El conde Luchino Visconti, tan amado por todos y todas

El cineasta y director de escena Luchino Visconti, (1964)./
El cineasta y director de escena Luchino Visconti, (1964).

Se cumplen 40 años de la muerte del genio que reivindicó la dirección de escena en comandita con Maria Callas

ISABEL URRUTIA

Se cumplen 40 años de la muerte de Luchino Visconti (1906-1976), uno de los aristócratas más trabajadores del siglo XX. Comunista de carné y fundador del Neorrealismo italiano una corriente muy combativa que ponía el foco en las injusticias sociales, era un hombre que presumía de colocarse en el bando de los perdedores. Pero también le apasionaba la ópera y todo el ambiente que rodeaba al género en aquella época. No veía ninguna contradicción entre su defensa de la dignidad de los pescadores sicilianos explotados por el patrón de turno y su amor por las noches de vino y rosas en el patio de butacas del teatro La Fenice en Venecia. Era conde de nacimiento y un heterodoxo sin complejos. Le venía de familia.

Su abuelo se enfundaba el tutú siempre que había funciones de ballet en La Scala de Milán. Las modistillas le habían confeccionado un vestido a medida y el caballero se apañaba muy bien a la hora de esconder la barba entre los encajes. Así se las gastaba el duque Guido Visconti, presidente del consejo que reunía a los propietarios de los palcos del coliseo. Corrían los últimos años del siglo XIX y la nobleza gozaba de una libertad moral y sexual inconcebible para el resto de los mortales.

Hasta el joven director de orquesta Arturo Toscanini que rarísima vez se mordía la lengua se tragaba los comentarios que pudieran ofender a los Visconti. No se le escapaba ni un respingo cuando se cruzaba con el segundo hijo del duque por los pasillos de La Scala. El vástago, que se llamaba Giuseppe, no se perdía ni una sola función de ópera, debidamente atildado para competir con la belleza de su esposa. Por eso llegaba maquillado, con polvos de tocador y rímel en las pestañas. Cuentan las crónicas que era «un ejemplar masculino» de quitar el hipo. Buena planta y un rostro de óvalo perfecto, ojos oscuros y pelo de color azabache, con un bucle sobre la frente, ancha y despejada. Con estos antecedentes estaba cantado que el nieto más teatrero de Guido (e hijo de Giuseppe) acabaría brillando con luz propia sobre los escenarios.

Treinta kilos menos

'Casta diva', en interpretación de Maria Callas (París, 1958), con la Orquesta y Coros del Teatro Nacional de la Ópera de París, bajo la dirección de Georges Sébastian.

Fue amor a primera vista. Luchino Visconti perdió la cabeza por Maria Callas, mucho antes de que la diva perdiera 30 kilos y se empeñara en parecerse a Audrey Hepburn. No se perdía ni una velada liderada por ella en La Scala de Milán o en la Ópera de Roma. Siempre le mandaba un ramo de flores con una nota de admirador rendido. Picada por la curiosidad, la soprano decidió conocerle él ya había rodado películas como 'Obsesión', 'La tierra tiembla' y 'Bellísima' y bastó una cena para que se forjara una amistad de alto voltaje, tan intensa que la gente se hacía a un lado. Si te acercabas demasiado, corrías el peligro de quemarte.

La consecuencia más visible de la relación entre Visconti y la Callas llegó a ser portada de 'The New York Times'. La mítica cantante pasó de rondar los 100 kilos a pesar poco más de 60, mucho más favorecedores y perfectamente repartidos a lo largo y ancho de sus 1,74 centímetros de altura. Operada esa transformación, comenzó una colaboración profesional que forma parte de la Historia de la Lírica. La figura del director de escena (ahora tan importante en los espectáculos de ópera) solo empieza a gozar de autoridad a partir de Visconti. Hasta entonces todo se dejaba en manos de la improvisación y un puñado de pautas sobre las entradas y salidas de los artistas.

Nada que ver con el sentido del ritmo y la fluidez profundamente cinematográficos que acuñó un visionario de voz tonante que enloquecía a directores de orquesta como Karajan, Giulini y Bernstein. Deslumbraba la capacidad de fascinación que tenía aquel hombretón tímido, calculadamente desaliñado siempre fue un adelantado a su tiempo, que solo perdía las formas cuando alguien osaba cambiar de lugar un botón en el vestuario. «Dios o el demonio está en los detalles, cuidado, cuidado», mascullaba entre dientes durante los ensayos.

Ya fuera al frente de 'La sonnambula', 'La Traviata', 'Macbeth', 'Salomé', 'Le nozze di Figaro', 'El caballero de la rosa' o 'Don Carlo' (una ópera que rescató del olvido), todas ellas marcaron un hito y le sirvieron para afianzar su fama de hombre renacentista. Bien podría haber sido campeón olímpico de hípica o traductor del francés. De niño solo leía novelas de Proust, Stendhal y Balzac. Era un pésimo estudiante que no llegó a terminar el Bachillerato porque en cuanto tenía la más mínima oportunidad se fugaba a Roma para empaparse de arte; y cuando se hacía de noche conquistaba a las chicas y se enamoraba de los chicos. Tenía debilidad por el sexo masculino; no había mujer que estuviera a la altura de su madre, el gran amor de su vida.

Como último recurso para meterlo en vereda, el padre lo alistó en la Escuela de Caballería de Pinerolo (Piamonte), donde los soldados rasos llegaban con mayordomos de librea. No en vano se trataba de un centro de adiestramiento para los cachorros de la realeza y la nobleza. Y ahí llegó el gran Luchino Visconti con planta de mariscal. Ya entonces disfrutaba del proceso de doma, sobre todo cuando el animal era purasangre, de patas largas y lomo musculoso. Era un adicto a la belleza. Las fijaciones le venían de familia y se las tomaba muy en serio. Igual que la astrología y el espiritismo. Había nacido bajo el signo astral de Escorpio y se consideraba un hombre profundamente emotivo, sensual y rencoroso. Ni perdonaba ni olvidaba. Le enfureció que la Callas iniciara una relación sentimental con el armador Aristóteles Onassis «un cretino con cara de tortuga» y casi le rompe la crisma a un portero de La Scala que le impedía el paso cuando en cierta ocasión, a horas intempestivas, quiso intercambiar pareceres con la diva greco-americana. Merece la pena reproducir el diálogo entre los dos.

¿No sabe quién soy yo?

Sí, pero al final todos somos iguales porque los dos, usted y yo, vamos a morir.

¡No! Usted morirá, pero yo no.

...

El mítico cineasta y director de escena falleció el 17 de marzo de 1976, al poco de escuchar la Segunda Sinfonía de Brahms. «Ya he tenido bastante». Silencio. No dijo más.

Famosa escena del vals (con música de Verdi, en orquestación de Nino Rota) de la película 'El Gatopardo', con Burt Lancaster, Claudia Cardinale y Alain Delon.