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De la casa de goma a la casa fantasma. El Bilbao perdido de Jon Uriarte

El articulista de EL CORREO repasa los lugares más emblemáticos de la villa que han desaparecido con el paso del tiempo

Domingo, 16 de noviembre 2025

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Los pueblos, villas y ciudades son familias nacidas de piedra, cemento y ladrillo. Cuando algún miembro cae el resto llora y le guarda recuerdo. O no. La memoria es confidente despistada. Como su prima la nostalgia. Y a veces los olvidamos. Es entonces cuando se van muriendo. Pasan de derribados a borrados. Pero si hay algo muy nuestro es apostar sobre ubicaciones, historias y leyendas de edificios del ayer. Un reto que se mantiene para saber si de verdad somos de Bilbao. Como un examen obligado para gente botxera. No pretende este recorrido ser así. Tan solo aspira a juego que camina entre mente y emoción. Cada lugar que vamos a recordar y poner en pie, al menos por unos minutos, guarda vivencias de quienes los construyeron, habitaron o contemplaron en su diario caminar. Palacios elegantes, fábricas poderosas y templos singulares, amén de otros edificios que, por aquello del insaciable progreso, acabaron siendo polvo en el viento. Suban a estas vías de tinta y recorramos aquello que fuimos. Una villa que ya solo resiste entre libros de viejo con páginas y fotos en sepia, recorridas por lector de mano arrugada. Desde EL CORREO les invitamos a ser eternautas por un día. Para así poder bajar al piso de abajo, de que subimos no hace tanto, y redescubrir juntos el Bilbao perdido.

Por el momento, descubriremos los secretos de...

La 'casa de goma', la fábrica de galletas Artiach, la casa fantasma, el depósito franco de aduanas, San Francisquito, los urinarios subterráneos, la tabacalera de Bolueta, los hoteles Excelsior, la plaza de toros de Indautxu, el viejo puente de San Antón, el puente del 'perrochico', el cine Banderas, el colegio de sordomudos, la iglesia del Carmen, la 'calle del cuchillo', el colegio del Sagrado Corazón, el asilo de huérfanos, la escuela para tullidos, la Feria de muestras, las estaciones de San Agustín, las Calzadas y San Nicolás, el frontón Euskalduna, el restaurante El Amparo, la fábrica de jabón y la fábrica de cerveza La Salve.

Además, al final del artículo te haremos una propuesta para que puedas participar.

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La 'casa de goma'

No era la más alta ni la más ancha. Pero tenía un don. La capacidad de estirarse para acoger tanto a vecinos habituales como a visitantes ocasionales. A veces venían para un rato y se quedaban para siempre. O eran temporeros marcados por las agujas del dios del trabajo ocasional. Nunca cargó con buena fama. Como si ser pobre y querer techo fuera pecado. Cierto que tuvo puertas a las que era mejor no llamar. Pero nada que no pasara en otros portales. Así era la casa de goma y de ahí su nombre.

La casa de goma

Ya no está. Murió en el 74 del pasado siglo y en su lugar habitan unas escaleras que unen dos calles con alma de limbo. Al fin y al cabo llevan a otra parte y al mismo lugar. Bilbao la Vieja. Ese ombligo donde la pelusa la conformaban almas de mil tierras. Lo de goma no es exagerado. Nunca quedó claro cuántos vecinos cabían. Iban entrando y ella callaba como una perra que admite cachorros ajenos. Quizá porque también su nacimiento fue humilde. De hecho no hay constancia. Lo sumo un apunte sobre su dañado tejado, allá por 1855. Por eso, de alguna manera, ella se venga. Y no estando, sigue presente. Con su historia y su misterio. La de la popular y bilbaína casa de goma.

La fábrica de galletas Artiach

Hubo un tiempo en que desde Zorroza hasta Deusto, pasando por Zorrozaurre, olía a galleta. Como si del horno de una abuela se tratara. Pero aquí la amama era fábrica y se llamaba Artiach. Como sus olores, fue una empresa viajera. García Salazar, Cantarranas y después a nuestro pequeño Manhattan. En todos esos lugares fue acogida con interés laboral y placer nasal. Cuentan que daban ganas de morder el aire. O de paladearlo.

Por la Ribera de Deusto los pequeños, y los ya mayorcitos, sabían la hora exacta en que los restos de galleta y aquellas que habían salido imperfectas eran repartidas entre las personas que se acercaban a su puerta. Si siempre fue buen y económico plan, imaginen en los tiempos de apreturas. Luego estaban los catadores. Afortunadas bocas que tenían el honor y la sabrosa misión de probar los nuevos productos y sabores creados dentro.

