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«Enfermar de ELA es como ascender una montaña de la que no vas a volver»

Pablo Olmos, en silla de ruedas, y Unai Llantada observan el monte Vinson, escenario de un «desafío compartido». / SERGIO GARCÍA

Unai y Pablo inician el reto de sus vidas: uno hollará la cima de la Antártida y el otro, en silla de ruedas, compartirá desde Zalla cordada vía telefónica

Sergio García
SERGIO GARCÍA

«Comparas el avance de la enfermedad con la lenta ascensión a una gran montaña, una de la que sabes que no vas a volver. A medida que gano altitud, pierdo oxígeno, la respiración se hace más lenta, los movimientos son cada vez más torpes. Poco a poco, la capacidad de comunicarte se va extinguiendo. La ELA es fría, porque al haber perdido la capacidad de movimiento, mi cuerpo no genera calor». Pablo Olmos habla pausadamente, al ritmo que le permite el respirador que lleva acoplado a la silla de ruedas y que se extiende a través de tubos hasta una cánula bajo la nariz. Su respiración es lenta, fatigosa, y deja un eco mecánico, como de fuelle, que no encaja para nada con la mirada cargada de pasión que dirige al televisor, donde se recorta, amenazante, la silueta del monte Vinson, en la Antártida. Es el último reto de este vecino de Zalla a quien la adversidad parece inocularle un afán desmedido de superación.

 

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