Un oro para reinar en el planeta bádminton

Carolina Marín, con su demalla de oro.Reuters/
Carolina Marín, con su demalla de oro.Reuters

La española conquista la medalla después de un minucioso plan de entrenamientos en el que los gritos, la mirada y las palabras estaban controladas

LAURA MARTA

Las lágrimas en la pista y en el podio. Por fin rienda suelta a las emociones y la alegría. Por fin el alivio y la relajación del aliento final, con la recompensa al cuello. Después de una larga semana de control táctico, mental y estratégico, la onubense abrió los ojos a la realidad, brillantes por el desconsolado llanto, y brillantes por el oro. El objetivo. El único objetivo.

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Por él luchó contra la india Pusarla Sindhu a tres larguísimo sets. Con vaivenes en cada parcial que alargaron la final hasta los 83 minutos. Un esfuerzo titánico para ambas que Marín celebró tendida en el suelo y sin poder parar de llorar. Lo merecía la ocasión. Después de ver remontar a la asiática en el primer parcial cuando casi lo tenía en la mano. Después de volverse agresiva en golpes y gritos en el segundo. Después de ver de nuevo amenazada su ventaja a mitad del tercero. Después de un infierno de dos meses y de nueve años de preparación. Por fin las lágrimas. La primera jugadora no asiática en ser campeona en unos Juegos Olímpicos. «Una españolita que ha roto el poder asiático». Un oro olímpico.

Por él lleva peleando desde que con doce años cambiara el flamenco por el bádminton. Con catorce, fichada por Fernando Rivas para el Centro de Alto Rendimiento de Madrid su camino ya estaba marcado. Uno quería llegar a una final olímpica y ganarla; la otra, ser la mejor. Para ello, un estricto proyecto que transformó las habilidades y ambiciones de uno y otro en una deportista total. Mente, físico, táctica y técnica al servicio del oro. Programada para ganar.

El plan inicial, conseguir un medallista en Tokio 2020, se lo ha saltado Carolina Marín con cuatro años de antelación. Tenía prisa esta onubense de 23 años que enarbola la bandera del bádminton español y lo clava en lo más alto del podio y del planeta. Hasta llegar allí, un proceso de crecimiento diseñado hasta el más mínimo detalle en el que nada se dejó al azar, ni los golpes, ni los ataques, ni las palabras, ni los gestos, ni la mirada. Nueve años de trabajo constante en el que los entrenamientos se planificaban en función de las necesidades y las aptitudes de la onubense, que si bien no poseía la destreza técnica de otras, sí demostró el arrojo para sumarse al plan y ejecutarlo a la perfección.

Anticipación

Sin ninguna huella que seguir, Rivas suplió la falta de recursos con imaginación, viajes a las cunas del bádminton y un minucioso análisis de jugadoras de todo el mundo, pero también del propio deporte y de cómo hacerlo evolucionar. Trazó una estrategia global en la que todo debía estar bajo control: mente, físico, táctica y técnica. Ni los rivales ni la presión ni las lesiones podían ser una excusa. En sus inicios, los enfados de Marín durante los partidos eran constantes. Él los convirtió en gritos de amenaza. En 2015, el pie derecho pidió una tregua por una fractura por estrés. Rivas le hizo entrenarse sentada en el plinto. O en el sofá, donde se recreaban los encuentros al detalle. El Europeo y Mundial en 2014; Mundial, en 2015 y número 1; Europeo en 2016. Le fueron dando la razón de su estrategia: pasos de que la maquinaria estaba bien engrasada para atacar el último bastión.

Minucioso hasta lo obsesivo, Rivas subió su apuesta para los Juegos. Incrementó la carga de entrenamientos físicos y mentales. Partidos simulados, contra dos chicos, cámaras de hipoxia, ventiladores, sala de humedad para recuperarse con el cuerpo al límite «He llorado más que en toda mi vida», sonreía Marín, acordándose de esos momentos satisfecha con la recompensa. «Muy, muy, muy duro. Se entrena como se va a competir, pero nosotros no, nosotros lo hemos hecho con más intensidad, más carga, más difícil todo», explicaba Rivas. Pero también la presión y las circunstancias. «Nos hemos anticipado a todo. A que en la Villa le digan que ya tiene el oro, a las rivales, a las condiciones adversas con el público, a las preguntas de los periodistas. Sí, también hemos ensayado eso», aceptaba el granadino, orgulloso de su esfuerzo, aunque con todavía aspectos que matizar: «En el primer set no siguió los protocolos entre puntos ni la estrategia al ataque. A veces estaba demasiado eufórica. Pero bueno, encontró otras maneras», aceptó al final. Marín ejecutó el plan a la perfección. El oro en su cuello y lágrimas en su rostro. Su objetivo. Estaba concienciada y programada para ello.