Fábrica Galletas Artiach

La empresa sigue, de otra manera y en otra hermosa tierra. Pero sigue siendo una empresa que lleva alma botxera en su ser. Porque podremos no recordar un nombre o una cara, pero jamás olvidaremos los aromas de nuestra infancia. Por eso dicen que, si sopla el viento del oeste, sigue oliendo a galleta.

La casa fantasma

Fue una, pero representa a muchas. Casas de largos pasillos que pasaron a ser uno. El precio de crecer a lo largo. Bilbao no fue, ni es, excepción urbana. Si toca tirar una casa para alargar una calle o una extensa avenida se tira. Eso sucedió con un lugar que ahora cuesta imaginar. 17, 19 y 21 eran portales. Ahora solo recuerdo. La dirección que jamás encontrarían los argonautas de Jasón, tras partir en busca del vellocino. Que en este caso no era de oro, sino de progreso. El ensanche hacía honor a su nombre y dejaba obsoletos los planos de su génesis. Y surgieron dos tribus. Quienes querían atravesar el edificio y quienes intentaban mantener su buzón en ellos.

Casas fantasma

Algunos conocimos sus entrañas y lo evocamos como si todavía humeara el café de la tarde en la mesita del salón. Un sorbo que llegaba tras ascender por unas escaleras que hablaban en cada crujir. Como si conocieran su destino. Las aceras y el asfalto cambiaron paisaje y paisanaje. Y tocó hacer maletas. De esas que llevan más de lo vivido que de contenido. En el macuto de la memoria predominan las historias con minúscula. Como las de aquél edificio que dejó de albergar vidas para, simplemente, dejarlas pasar.

Depósito franco de aduanas

Al niño le costaba entender que algo con el nombre del dictador pudiera ser derribado. Desconocía que el depósito franco de Bilbao nada tenía que ver con él. Era otra cosa. Una gran puerta de mercancías procedentes de lugares que imaginábamos a color. El niño acompañaba a su padre esa mañana con cara de sábado. El pedido pudo ser bacalao o salmón. De noruega o de Islandia. La memoria engaña y la nostalgia adorna. Quien lo conoció recordará el cartel donde quedaba claro que era depósito. Y los camiones a su vera confirmaban el propósito. Comprar lo que llegaba de ultramar. Que por entonces era el más allá.

Deposito Franco

Así vivió desde 1918 hasta 1974, cuando la última mercancía salió de sus tinieblas hacia la luz de Uribitarte. Entonces entró en un letargo sin objetivo. Como paquete que nadie recoge ni devuelve. Años de polvo y olvido. Territorio comanche donde las jeringuillas cabalgaban letales y los rincones otorgaban techo a quien lo había perdido. Ahora todo eso es pasado. Sus restos envuelven dos elegantes signos de exclamación. Porque Izozaki, siendo edificio, también es Atea. Para recordar al mundo que ya no es depósito, pero sigue siendo puerta.

San Francisquito

Era tan coqueto como pequeño. O no. Parecía no tener fondo. Sobre todo los días grandes cuando San Francisquito dejaba de ser diminutivo. Bien lo saben en Santutxu, cuyo nombre nació por ese modesto santo.

San Francisquito

Para entender lo sucedido deberemos viajar a 1737. Suena tan lejano que el recuerdo habita en lontananza. Casi tanto como les parecía por entonces a los vecinos la distancia hasta Begoña. Y como la Basílica pillaba lejos, levantaron la ermita. La que cada 2 de abril visitaban ilustres de Bilbao y de la República de Begoña. Delineantes y geómetras lo tienen por patrón. Al fin y al cabo es templo medido en sus formas. Cuentan que presumía de ello. Pero a lo bajini, que dicen ahora.

Nunca fue fácil su existencia. Por un lado estaba la imagen. Vivió escondida durante varios períodos de las Guerras Carlistas. Una bodega cercana le dio discreto asilo. No tuvo tanta suerte la ermita. Ante las nuevas construcciones pasó de acosada a casi adosada. Su adiós era cuestión de tiempo. Y llegó. Verla sin su campanario era como ver a un baserritarra sin txapela. Raro. Y dolía. Por eso se fue rindiendo. Aunque no del todo. Sigue. Con otro cuerpo, sí. Pero con el mismo alma.

