en cambio, es tu padre el que llega un día a casa y, abriéndose la camisa, muestra un tatuaje colorista, recién hecho, panorámico, en el que se ve algo que parecen las caras de Bélmez, pero que resultáis ser tú y tus hermanos. Sobre el pecho de tu padre, también aparece tu madre, demasiado ligera de ropa para tu gusto y recostada como una 'pin-up'. Se añade al conjunto, por alguna razón, el viejo San Mamés entrando en el hiperespacio. Antes de desmayarte, te parece ver que hay algo escrito en árabe en el arco.

El tatuaje, que antaño fue definitorio como una divisa o un taxón, hoy se ha extendido tanto que en absoluto puede definir a quien lo lleva. Quiero decir que, viendo un tatuaje, ya no puedes concluir que su portador tenga negocios peligrosos en los suburbios, porque igual lo que tiene es un bufete prestigiosísimo en la Gran Vía y una oferta para ser consejero en el Gobierno vasco. Falta muy poco para que los rebeldes con mala pinta, actitud sospechosa y temperamento marcadamente antisocial seamos los que no tenemos un solo tatuaje en el cuerpo.

Estando así las cosas, parece un poco absurdo excederse con el rigor. Explican en la Ertzaintza que, entre las nuevas promociones, no hay prácticamente agente que no lleve algún tatuaje o algún 'piercing'. Puede entenderse. Son gente joven, están en forma, los teléfonos traen ahora la cámara esa para hacerse fotos a uno mismo... ¿Quién podría resistirse? Otra cosa es que el oficio requiera uniformidad y una cierta compostura, pero a ese respecto importa mucho más ser educado y diligente con el ciudadano que tener o no tener unas flores tatuadas en el brazo. Lo que indica el reglamento de la Ertzaintza es que los tatuajes se oculten en lo posible con el uniforme, generalmente, imagino, manteniendo las mangas en su sitio. En la práctica, parece que se tolera cualquier cosa que no interfiera directamente con el trabajo del agente. Tiene bastante lógica. Piensen en los 'piercings'. Tampoco conviene que un policía pueda ser inmovilizado con un imán potente.

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