La crisis de identidad del Real Madrid

Florentino Pérez durante la rueda de prensa ofrecida esta semana./
Florentino Pérez durante la rueda de prensa ofrecida esta semana.

De la mano de Florentino Pérez, de sus proyectos galácticos y de la alocada vorágine consumista que ha impuesto, el club blanco ha acabado perdiendo sus esencias

JON AGIRIANO

Los aficionados al fútbol de mi generación - y de varias otras anteriores- crecimos considerando al Real Madrid un gran club asentado sobre firmes pilares clásicos, una institución poderosa, seria y fiable con un modelo de juego basado en la armonía entre la calidad obligada de sus futbolistas y un arrollador espíritu competitivo. Para nosotros, el Madrid ha sido siempre mucho Madrid, un gigante noble al que se le combatía con todas las fuerzas pero sin poder dejar de admirar su grandeza en el campo de batalla, como esos grandes generales enemigos a los que, una vez derrotados y hechos prisioneros, el oficial vencedor debe hacerles los honores e invitarles a un whisky y a un cigarro en su tienda de campaña.

Por todo ello, no deja de extrañarnos el estado de debilidad casi permanente en el que vive el club blanco en esta última década. Somos muchos los que no acabamos de entender su absoluta incapacidad para reaccionar ante la realidad que le está carcomiendo las entrañas: el 'sorpasso' que le ha dado el Barcelona en la cima del fútbol español y europeo. Descabalgado de su trono, consciente de que su eterno rival es ahora la referencia absoluta del juego y también del éxito - 24 títulos de los culés por 10 de los merengues desde 2005 , el Real Madrid ha acabado sufriendo una grave crisis de identidad que podría resumirse en esta paradoja endiablada: ha olvidado en buena medida lo que fue, pero quiere volver a serlo y no encuentra la manera.

El 0-4 del sábado anterior tuvo una lectura demoledora para el Real Madrid. Se demostró que, como equipo, el Barça es inmune a todo lo que sucede a su alrededor. El antaño temido entorno blaugrana ya no tiene ninguna influencia. No pasa de ser un sonido exterior, el hilo musical en la consulta del dentista. A mucho volumen, eso sí. El Barcelona lleva tiempo siendo un polvorín: disputas internas, polémicas judiciales de sus estrellas, elecciones anticipadas, broncas, destituciones, sanciones de la UEFA y desgracias de todo tipo agitan desde hace tiempo a la entidad. Sin embargo, cuando el balón se pone a rodar, nada de eso importa y siempre acaba brillando el fútbol. En el Real Madrid sucede lo contrario. La institución como tal no sufre mayores espasmos, aunque es cierto que su entorno mediático es mucho más asfixiante que el del Barça, pero cuando el balón se pone a rodar tarde o temprano surgen los problemas. La diferencia que separa, hoy por hoy, a ambos rivales salta a la vista: el Real Madrid no tiene una idea propia de fútbol mientras que el Barça presume de una idea sagrada. Dicho de otro modo: el Madrid ha olvidado cómo se hace el fuego mientras que el Barça mantiene encendida desde hace años una llama que le acompaña allá donde va, y que sus técnicos y jugadores miman y protegen como un tesoro, conscientes de su inmenso valor.

Equipo globalizado y cosmopolita

Que esto siga ocurriendo y que el aficionado merengue se torture cada día pensando que el dominio del Barça no tendrá fin ni siquiera cuando Messi se jubile es, en gran medida, responsabilidad de Florentino Pérez. Seguro que el presidente de ACS ha conseguido grandes logros para el Real Madrid como empresa, pero al equipo lo ha despersonalizado hasta desfigurarlo por completo. Y no es que lo haya hecho con mala intención, en absoluto. Todo lo contrario. Lo ha desfigurado por querer hacerlo demasiado grande, por algo parecido a la megalomanía, como si esa fuera la única manera posible de superar al Barcelona. No deja de llamarme la atención que, siendo socio desde hace tantos años, Florentino haya olvidado cuáles son los valores de su club y haya impuesto dentro de él una alocada vorágine consumista, una absurda mentalidad de usar y tirar, una destructora impaciencia infantil por la victoria que impide que enraícen los proyectos y sitúa a todos sus entrenadores en una silla eléctrica desde el mismo día de su llegada.

El gran empresario global que es Florentino Pérez se ha empeñado en construir un equipo globalizado y cosmopolita de figuras galácticas reunidas a golpe de talonario. Y lo ha hecho a costa de que el Real Madrid pierda finalmente su esencia, el sustrato primordial de su ser. (Por cierto, acabo de tener un pequeño ataque de vértigo mientras escribía esta última frase. Me veo teorizando sobre los sustratos primordiales del madridismo y no me reconozco. Pero en fin... Como diría un amigo, peor sería trabajar. Sigamos, pues). Que muchos aficionados se hayan deslumbrado con los fichajes de Florentino ha sido algo inevitable, pero sospecho que muchos de ellos ya se están percatando de que todo ha sido un fabuloso espejismo. Un engaño. O tal vez, sin más, una colosal equivocación. Porque el Real Madrid nunca ha sido eso. El Madrid siempre ha tenido tres o cuatro estrellas extranjeras, pero su fundamento espiritual lo han aportado toda la vida, como si llevaran sobre sus hombros y corazones el Arca de la Alianza, una serie de futbolistas españoles que tenían el escudo del club hundido con clavos en el pecho. En Barcelona temían a esos tipos como temían en Holanda a los tercios de Flandes.

Debo reconocer que, durante mucho tiempo, me he reído de aquellos forofos y periodistas madrileños que en el Santiago Bernabéu o en sus diarios invocaban al espíritu de Juanito. Y qué decir de aquellos que hacían güijas para entrar en contacto con las leyendas más añoradas de su club y jugaban a despertarlas a horas intempestivas en sus camas del mas allá. Me parecían ridículos. Pues qué quieren que les diga: desde el sábado, tras observar la imagen patética del Real Madrid, su inexistente personalidad en el campo ni más ni menos que ante el Barcelona, creo que empiezo a entenderles un poco.