Urinarios subterráneos

La forma de vaciar vejiga es un termómetro cívico. Deberíamos recordarlo ahora. Porque nuestros mayores lo tenían muy claro. Tanto, que la villa fue pionera en normas de higiene. Una máxima que tuvo su reflejo en los urinarios. Algunos a ras de acera. Otros subterráneos.

Urinarios subterráneos

No negaremos que el aroma fuera agrio. De esos que queman garganta y ojos, aunque aguantes la respiración y cierres los ojos. Tampoco las escaleras y el suelo, por las aguas bajadas del cielo y las salpicadas por falta de tino o desdén, ayudaban a que la visita fuera placentera. Pero era refugio urgente. Un búnker para bombardeos intestinales. Por eso cada cual tenía localizados los suyos. Esos que aguardaban camino de casa o en la flamante Gran Vía. Mujeres por un lado, hombres por el otro. Eran más elegantes desde fuera que por dentro. Sobre todo por el uso, y el posterior desuso, que los convirtió en inquietantes.

Aún así, en eso hemos perdido, algunos orinaban tras un árbol o entre coches, pero con cierto pudor. No como ahora. Que contenedores, puertas de garaje y portales son los elegidos por los orines. Y además al aire libre. Sin necesidad de ser, como antaño, urinario subterráneo.

Fábrica de tabaco de Bolueta

Entre mina y calle. La primera del Morro. La segunda Santutxu. Allí fue levantada, abriendo julio de 1878. Cual cigarro que vive entre papel y filtro. La fábrica de tabaco de Bilbao fue imponente en muchas cosas. Empezando por las dimensiones. Después por la plantilla. Más de 400 hogares vivían de ella y para ella. Casi todas las manos eran femeninas. En sus dedos radicaba la habilidad y la rapidez del buen trabajo. Por eso no dudaron, aquí viene otra razón para la admiración, a la hora de liderar protestas ante el trato injusto o el sueldo insuficiente.

Tabacalera Bolueta

Hubo otros desencuentros. Como el día en que las empleadas se negaron a dejar de usar la uña y aceptar la hoja de lata. Con cada mal humo que llegaba desde arriba, encendían nueva protesta. Así, poco a poco, pasaron de fabricantes de cigarros a mito. Y así siguió hasta que, llegado 1936, la fábrica apagó su actividad. El edificio que antes parecía grande ahora se antojaba pequeño. Y antiguo.

Entonces llegó la guerra. Reconvertida en cárcel, el tabaco dejó su espacio a los presos. Fue un paréntesis demasiado largo. Letal. Pero el nombre permaneció. Por eso cuando levantaron viviendas el barrio las bautizó como ‘las casas de Tabacalera’. Lo que conforma que el humo del ayer flota, incluso, entre los vientos modernos.

Hotel Excelsior

Bilbao no tuvo un Excelsior. Sino dos. El primero en la Plaza empeñada en ser eternamente nueva. Nació en el siglo XX con el nombre de Vizcaya, pasó después a Palace y finalmente al que hoy nos ocupa. Vivió hasta 1933. Algo tenía el lugar que fue bendecido, allá por 1929, con la primera estrella Michelín otorgada a un establecimiento vasco.

Hotel Excelsior

El otro Excelsior habitó la agitada calle de Hurtado de Amézaga. Había acogido empresas de minas y buques, pero alguien le vio maneras de hotel.

Hotel Excelsior

Cuentan que era lugar de reunión de empresarios, amantes y viajeros en tiempos de espías. Sobre todo alemanes. Su proximidad a la frontera y la cercanía de los raíles infinitos, sobre todo los de Abando, ayudaba mucho a ello. También el ir y venir de la ciudadanía autóctona. No en vano fue punto social de encuentro y mentidero habitual. Y muy bilbaíno. La vida son detalles. Sus posavasos en rojo y blanco venían a ser postal sobre barra de la villa y su Athletic. Quizá por ello iba sobrado de orgullo. Sobre todo su dueña, la condesa de Rodas. Nunca quiso cambiar su aspecto en pro de la modernidad. Y por eso, según cuentan por el Botxo, acabó cerrando un frío día de noviembre.

Plaza de toros de Indautxu

Agosto en Bilbao puede ser revirado y lluvioso. Como aquél 1909. Hubo que esperar a una tarde limpia de nubes para inaugurar la Plaza de Toros de Indautxu. Fue levantada en 1909 en terrenos que hoy ubicaríamos entre Alameda de Urquijo, Gregorio de la Revilla, Licenciado Poza y Doctor Areilza. Como lo leen. Fue un empeño de José Echevarria y Bengoa. El Marqués de Villagodio que, desde niño, se sentía atraído por el olor a toro, muleta y albero.

