Un buen morir

Una fundación facilita a los enfermos su último deseo

Un buen morir
Maika Salguero
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Sabemos desde hace siglos que también existe un arte de morir. Otra cosa es que lo hayamos olvidado y en nuestra sociedad lo más frecuente sea expirar en un hospital, entre tubos y tratamientos que quizá se alargan demasiado, anteponiendo la asepsia y el control de la situación a esa belleza de la que hablaban los antiguos. Fue Petrarca quien escribió que un buen morir honra toda una vida. Es un poco exagerado, pero no está de más recordarlo cuando la muerte parece entenderse antes como un fracaso que como un momento decisivo y del todo natural.

En su clásico 'Cómo morimos' el doctor Sherwin Nuland insistía en una idea evidente y sin embargo llamativa: «La muerte pertenece al moribundo y a quienes le aman». Nuland, que murió en su casa con 83 años, señalaba lo absurdo de que, a partir de ese momento en que el sufrimiento y el cansancio pesan más que un poco probable éxito terapéutico, los enfermos sigan atrapados en un carrusel de especialistas cuando su médico de toda la vida, puede que incluso ese «antiguo amigo médico», respaldado por un sistema sanitario adecuado, está más que capacitado para acompañar al enfermo y a sus familiares en su casa, hasta el instante final. «No moriré más tarde de lo necesario», se proponía Nuland al final de su libro, «solo por la absurda razón de que un campeón de la medicina tecnológica no comprenda quién soy».

La apelación a la identidad resulta fundamental. Hay algo profundamente justo en que alguien pueda morir como ha vivido, estando en su cama, rodeado de los suyos. Puede que incluso también cumpliendo algún último deseo, que puede tener que ver con despedirse de alguien en concreto o con escuchar cierta música llena de significado personal. Si el deseo requiere de alguna infraestructura más compleja, hay quien pone a disposición de las familias lo necesario para trasladar al enfermo a ver el mar, a visitar por última vez un museo o a rezar ante la imagen de la que se es más devoto.

Se trata de un colofón generoso, de un detalle lleno de significado, pero debería coronar un sistema de cuidados paliativos y atención domiciliaria que tuviese mucho más protagonismo, y por tanto muchos más recursos, en nuestro sistema de salud. ¿Cuántos asuntos hay más importantes que la muerte? Además de poemas y tratados filosóficos, requiere políticas públicas.

 

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