El Correo

Base de altura

es posiblemente el mejor base del mundo en estos momentos / Afp
  • Seis de los ocho equipos que sobreviven en la NBA presumen de directores determinantes, con Parker a la cabeza de la lista

Las cuatro semifinales de la NBA vuelven a descargar agua sobre las mismas calles mojadas. Hace once meses disputaron una final apasionante y de estilos diferentes Miami y San Antonio, el fuego abrasador de los Heat frente la orquesta sinfónica de Popovich. El conjunto de Florida revalidó el título con un rebote ofensivo de Chris Bosh, que encontró la puntería soberbia del artillero Ray Allen en la esquina, el sitio que ocupan los lanzadores fríos de mirilla telescópica. A la hora de redactar estas líneas, ambos equipos llevan muy bien encarriladas sus series respectivas (3-1). Hasta el punto de que pueden abatir con la próxima bala y en sus campos de tiro a Portland y Brooklyn, respectivamente. Miami parece el más cómodo de los ocho contendientes. Le basta apretar el acelerador en momentos concretos, distribuir la producción entre los miembros de su ‘Big Three’ (LeBron James, Wade y Bosh), conceder voz a algunos miembros del coro y aprovechar la última entrega para amedrentar al adversario con una actuación sublime del rey, destronado esta temporada por la estética impoluta de Kevin Durant. San Antonio, a lo suyo: libreto propio de un orfeón afinado, fe en un credo cuyos mandamientos encabezan el pase y la generosidad, el mando absolutista de Tony Parker, el crecimiento exponencial de Kawhi Leonard (jugador multiusos que todo técnico quiere a su lado) y la juventud eterna de Tim Duncan, el mejor ‘cuatro’ de la historia.

Los otros dos cruces definen al detalle la sima que distancia el efervescente baloncesto occidental del siderúrgico que abraza el Este por costumbre. Solo de anunciarse el Oklahoma City-Clippers (3-2) nota uno el cosquilleo corporal que aventura los grandes acontecimientos. El Indiana-Washington (3-2) incita a las excusas, que van desde limpiar la mampara hasta retomar el estudio del latín con tal de que el cáliz pase de largo. No tanto por los Wizards, capaces en las buenas noches de alegrar las pupilas con su eléctrico juego de perímetro y la categoría de sus hombres grandes. Sí en el caso de los Pacers, un bloque construido para ganar que a punto estuvo durante la primera eliminatoria y el encuentro inaugural de las semifinales de estrellar su carrocería contra el muro de las decepciones. Pero el grupo de Frank Vogel, que mostraba síntomas de descomposición interna, ha revertido un panorama gris al recuperar la fe en su excelente defensa y bajar a su gigante Roy Hibbert del desván donde se almacenan los objetos intrascendentes. El alero Paul George no basta para aspirar a todo sin la colaboración necesaria del pívot jamaicano, un holograma hasta hace poco del ‘cinco’ que gobernó las zonas el año pasado. En ambas eliminatorias aún cabe todo, pero el combo Westbrook-Durant con las adherencias interesantes de Serge Ibaka debería imponer su actual ventaja frente al plantillón angelino en una serie extraordinaria y estrecha como el filo de un cuchillo. Washington no se ha visto en otra desde tiempos inmemoriales, aunque el sueño de la final de conferencia exige dos pifias consecutivas de Indiana.

Metáfora inmobiliaria

Todo edificio se sostiene a partir de los cimientos. Y el baloncesto es una metáfora inmobiliaria. Por mucho que la figura del base haya mudado históricamente su sentido, todo conjunto nace a partir de la cabeza pensante del ‘uno’. En los ocho equipos supervivientes –y me perdonen Mario Chalmers (Heat) y George Hill (Pacers)- viven seis directores de juego tan distintos como fundamentales. Pese a las estadísticas que tanto aman los americanos no se me ocurre otro base más determinante en el mundo que el francés Parker, líder de los Spurs con la autorización certificada del maestro Popovich. Nadie como él maneja el ritmo de los partidos y ningún otro pequeño causa semejantes destrozos en la zona con su capacidad formidable para penetrar hasta la cocina, coger la bandeja y servir puntos contra el cristal. Garantía pura. En cambio, el entrenador que alinea a Russell Westbrook (Thunder) debe superar exigentes pruebas cardíacas y tener el desfibrilador a mano. Este portento físico que primero esprinta y después reflexiona concede y quita, aunque ha llegado a los ‘play off’ en una exuberancia mental avasalladora. También es cierto que Oklahoma City no se entendería sin este kamikaze que funciona mediante descargas eléctricas en el alma. Para aportar cordura ya se encuentra Kevin Durant, un alero sobresaliente que conjuga la efectividad con una belleza asombrosa.

Nos quedan cuatro bases, que podríamos distribuir en dos lotes. Hubo un tiempo que albergó el relevo generacional. A timoneles venerables como Steve Nash o Jason Kidd les sucedieron Chris Paul (Clippers) y Deron Williams (Nets). Ambos se discutieron la supremacía del director en la cancha con unas cualidades técnicas sobresalientes y abundantes puntos en las manos. Más en el caso del pequeño conductor angelino, un mago en el manejo de la pelota y la aportación ofensiva a quien solo cabe achacar cierto exceso en el bote. Williams impone su corpulencia para dirigir a una banda de veteranos (Brooklyn) que empezaron la temporada perpetrando el baloncesto y han acabado por mostrar el orgullo que engrandece a tipos como Paul Pierce y Kevin Garnett. Mientras, Portland y Washington se encomiendan a bases jóvenes. Tal vez únicamente Westbrook atraviese la pista a mayor velocidad que John Wall (Wizards), quien suministra balones al escolta Beal y al muy notable juego interior que componen el polaco Gortat y el brasileño Nené Hilario, talento enorme en un cuerpo abundante. El futuro le pertenece tanto como a Damian Lillard (Trail Blazers), otro chico de categoría suprema que guía al equipo de Oregón, propiedad del elegantísimo ala-pívot LaMarcus Aldridge. Desde luego, entre bases anda un juego del que se aprovechan estrellas planetarias como Leonard, Duncan, George, Griffin o Durant. Indiana y Miami se las arreglan en ese baloncesto iconoclasta que se cargó la figura del timonel puro bajo las nuevas tendencias que Phil Jackson instauró en las eras memorables de los Bulls y los Lakers. La fórmula es matemática: base por altura.