Plaza de Toros de Indautxu

Pero la cosa fue breve. Los trajes de luces dejaron de hacer su paseíllo diez años después. Y quiso el destino, o las cosas de los hombres, que una década exacta después decidieran derribarla. Una pena.

Bilbao tuvo hasta ocho plazas de toros. Pocas tan elegantes como esa. Más allá de filias o fobias a la tauromaquia, era hermosa. Piedras de Iturrigorri, elegantes ladrillos y azulejos estilo mudéjar. Pero no le bastó. Lo que perduró fue la leyenda de las chuletas del marqués. Lo suyo en Bilbao, y si querías comer a lo grande, era pedir una buena “villagodio”. Que una cosa es que el toro tenga vida corta y otra que el paisano o el visitante no puedan disfrutar de la suya. Por eso sí que vale la pena dar la vuelta al ruedo.

Antiguo puente de San Antón

Los puentes nacen para unir orillas y acercar personas. Ese era el cometido de nuestro viejo San Antón. Pero él quiso ir más allá. O quienes vivían a su vera así lo decidieron. Lo único cierto es que acabó siendo símbolo de la villa, icono de Bilbao y escudo del Athletic. De hecho aparece en más clubes, colectivos y sociedades. Y eso que tuvo vida agitada. En realidad fueron varias. De madera y de piedra, a un lado de la iglesia y al otro. Hasta generó polémica y gran debate cuando se decidió derribar el antiguo para hacer uno nuevo, por aquello del deterioro.

Puente de San Antón

Algunos lo tacharon de excusa. A decir verdad los aguaduchus se cebaban con él. Es lo que tiene nacer en Bilbao. La ría manda. Y las guerras. En ellas tienen los días contados. San Antón lo sufrió en sus piedras. La última vez en 1937, cuando murió bajo las bombas para renacer y ser el de ahora. También conoce a otro santo. A Santiago el Apostol. Porque a su lado discurre el legendario Camino. No olvidemos que sus arcos han sido, y se empeñan en seguir siendo, testigos silenciosos. El puente sabe que las gentes, como las aguas, van y vienen con la marea. Sea de las aguas o de las cosas que tiene esta vida.

Puente del 'perrochico'

Pasadera Giratoria de Hierro. Ese era su nombre. Luego adquirió el de San Agustín, por la cercanía del convento sobre el que se levantó el Ayuntamiento. Pero ya sabemos que en Bilbao, seas plaza, parque o puente, el pueblo te llama como le da la gana. Dado que pasarlo costaba una perra chica de cinco céntimos fue cuestión de tiempo que acabara bautizado como puente del 'perrochico'.

Puente de Perro Chico

Su situación, frente al Consistorio, le otorgaba categoría de referencia. Iconos que acaban viajando como imagen de la villa en postales y cuidadas fotografías. Y habría sido longevo de no ser peatonal. Pero la capital crecía desatada y el ensanche exigía pasos para carros tirados por patas o guiados sobre ruedas. Esa fue su perdición y la razón de que naciera el de Buenos Aires, que también cambió de nombre y ahora es, simplemente, del Ayuntamiento.

Pero volvamos al 'perrochico'. Porque carga con leyenda falsa. No fue trasladado a Ondarroa ni a ningún otro lugar. Simplemente desapareció. Como tantas cosas. Quedan, eso sí, bilbainadas que hablan entre estrofas y txikitos de un tiempo donde los puentes competían por ser el más largo, moderno, caro o elegante.

Cine Banderas

Muchos tenían nombre de barrio o eran conocidos por ellos. Como el Zorroza, el Ocharcoaga o el Recalde. Con grafía de los años grises y películas que peleaban por esquivar censuras sin perder su ser. Así nació, en 1955, el cine de San Ignacio. Y de Ibarrekolanda, por ser también pantalla de referencia para sus gentes. Aunque este tenía nombre: Banderas.

cine banderas

Por fuera parecía garaje o enorme taller industrial. Pero bastaba con asomarse a su entrada para descubrir los carteles que avanzaban lo que dentro encontraríamos.

