Los fanáticos de la tortilla campeona de El Huevo Frito: «Cómo la harán, a ver si la repito en casa...»
El bar de García Rivero ha ganado con una propuesta arriesgada, que destaca por su patata crujiente: «La de la final no fue la mejor que hemos hecho», dicen
Olvídense de la política, la religión o el fútbol: en lo que más difícil resulta poner de acuerdo a todo el mundo es en cuál ... es la mejor tortilla de patata. Ahí todos nos mostramos irreductibles y siempre conocemos alguna más rica, que los demás ni siquiera han catado. Por si fuera poco, existe el abismo insalvable que separa a cebollistas y sincebollistas, y esa otra grieta entre los amantes de la consistencia poco cuajada y quienes no soportan ver un resto de líquido en su plato. De modo que será improbable que la Bizkaiko Tortilla Kopa, el campeonato organizado por la Asociación de Hostelería de Bizkaia, genere reacciones unánimes, pero está claro que nos descubre bocados suculentos y, además, brinda un excelente tema de conversación. El ganador de la cuarta edición es El Huevo Frito, un clásico de García Rivero, que apuesta fuerte con una tortilla muy personal, diferente, incluso un poco arriesgada, que crea adhesiones fervientes pero también da lugar a alguna discrepancia.
Es la hora del almuerzo de los oficinistas de las calles cercanas y los 59 metros cuadrados del local están a rebosar. No se trata del efecto llamada del premio: se pone así todos los días. Y basta echar una mirada para comprobar que todos le dan a la tortilla con auténtica pasión, con esa gula que podría confundirse con hambre atrasada, aunque se prestan a interrumpir la ingesta y el goce para responder a una pequeña encuesta. «La patata es diferente a otras tortillas», valora Javi. «Está muy bien frita, 'crunchy'», aporta Jon Andoni. «Me recuerda un poco a las patatas Lay's», apunta Liselot. La uruguaya Sofía y la mexicana Brenda han conseguido una mesita. «¡Somos de las originales!», dicen, para distinguirse de la avalancha de curiosos que se esperan estos días. Las dos le ponen un 10. «Es supersabrosa... Siempre me pregunto cómo la harán, por si pudiese repetirla en casa. Nunca he probado otra tan rica, y eso que la pido en todas partes...», le da vueltas Sofía. «Es la combinación perfecta: en otros lugares queda demasiado cruda», añade Brenda, y hablan un poco del punto medio como virtud hasta que, en fin, el pintxo vuelve a reclamar toda su atención.
En El Huevo Frito trabajan siete personas más el matrimonio propietario, José Pereda (que antes estuvo en el Noruega de Olabeaga y en el Okela, de esta misma calle) y Susana Tierra (de familia hostelera, que estaba al frente del Asua de Alameda San Mamés). «Nuestro único secreto es que la patata quede crujiente, aunque luego resulta más difícil integrarla, porque no chupa igual», resume Susana. A pesar de que su tortilla lleva cebolla, ella se reconoce sincebollista: «Y hacerla buena sin cebolla es más difícil. La cebolla le da jugosidad, sabor. Pero, si me la encuentro dura o con mucho sabor, no me gusta». Antes también José la prefería 'sin', pero ha cambiado de bando. «¡Eso no lo sabía!», se asombra su mujer. Su tortilla es el resultado de un periodo de ensayo y error, hasta que alcanzaron ese difícil equilibrio entre la patata crujiente, que hay que masticar, y la jugosidad del conjunto. «Hay gente a la que no le gusta, claro: he visto a alguno apartando los trozos de patata más tostados», admite la hostelera. Para quienes apreciamos esa textura, en cambio, resulta adictiva.
Aquí y en Ecuador
Estuvieron a punto de no presentarse al concurso. «Teníamos problemas con la remesa de patatas, pero las chicas de la cocina estaban muy ilusionadas y nos convencieron», relata José. «A la final fuimos sin grandes pretensiones. Empecé a ponerme nerviosa cuando vi cómo hacía Patricia las tortillas, con menos problemas que los demás», añade Susana. La ecuatoriana Patricia Ríos es una de los cuatro cocineros del local (junto a Zenia, Alejandra y Moha) y está en plena acción, cascando doce huevos para que continúe la cadena con un nuevo sol sobre la barra. «Le ponemos mucha intensidad a la hora de hacer la patatita. Al principio, más de una vez se nos quemó, pero yo diría que llevamos ya tres años con nuestra tortilla clásica. La de la final no fue la mejor que hemos hecho, porque estamos acostumbrados al gas y allí era inducción». Todos los días sacan entre quince y veinte, que pueden llegar a treinta los fines de semana, y preparan seis variedades diferentes, entre las que destaca la de calabacín y pimiento verde.
–Patricia, ¿y en Ecuador ya suelen comer tortilla de patata?
–Era más de la madre patria, como decimos, pero, como hemos venido muchos emigrantes... Ahora gusta muchísimo. Cuando voy, siempre les hago, y les encanta.
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