Las mascotas de Ibai Gómez

«Lo más bonito es ver cómo protegen a nuestra hija»

Ibai Gómez e Ingrid Betancor

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Parecía inevitable que Ibai Gómez e Ingrid Betancor acabasen teniendo mascotas, aunque cada uno de ellos siguió un camino muy diferente hacia esa devoción por los animales. De pequeño, Ibai siempre deseó un perro, pero sus padres no contemplaban la idea con tan buenos ojos: se resarcía, eso sí, los fines de semana, en un caserío de Gatika donde había perros, caballos, conejos, cerdos, burros, gallinas... Ingrid, en cambio, creció rodeada por cuatro dóberman, allá en su Gran Canaria natal: «Cuando tenía un año, mis tíos me llevaron a una muestra de perros de presa canarios y dijeron que era la última vez, porque me empeñé en parar en todos. Teníamos cuatro dóberman, Lara, Leo, Lía y Lupo, que era el mío, buenísimo y supercariñoso, un perro-persona. Aprendí a cocinar porque les hacía la comida».

Cuando se fue a vivir por su cuenta, el futbolista bilbaíno solo tardó cinco días en hacerse con Dubi, un carlino negro tranquilote y buenazo: «Siempre me gustaron mucho los bulldog. Y, desde la película 'Men In Black', tenía debilidad por los carlinos. Para mí era perfecto. Viajo mucho y tenía que poder dejarlo con alguien o llevarlo, dos posibilidades que se complican con un perro grande. ¿El nombre? El único peluche que he tenido yo en la cama toda la vida era Dumbo, así que lo adapté». Diez días después, se incorporó a la familia Ingrid con sus dos gatas persas, la dorada Nala («una jeta que se sube encima de cualquiera») y su hija Lola («bastante más selectiva»). Y la nómina animal se completó -al menos, por ahora- con Gomis, otro carlino mucho más proclive a la travesura y el alboroto: «Pensamos que a Dubi le vendría genial un compañero. Es más fácil tener dos perros que uno, porque se hacen compañía, se tranquilizan...», expone Ingrid. «Dubi es más miedica y Gomis, más gallo. Pero Gomis no sabe lo que es vivir sin Dubi. En cuanto se aleja, llora», apunta Ibai. Lo de Gomis, por cierto, es una derivación juguetona de Gómez con la que algunos amigos suelen llamar cariñosamente a Ibai.

Frente a lo que marca el eterno tópico, los dos perros y las dos gatas siempre se han llevado de maravilla. «Juegan, se respetan, duermen juntos... Suelen decir que los gatos son muy independientes, pero estas dos están siempre encima, pidiendo mimos», explica Ibai. «Nala parece el tercer perro. Cuando Dubi y Gomis comen -hacen dieta BARF, de carne y verduras crudas-, ella siempre se acerca. Y, al llegar a casa, salen los cuatro a recibirnos», añade Ingrid.

El tercer ser humano

Desde febrero, la vida en el domicilio vitoriano de la familia gira en torno a un tercer ser humano más pequeñito, Aiala, la hija de la pareja, una novedad que los animales han recibido con toda la naturalidad del mundo. «Lo más bonito es ver cómo protegen los cuatro al bebé. Lola siempre ha tenido miedo de los niños, pero, desde que llegó Aiala, no se separa nunca de ella», se asombra Ingrid, con una admiración que Ibai comparte: «Yo alucino -dice el jugador del Alavés-. En cuanto llora, se le acercan todos. Y la niña está como loca con los cuatro, los busca, los agarra y ellos se dejan. La gente que no tiene animales no se hace idea de todo lo que te dan a cambio de tan poco».

De alguna manera, Aiala ha completado el retrato, como si la familia hubiese dejado de estar en construcción. Pero, ay, alguien sigue echando algo de menos: «Yo no puedo morirme sin tener otro dóberman -anuncia Ingrid, siempre nostálgica de aquellos ejemplares que de algún modo simbolizan su infancia-. El carácter de un perro depende de cómo lo eduques. Si le das cariño, eso es lo que aprenderá. Y mi dóberman era igual que estos dos, pero más grande. ¡Tan noble!».

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