Trueba era la empresa madre. Quien elegía lo que allí se veía. Para decidirlo jugaban con la distancia. Unos títulos en Deusto, otros en Erandio. Las ganas de caminar del espectador hacía el resto. Ayudaban a la elección su amplitud, aforo y el Cinemascope, amén de otras modernidades. Características que le otorgaban opción de teatro. Solían ser compañías o grupos musicales que lo incluían en su gira por cines y escenarios de Bizkaia. Pero quien mandaba era el proyector. De su boca salieron grandes clásicos de cuando las películas eran para ser vistas en pantalla grande y entre tinieblas. Las mismas entre las que desapareció el famoso cine Banderas.

Colegio de sordomudos

Preguntaron cuánto costaría y rápidamente se pusieron manos a la obra. A finales del XIX ya estaba presente sobre los terrenos del Conde de Zubiría, en el creciente y agitado Deusto. Para ser exactos en Ibarrekolanda. Hablamos del Colegio de sordomudos y ciegos de Bilbao.

Colegio Sordomudos

Se apostó por un edificio grande y espectacular y eso tenía un precio. Fueron muchos los parones y varios los arquitectos. Luis y José María Basterra asumieron uno después del otro, su construcción. Y ya, tras un tercer parón y bajo la escuadra y el cartabón de Ricardo Bastida, terminaron por fin la obra. Tenía de todo y de tal nivel que era envidiado por las familias de otras tierras. Un edificio y tres pabellones. Ahí es nada. Niños y niñas sordomudos, sobre todo eran sordos, se educaban en el arte de la talla, la zapatería o la carpintería. Y los ciegos para la música, con sus variantes de solfeo y diversos instrumentos.

Llegada la década de los 80 del pasado siglo el centro se trasladó a Loiu. Las muchas ampliaciones del canal de Deusto aceleraron su adiós. Todavía lo lloran, con razón, los tomateros. Porque era imponente. Y todavía luce hoy así en algunas viejas y guardadas fotografías.

Iglesia del Carmen

Tuvo verja y hasta árboles. Como si de un pequeño mundo privado se tratara. Pero era abierto al barrio y al cielo. Al fin y al cabo hablamos de una iglesia. La del Carmen de Indautxu. Nació fruto de una donación y una promesa. Que aquellos terrenos siempre acogerían templo. Así empezó en 1911. Y era preciosa.

El arquitecto Rucabado diseñó una elegante y blanca iglesia de lo que dicen es estilo historicista. También llamado romanticista. Para que se hagan una idea el londinense Palacio de Westminster lleva esa línea arquitectónica. Pues eso, pero en pequeña y cercana. Combinaba a la perfección con los palacios y casonas de su entorno. Recordemos que Indautxu contaba con mansiones dignas de París. Por lo que la parroquia debía estar a la altura.

Iglesia del Carmen

Y lo estuvo. Hasta que, otra vez con la excusa de que se quedaba pequeño, el edificio fue derribado. Era 1967. Todavía resuena el llanto de quienes la conocieron. Ahora hay otra en su lugar. Recuerden la promesa. Pero es de aquellas que nacieron a caballo entre los 60 y los 70. Lo dejaremos ahí. De la otra tenemos la memoria sentimental. La que merece la pena guardar en el pequeño zurrón de las cosas buenas.

Calle del 'cuchillo'

Lo llamaban el barrio del 'cuchillo'. Que dicho así parece que hablemos del sórdido territorio de Jack el Destripador. Nada que ver. Era elegante, tranquilo y muy sano. Porque el nombre popular le viene por la cantidad de clínicas que se instalaron en la zona. Hablamos de la calle Manuel Allende y de su entorno.

Calle del cuchillo

Desde Valbuena hasta Guimón, pasando por Usparicha o la Cruz Roja, pero no la de ahora sino cuando estaba al final de dicha vía. Chalet o mansión con espíritu sanitario. Como la clínica Arróspide, inicialmente propiedad de los Allende, que se avista desde la puerta del Cotton. Y no muy lejos podemos otear el chalet que acabaría siendo la Gota de Leche y hoy es hotel.

Y hay quien asegura que la estatua del chalet de los Guimón se encuentra en algún rincón de la actual clínica. Es lo que desvelan quienes vivieron aquel Bilbao. El que, por poner otro curioso dato, contaba con un chalet que acogía la comisaría de Policía, situado donde ahora se asienta una de las torres de esa plaza que antaño era muy diferente. Elevada, con escaleras de acceso y cortada en dos partes. Allí jugaban las criaturas bajo las altas palmeras. Ya ven lo que da de sí una calle si la cortas a cuchillo.

Colegio del Sagrado Corazón

Imaginen en la planta joven un aula con pupitres. Y lo mismo en la de menaje del hogar. O mejor en la de moda de mujer. Al fin y al cabo era edificio femenino. Porque donde ahora está El Corte Inglés hubo un centro escolar: el colegio del Sagrado Corazón.

