Michael Phelps, el tiburón insaciable

Michael Phelps, antes de una competición. /
Michael Phelps, antes de una competición.

El nadador se desdice de su despedida y afronta con la mayor ilusión sus quintos Juegos Olímpicos

LAURA MARTA

Quería vivir. Simplemente. Llevar su vida fuera de la piscina y disfrutar de ella. Por eso MIchael Phelps dijo adiós a la natación después de Londres 2012. Parecía, para los simples mortales, que la proeza de ganar 22 medallas olímpicas, de tener el récord de mayor número de oros en una sola cita, era suficiente para disfrutar de un retiro cargado de orgullo. Pero Phelps parece tan insaciable dentro del agua como fuera. Dijo adiós después de Londres, pero vuelve a decir hola para saludar a Río 2016. Y la natación sonríe con él.

Bebió de sus hermanas, también nadadoras, el gusto por el cloro, aunque su primer contacto con el agua fue más por obligación que por devoción. Incapaz de centrarse más de dos párrafos seguidos en la lectura de ningún libro, incapaz de estarse quieto más de diez minutos, su madre le sugirió que probara en la piscina. No se imaginaba que aquel niño con déficit de atención terminaría siendo el campeón que es hoy y que quiere ser para siempre.

En el agua canalizó sus energías. También sus frustraciones cuando sus compañeros le hacían burlas por la desproporción en la que su cuerpo creció durante la adolescencia. Ya con diez años, espigado y con una envergadura fuera de lo común encontró en los entrenamientos de Bob Bowman un buen tratamiento para sus miedos y sus enfados. Con él consiguió despuntar muy pronto, tanto, que a los quince años fue preseleccionado por la Federación de Natación. Su bautismo en Atenas 2004.

En sus primeros Juegos dejó el miedo en el poyete y se lanzó a por la historia. Seis oros y dos bronces y otros tantos récords para empezar. Un estreno de vértigo que lo acercaba a leyendas como Mark Spitz, con siete oros en una misma cita olímpica. Y a por su marca se lanzó después. No soy el segundo Mark Spitz, soy Michael Phelps. Esa fue la frase con la que impuso su dictadura en el agua solo cuatro años después. Ya temido por todos, certificó que nadie podía hacerle sombra en Pekín 2008: ocho pruebas, ocho oros. El tiburón de Baltimore daba otro mordisco a la historia.

Insaciable como pocos deportistas se marcó un nuevo reto: el mayor número de medallas posibles. Y Londres lo coronó como tal. Solo Chad le Clos le birló una de las preseas doradas en individual. También tuvo que contentarse con la plata en el relevo 4x100. Todo lo demás subió a su reluciente botín, que iba a ser el último.

Se dedicó entonces a vivir, a pasar malos momentos de cualquier persona normal. Una foto suya fumando marihuana en una pipa suscitó el mismo revuelo que sus tremendos éxitos. Recibió el mismo número de críticas que alabanzas cuando se lanzaba al agua. También encontró el lado oscuro de la vida cuando fue detenido por conducir borracho. Y tocó fondo cuando pasó una temporada en una clínica de desintoxicación. Hasta llegó a pensar en el suicidio, concede en algún momento de ese periodo de su vida.

Hoy, con un hijo de ocho meses en los brazos y la conciencia más tranquila, sigue esforzándose en parecer una persona normal. Sin embargo, afronta sus quintos Juegos, y ahí se convierte en un ser insaciable, superior, inmortal.