Aneguria: «Él no sabe que es tan grande ni que tiene esos dientes»

Ane y Kruger, liberado por un momento del bozal, posan en la Plaza de Unamuno, en Bilbao/LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Ane y Kruger, liberado por un momento del bozal, posan en la Plaza de Unamuno, en Bilbao / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Ane San Miguel, más conocida como Aneguria, puede presumir de currículum 'mascotero' de alcance internacional. Cuando vivía en Canadá, se echó un novio que tenía un caimán. Era, eso sí, un caimán «chiquitín» que, la verdad, no aportaba mucha emoción a la vida doméstica. Y, cuando se fue a estudiar inglés a Malta, le tocó una anfitriona que se dedicaba a alimentar a todos los gatos del barrio. «Estaba la casa llena de pelos, las mesas, todo, y eso me ha dejado una relación extraña con los gatos», admite. Actualmente vive con una compañera de piso que tiene una gata, Lana, bautizada así por la cantante Lana del Rey, pero el roce cotidiano no ha logrado mejorar su opinión poco entusiasta acerca de la especie.

Los perros, en cambio, siempre le han encantado. Podríamos decir que le toca medio Kruger, porque lo comparte con su novio y, de hecho, el animalote no se habría llamado así si fuese exclusivamente suyo: «Yo le quería llamar Kroketa. Cuando los ves recién nacidos, todo tripita, panza arriba, parecen croquetillas. Era un nombre amable, de bola rellenita, pero a mi pareja le pareció poco serio, poco digno para un perro. Así que, dejando la ka y la erre, terminó llamándose Kruger», relata la rapera bilbaína. ¿Y por qué les dio por echarse perro? «¡La familia feliz! Tienes pareja, estás muy bien y, si no tienes hijos, acabas con perro. A lo mejor es un estereotipo, pero pasa».

Kruger

Raza:
Mezcla de pitbull y villano de las Encartaciones.
Edad:
año y medio.
Peso:
unos 35 kilos.
Carácter:
es muy inquieto y cariñoso. Le encanta el trato con los seres humanos.

Aneguria

Cantante. Cuando era pequeña, en Durango, su familia tuvo una hembra de boxer que se llamaba Boxi. «Vivíamos en una especie de baserri y había sagutxus y gatos salvajes y ratas gigantes. Yo soy muy de bichos y me pasaba el día cogiendo zapaburus», evoca.

Kruger es una mezcla de pitbull y villano, pero, en ese componente de lotería que tiene la genética, la primera raza se impuso a la hora de definir sus facciones. La consecuencia es que está catalogado como perro potencialmente peligroso, una etiqueta que entristece a Aneguria: «Es una pena que no pueda andar con libertad, porque no tiene mal temperamento». ¿Cómo es Kruger? «Como yo. Le resulta imposible estar quieto y es muy cariñoso. Él no sabe que es tan grande ni que tiene esos dientes. Le gustan mucho las personas, va saludando a unos y a otros y se fuga con cualquiera», repasa. Entre sus aficiones destacan las pelotas con cuerda («sobre todo, agarrar la cuerda y que la pelota le dé en la cara») y morder pañuelos de papel y botellas de plástico, aunque tampoco le hace ascos a dar un buen lamentón a un cuaderno de periodista. Por las mañanas se obstina en meterse en la cama con Ane: «Me despierto y me lo encuentro ahí, con la cabeza dentro y el culo fuera». El mar, en cambio, no le convence mucho: «Le da miedo el agua porque una vez iba saltando, en plan perro feliz, y se cayó en un socavón donde cubría demasiado. Prefiere la bici: los primeros quinientos metros, él tira y yo tengo que ir frenando».

Cora y Zon

La custodia compartida implica que, a veces, a Kruger le toca convivir con Lana. En esas ocasiones, cumplen a rajatabla el tópico del perrazo inocentón y la gata altiva y desdeñosa: «Ella lo tiene acojonado. Yo creo que el perro nunca se había visto con una gata, así que va a saludarla tan contento y la otra, que está en su casa, le bufa».

La cantante tiene otras mascotas que causan menos padecimientos a Kruger: un par de peces telescopio que animan su local. «Tienen unos ojos enormes y se llaman Cora y Zon, es un poco ridículo. ¡Deberia haberles puesto Pe y Zon! Habíamos discutido mi pareja y yo, se me partió el corazón y de ahí viene el nombre. Una vez también estuvieron a punto de regalarme dos loros, pero eso ya era otra cosa: me los imaginaba repitiendo lo que canto y no me hacía mucha gracia».