Colegio del Sagrado Corazón

Si el gran almacén se inspiró en la sastrería británica, el educativo en el sistema francés. Al menos de allí llegó la Madre Camila con la idea bajo el brazo. Y convenció. Contaba con tres plantas de amplios ventanales y un jardín que hoy sería la envidia de cualquier ciudad. Pero su ubicación fue un arma de doble filo. Nuestra Gran Vía es larga. Más por ejemplo que la de Madrid. Y aún así se quedó pronto corta para tanto comercio, negocio y empresa de postín. Y empezaron a mirar con ojos interesados al edificio y su terreno.

En 1969, poco antes del cambio de década, pasó a ser capítulo cerrado y lugar abatido. Solo quien estudió, trabajó en él o tuvo su buzón cerca, recuerda el griterío del alumnado al salir de clase. Por cierto, hubo otro colegio del Sagrado Corazón. El de Las Esclavas de Tívoli que luego se mudaron a Enekuri. Otra muestra de que las pizarras y los borradores tienen alma emigrante. Pero ese es otro corazón y otra historia.

Asilo de huérfanos de La Casilla

La Casilla está llena de espíritus. Raro es el rincón que no ha cambiado. A veces para no volver. Como el Asilo de Huérfanos de San Vicente de Paúl. Curiosa metáfora urbanística que el centro viajara como un niño sin padres en busca de hogar. Empezó en Ibáñez de Bilbao para acoger a los más pequeños y pronto, por aquello de las apreturas, se mudó a la Plaza de La Casilla. Allá donde había regido el Consistorio de la República de Abando.

Asilo de Huérfanos de la Casilla

Ahora que se habla de criaturas sin madre ni padre, deberíamos recordar que los pueblos solo han puesto parches en esa herida. Al menos tenían cama, plato y principios educativos. Lo justo para salir a la vida. Esa a la que se asomaban cuando se acercaban a la gran puerta. Pocos entretenimientos tenían. Pero la mente infantil construye mil civilizaciones por minuto. Aunque hay un momento que jamás olvidaron. La salida de la primera Vuelta Ciclista al País Vasco. Jueves 7 de agosto de 1924.

Pero si hablamos de fechas debemos marcar la del 69. Cuando el contenido pasó a Unbe y el continente fue derribado para levantar los famosos rascacielos de La Casilla. Las torres que miran curiosas hacia el resto de Bilbao.

Escuela para tullidos de Basurto

Le costó venir a este mundo casi más que abandonarlo. Y no fue un ginecólogo sino un traumatólogo quien más empeño puso, no fue el único pero sí el más insistente, para que la idea se convirtiera en edificio. Quería el doctor, que hoy da nombre a una ilustre alameda, crear un lugar para recuperar a los accidentados. Si siempre son demasiados, sobre todo para la parte sufridora, antaño eran más.

Su aprobación llegó en 1926. Y así nació la Escuela y Talleres para Lisiados y Tullidos. No eran tiempos de eufemismos. Pero aliviaba que alguien pensara en quienes tienen mermadas sus facultades. La demanda era evidente. No solo para su uso primigenio. Fue albergue de obreros y, con los años, acogió a las mentes que llevaban arte en las venas y querían convertirlo en oficio.

Escuela para tullidos de Basurto

Se preguntarán por la ubicación. Pues tomen nota. Lo que ahora ocupan los números 7 y 9 de Novia Salcedo. Cerquita de la actual Sabino Arana y no muy lejos de, ya que hablamos del ayer, la antigua perrera de Bilbao. Como ven, muchas cosas han cambiado. El edificio del que hablamos no está. Pero deberíamos recordar con orgullo que fue pionero, y a mucha honra, en lo suyo.

Feria de Muestras

Fue inaugurada un domingo. Quizá por ello tenía alma festiva, pero con carita de lunes. Porque era tanto lugar de ocio como de trabajo. Y grande. Ahora con el inmenso BEC no lo parece. Pero en ella el Gargantúa parecía Garbancito. Con él aprendimos a llamar 'stand' a un puesto con herramientas o folletos vacacionales. Y a jugar entre guirnaldas y luces de colores. El PIN era a nuestra Navidad lo que el balón al fútbol. O al baloncesto.

