‘Patria’ de Fernando Aramburu

‘Patria’ de Fernando Aramburu

ETA ha dejado las armas y dos familias separadas por la violencia tras largos años de amistad deben cerrar heridas y saldar cuentas pendientes

CÉSAR COCA

Hasta un tiempo relativamente reciente, la situación de violencia vivida durante medio siglo en el País Vasco dio lugar a poca literatura. Y cuando ha empezado a generar novelas, en la mayor parte de los casos centran su mirada en uno solo de los lados, sea el de los terroristas o el de sus víctimas. Fernando Aramburu, que ya había escrito de este tema (EL tema por excelencia en la Historia vasca a partir de los sesenta) en Los peces de la amargura y Años lentos, ha construido una novela de enorme ambición porque reparte protagonismo y muestra el dolor que, más allá de sus causas y la consideración moral que pueda suscitar, alcanza a todos.

El argumento se explica con facilidad: dos familias residentes en un pueblo guipuzcoano mantienen una estrecha amistad de esas de toda la vida, de las de hacer vacaciones juntos y que los hijos se quieran como primos o como hermanos. Uno de los muchachos entra en ETA y pasa a formar parte de un comando. Casi al mismo tiempo, el padre de la otra familia, dueño de una pequeña empresa de transporte, recibe la petición del impuesto revolucionario. Meses después comienza el acoso: pintadas amenazantes, vecinos del pueblo que dejan de saludarle, miradas torvas... Y un día es asesinado cuando sale de su casa para ir a la empresa. Las relaciones entre ambas familias ya se habían deteriorado para entonces pero en ese momento se rompen del todo.

Lo que Aramburu cuenta es la historia de un desgarro. Las dos familias coinciden en no pocas cosas: son nacionalistas, tienen hijos simpatizantes de la izquierda abertzale y otros que se enamoran más o menos de inmigrantes, comparten en líneas generales la misma visión del mundo... Y sin embargo, ese pequeño universo que representa la sociedad vasca en su conjunto se quiebra cuando la violencia los alcanza.

El escritor guipuzcoano habla de crímenes y torturas, del dolor de las víctimas y los familiares de los presos que deben recorrer centenares de kilómetros para verlos, de la culpa y el remordimiento, de la incomprensión y la locura. Y consigue algo muy meritorio, más allá de la magnífica escritura del libro: que todos los personajes, incluso los que aprietan el gatillo sin pensar ni un segundo en la víctima, resulten finalmente humanos. Solo hay dos muy secundarios, por otra parte que resultan despreciables a los ojos de cualquier lector con un mínimo sentido de la ética. Pero será mejor que el lector los descubra.

 

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