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Valentino Rossi, en Losail
Valentino Rossi, en Losail

Motogp

Un jinete vale más que 260 caballos

  • Impresionante exhibición de Valentino Rossi, triunfador en el desierto catarí de Losail

Valentino Rossi dio una escandalosa exhibición de pilotaje para hacerse con la victoria en el Gran Premio de Catar de MotoGP, el primero de la temporada, y el primero desde China 2005 en el que ningún español pisa el podio en ninguna de las tres categorías. El italiano, de 36 años, tuvo que recurrir a lo mejor de su repertorio para imponerse a su compañero Jorge Lorenzo y a los dos aviones que son las Ducati en el arranque del curso 2015. Por detrás, Marc Márquez cometió un error en la salida y se tuvo que conformar con la quinta posición.

Dos cosas fueron clamorosas en el desiero de Losail. La primera es que Valentino Rossi no envejece. La segunda, que las monturas de ‘Dovi’ y Iannone son balas, y no precisamente de fogueo, al menos hasta que logren los suficientes triunfos como para padecer los rigores de la reglamentación que ya somete a otras monturas. ‘Il Dottore’ supo aguantar en los primeros compases, anclarse en un cuarteto de cabeza y, llegado el momento justo, ponerse en primer lugar, batirse en duelo con todos y salir victorioso de la primera gran batalla. Lo vivido en la noche del emirato no es sino el enésimo episodio de superación de un héroe que cuenta a sus seguidores por millones y que jamás da por bueno ningún resultado que no sea la victoria. Es el mismo Rossi que, con todo a favor para vivir plácidamente en el éxito durante más de una década, decidió dar un golpe en la mesa y abandonar a la todopoderosa Honda para demostrar que el valor de un piloto está por encima del de las marcas. Y lo consiguió. Y también es el mismo que, en 2008, salió completamente reforzado de Laguna Seca en un recital similar al de ayer contra otra Ducati que también era superior a su Yamaha, la del temible Casey Stoner. Valentino Rossi ayer, hoy y siempre, es el valeroso emblema de una humanidad que se niega a someterse a la tiranía de las máquinas. Es la bandera de la esperanza, un pionero que elevó el motociclismo hasta su lugar actual y por el que los años nunca pasan.

El Gran Premio arrancó con la decepción de Marc Márquez, que intentó cerrar una trazada y que se encontró con Lorenzo, teniendo que seguir recto para salvar los muebles a costa de perder veinte posiciones. Desde ahí, casi a empujones y rebasando en alguna ocasión los límites de la prudencia, recuperó plazas de dos en dos, alguna de forma polémica como cuando obligó a Bautista a abandonar. Llegó al decepcionante Pedrosa, lo rebasó sin pestañear y cerró su domingo en una meritoria pero insuficiente quinta posición. Fueron heridas, pero no tuvieron la profundidad necesaria como para un radical cambio de planes en el garaje de Nakamoto, ése en el que nadie duda cuál es el caballo ganador y cuál el secundario.

La batalla de verdad estaba servida por delante. Dos misiles competían contra dos pedazo de pilotos. Lorenzo y Rossi arañaban milésimas en cada inclinada, en cada trazada, mientras que las Ducati de Dovizioso y Iannone esperaban a la recta de meta para rugir de forma estruendosa y recuperar el terreno perdido. Caballos contra jinetes, multinacionales contra personas expuestas al riesgo, y el combate estaba prácticamente al 50%.

Lorenzo comandaba y resistía, algo que permitía a Rossi ir agazapado en la cuarta plaza. Pronto Iannone demostró ser el más débil y perdió unos metros muy valiosos. Rossi vio que era el momento y se lanzó a por la cabeza. Él y su compañero poseían el mayor talento, pero Jorge estaba ya jadeante puesto que había llevado todo el peso de la pelea. El ‘99’ se desfondó y acabó cuarto, por detrás incluso de Iannone, en una noche que arrancó con promesas de felicidad y que se cierra con tantos puntos como incógnitas.

Faltaban tres vueltas y la victoria iba a ser italiana. Dovizioso resistía y se ponía primero en la primera curva, aprovechándose de la recta, pero en el resto del circuito Rossi evidenciaba estar un paso por delante. Tanto, que consiguió unas centésimas de ventaja para entrar en el último cono negándole a su compatriota el rebufo, lo suficiente como para pasar primero bajo la bandera de cuadros. Márquez, que había tenido que remontar, dio la sensación de tener guardado mucho, pero en su ausencia fue Rossi quien brilló sobremanera, y suya debe ser la gloria. Él fue en esta ocasión quien demostró que un jinete vale más que 260 caballos. Pese a que el binomio que forman hombre y máquina en el garaje de al lado es el enemigo a batir, los dos caballeros le encomiendan a Yamaha más diapasones. Pilotos hay, falta por ver si tendrán moto.