Feria de muestras

El Águilas sobrevoló canastas en ella, aunque haya quien no lo recuerda. Porque la Feria de Muestras era la gran ventana de Bilbao al mundo. Daban fe de ello los hoteles y restaurantes que acogían al visitante. Gentes que se comían, literalmente, nuestro viejo Botxo. Que sería gris pero palpitaba vida a colores. Más incluso que ahora. Por eso presumía la Feria de capital del mapamundi. Por no hablar de los amores. Que el dinero está bien, pero con salud y amor tienes, como cantaban los Panchos, el paquete completo.

Ahora lo podemos confesar, allí se ligaba. Como un Las Vegas donde el único juego era el del "luego quedamos". Por eso su adiós fue punzada en el sentimiento. La de ahora es una feria mejor. Pero aquella tenía su duende.

Estación de San Agustín

Abando, San Agustín, La Naja, Calzadas, La Concordia, Aduana y Atxuri. Siete estaciones tuvo Bilbao. Unas siguen. Otras no. Ojo no hablamos de andenes, sino de las que acreditan tal denominación. Y por eso merecen respeto y reseña.

Estación de San Agustín

Empezando por la de San Agustín. Nombre que debe al convento ubicado allí, que quedó en ruinas. Las Arenas y Plentzia eran sus destinos. Tras acoger trenes pasó a ser vivienda. Finalmente el edificio fue derruido en los 90.

Pasemos a la de las Calzadas. Llevaba leyenda. De las turbias. Era el tren del Txorierri, pero su fama le precedía. Fue punto de partida de finados. Por eso la llamaban "La de los muertos".

Estación de las calzadas

Un convoy viajaba a diario desde allí hasta Derio, con el difunto y su comitiva. Llegó por ello a contar con capilla y mesas de mármol para colocar los ataúdes hasta su viaje eterno. Algo único en Europa. Y sepan que los muertos pudientes iban en primera. Hasta en eso había clases.

Terminamos en San Nicolás. Alias "La Aduana", por estar en el edificio que albergó una.

Estación de San Nicolás

Aunque olía a playa de la margen derecha. Otras ya no ven llegar y partir a los trenes. Pero al menos les queda el consuelo de seguir en pie a la espera del último viajero.

Frontón Euskalduna

Llevaba el nombre que hacía honor a la calle en la que se levantó y al pueblo donde nació. Por eso y mucho más, Euskalduna era frontón legendario. Para empezar estaban su novedosa elegancia y una cubierta que evitaba aplazar partidos cuando asomaba la lluvia. No nos olvidemos de la luz eléctrica. En el XIX era todo un lujo. 450.000 pesetas de la época. Eso costó. Pero sobre todo se convirtió en mito gracias a ser el templo oficial de la pala. Disciplina que en Bilbao fue reina. Así lo dejó escrito el palista Azurmendi III en su libro "Historia y técnica del juego de la Pala".

Frontón Euskalduna

Pero si difícil es darle a la pelota con esa hermosa madera, lo es más sobrevivir al infortunio. Y lo tuvo. Tanto en forma de escasez de palistas como exceso de bombas. Las primeras cuando los campeones partieron hacia frontones de Barcelona y Madrid. Las segundas durante la Guerra Civil. Terminada la contienda lo volvieron a levantar. Aguantó hasta agosto del 57. Para entonces combinaba la pelota con espectáculos circenses. Y antes acogió mítines de todas las ideologías. Al fin y al cabo, nadie mejor que un frontón sabe que lo difícil es adivinar hacia dónde va a rebotar la caprichosa pelota.

Restaurante El Amparo

Era la comidilla de todo Bilbao. Saber cuándo, dónde y cómo sería la reunión entre Resurrección María de Azkue y Sabino Arana. Todo empezó tras el enfado del segundo ante cierto sermón del primero desde el púlpito de la Basílica de Santiago. Así que había morbo. Y llegó el momento. 3 de febrero de 1895. Excusa, una comida. Lugar: El Amparo. Habitaba a medio camino entre San Francisco y Zabala. Nada era casual. Dos décadas después de aquella sobremesa aquél templo gastronómico cerró. Pero durante largo tiempo fue lugar obligado para los amantes de la buena mesa.

El amparo

Curiosamente ninguna de las mujeres del lugar llevaba dicho nombre. Las hermanas Azcaray Eguileor se llamaban Vicenta, Úrsula y Sira. Lo de Amparo tenía que ver con el hospital Nuestra Señora del Amparo situado junto al caserío que albergaba la casa de comidas. De sus admirados menús hay referencias gracias a las recetas editadas en 1930. Del edificio ya nada queda. Las tres hermanas fueron muriendo. Y, no teniendo descendencia, pasó a ser troceado en viviendas. Una pena. Qué bien vendría una mesa como aquellas para que las gentes coman y hagan las paces.

