El futuro al otro lado

El puente del Arenal simboliza el empeño de Bilbao por saltar el Nervión y expandirse hacia Abando

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La teoría general de las cosas indica que los puentes son construcciones que salvan accidentes geográficos y comunican dos lugares. Los puentes son por su parte como son y tienden a superar las definiciones establecidas. En Bilbao sin ir más lejos, el del Arenal ostenta una peculiar condición de flecha: señala en una dirección. Y se lanza hacia ella sin titubeos.

Construido en 1847 con el nombre de Puente de Isabel II, el puente del Arenal no nació solo para unir, sino para ofrecerle una salida a una ciudad que comenzaba a saberse atrapada entre sus límites naturales. El futuro de Bilbao pasaba por saltar el Nervión y extenderse por Abando. Aquella era una capital de 15.000 habitantes que acababa de descubrir que los dados de la historia la privilegiaban con una tirada favorable. Las nuevas técnicas de obtención del acero requerían precisamente la calidad de mineral que abundaba en la cuenca minera de Bizkaia: hierro fácilmente extraíble, abundante en manganeso y escaso de azufre, sencillo además de transportar por la ría y por el mar.

Un lugar de encuentro. Desde el muelle de Ripa el puente del Arenal ofrece una de sus visiones más rotundas y características.
Un lugar de encuentro. Desde el muelle de Ripa el puente del Arenal ofrece una de sus visiones más rotundas y características.

Un dato que explica que aquello salió bien: en 1890 la población de Bilbao ya superaba las 50.000 personas. La ciudad anexionaba anteiglesias y se lanzaba a crecer por Abando. Lo hacía a través del puente del Arenal, que funcionó como una pista de despegue. Previo pago, eso sí. El puente fue inicialmente de peaje, confirmando que en esta ciudad a la ría se le ha detectado siempre el negocio con mucha facilidad, incluso en altura.

Cuando dos inclemencias típicamente bilbaínas, las inundaciones y las carlistadas, deterioraron el primer puente de acero, se levantó de inmediato otro en piedra. En 1940, después de que la Guerra Civil pudiese aun con la piedra, se construyó en hormigón el puente que hoy atravesamos. El puente del Arenal es una decisión, un empeño, casi una terquedad. Cuando algo ha logrado echarlo abajo, ha renacido más resistente. La mirada del artista consigue que, por un segundo, veamos sobre el Nervión todos aquellos puentes fundiéndose en uno solo. Y la intuición de algunas presencias reconocibles, como el Arriaga o la catedral, nos hace pensar que la historia se nos muestra a veces como un devenir estático. Transformarlo en un espacio común, en un lugar de encuentro, es el secreto de las ciudades. Hoy los bilbaínos viajan del Casco Viejo a Abando, y mucho más allá, en un tren fulgurante y subterráneo. No tiene nada que ver. Y al mismo tiempo es exactamente igual.

Richard Pérez

Asociación de acuarelistas vascos.
Nació en Sahagún de Campos (León) en 1950 y vive en Bizkaia desde los 7 años. Profesor de artes plásticas, ha ganado tres premios nacionales de acuarela y más de cuatrocientos certámenes de pintura al aire libre. Su obra se ha expuesto en diversas galerías, también en museos como el Marítimo o el de Bellas Artes, y forma parte de colecciones privadas en países como Holanda, Inglaterra y Francia.