Fábrica dejabón

Ya hemos hablado muchas veces de los olores de Bilbao. Y no podemos olvidar al Jabón más txirene. Chimbo. Nombre tan botxero que no hace falta explicar. Sobre todo en Zorroza donde eran elaborados de una manera pionera por entonces. Porciones troqueladas. En los tiempos en que no se diferenciaba entre gel y champú, hacía ambas labores.

Jabones Chimbo

No paraban de limpiar. Fuera la mugre en las rodillas, en la ropa o en cualquiera de los rincones de pieles, tanto veteranas como noveles. De hecho servía para todo. Cuando el acné asomaba, la madre al adolescente lo frotaba. Y funcionaba. Lo que era de agradecer, porque de lo contrario tocaba doble sesión. Hasta el jabón más agradable se puede tornar tortura. Y todo sin apenas desgastarse. Cuenta la leyenda que todavía hay pastillas dejadas como herencia de abuelas a nietos. No nos extrañaría. Aunque tampoco hace falta. Haciendo honor a su naturaleza, aguantó como empresa. Y con la máxima de Tapia y Sobrino, origen de todo. Imposible no recordar sus nombres, junto al del jabón del pájaro, en marquesina, autobús y tranvía. O su popular anuncio. Jabón Chimbo, lava bien y dura mucho.

Cerveza La Salve

Milenios previos a la construcción del puente estaba el recodo. Y un siglo largo antes la empresa cervecera. Como las mejores ideas nació en lugar y forma humildes. Dos casetas bastaron para arrancar la leyenda. Una para la elaboración, otra para la bodega. La cosa iba tan bien que lo mismo vendían al comercio que servían al paseante. La sociedad de la empresa se dividió, pero la fábrica creció.

cerveza La Salve

A tanto llegó su fama que abrieron una cervecera. Término muy botxero. Por estos lares era frecuente ese tipo de local y, aunque no lo crean, no lo es tanto en otras. Me refiero a como las entendemos aquí. Puede que se debiera a que, siendo el txakoli el autóctono y el vino de Rioja el adoptado, la cerveza siempre tuvo fieles. Por eso se entiende el éxito de La Salve hasta los años 60. Su cierre tuvo que ver más con la construcción del mencionado puente que con la falta de bocas por saciar. A mediados de los 70 los veladores de la Campa pasaron a ser historia. Por suerte regresó la marca. Porque hay cosas que no solo saben a lo que se supone. También a lo que fuimos. A familia. Eso también elaboraban, sin saberlo, en la fábrica con nombre de saludo a la amatxu de Begoña.

Hay otros edificios, lugares y rincones. Tantos como vacíos quedan en la memoria compartida. Cada uno de los que hemos resucitado nos recuerdan a otros que aún están por desenterrar. Como si la apertura de una tumba invitara a hacerlo con otra. Al fin y al cabo las cenizas siguen flotando en el purgatorio de la villa. Ese en el que aguardan, a falta de cielo o infierno, quienes decidieron su justo o injusto derribo. Casi siempre llevan pecado. Porque ningún edificio de los mencionados merecía ser abatido. O sí. Es otro debate. Pero recordarlos siempre merece la pena. Aunque haya sido un fugaz retorno.

Este viaje es solo una vuelta a la manzana. Habrá más, si ustedes quieren. Estoy seguro de que desean compartir su Bilbao perdido. Ese que vivieron o les contaron sus mayores. A veces no hace falta pisar un lugar para sentirlo bajo los pies. Por eso queremos invitarles a reconstruir la capital del Mapamundi que usted recuerda. Y así, juntos, lograr que lo que somos no tape lo que fuimos. Sería injusto borrar el pasado. Sobre todo cuando fue tan hermoso, singular y curioso. Recuerden lo que decíamos al principio. Los edificios son como nosotros. Nacen, viven y mueren. Y, a veces, dejan larga huella. Sigámosla. Puede llevarnos a descubrir la razón de lo que somos.

¿Recuerdas algún otro lugar perdido de Bilbao?

Si tienes vivencias que recuerdas con cariño en algún otro rincón bilbaino que para tí era muy especial y ya no está... háznoslo saber a través del siguiente formulario. Nos encantaría tenerlo en cuenta.

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elcorreo De la casa de goma a la casa fantasma. El Bilbao perdido de Jon Uriarte