57.171 mayores viven solos en Bizkaia

La vida de Iñaki Casado tuvo un antes y un después con un ictus./Fotos: Sergio García
La vida de Iñaki Casado tuvo un antes y un después con un ictus. / Fotos: Sergio García

La soledad crece a un ritmo galopante en una sociedad cada vez más envejecida que descuida las relaciones sociales. La pérdida del cónyuge, los amigos o de intereses comunes abre a menudo una grieta que cientos de voluntarios tratan de reparar

SERGIO GARCÍA

La soledad es algo más que vivir sin compañía, una situación que se agrava con los años cuando la marcha de los hijos, la muerte del cónyuge, las enfermedades, la pérdida de amistades o las barreras arquitectónicas convierten el día a día en una agenda llena de páginas en blanco ante la que se corre el riesgo de pensar «qué pinto yo aquí». Según datos del Eustat, 57.171 vizcaínos mayores de 65 años viven solos, y aunque en algunos casos eso sea fruto de una elección personal, otros -la mayoría- lo hacen porque no les queda más remedio, enfrentados a las cuatro paredes de su casa o la residencia mientras el desánimo hinca sus dientes por falta de motivación, de ilusiones.

El problema es grave y afecta a todos los países. En Reino Unido, la primera ministra, Theresa May, ha anunciado la creación de un departamento dentro del Ministerio de Sociedad Civil que combata el aislamiento de las personas mayores, una situación que sufren 9 millones de sus conciudadanos y que algunos consideran ya «la epidemia del siglo XXI». Iñaki Artaza es presidente de la Fundación Envejecimiento y Salud de la Sociedad Española de Geriatría y llama en este sentido la atención sobre el modelo de relaciones que existe en la actualidad, «que favorece la independencia en edades tempranas, pero acaba volviéndose en nuestra contra y crea personas infelices».

Antes la gente cuidaba de sus mayores, pero ahora la movilidad en el trabajo -y el desapego- han cambiado las reglas del juego. «Conozco a jueces que están asustados de la cantidad de veces que les llaman ahora para levantamientos de cadáver de gente que vive sola», un desenlace no carente de lógica si consideramos que la soledad alimenta la depresión. «Hay una correlación entre el aislamiento y el aumento de la mortalidad -precisa Artaza-. Si no tienes un ritmo de vida estable, no duermes cuando debes hacerlo, no rindes como es debido y descuidas la alimentación y el ejercicio, no tarda en repercutir en la tensión arterial»

La fórmula británica no ha llegado aquí ni se la espera, aunque eso no significa que las instituciones estén cruzadas de brazos. Teleasistencia, ayuda a domicilio, planes de voluntariado... son fórmulas encaminadas a paliar un sentimiento que, si no se ataja, puede conducir a estados de abandono, de pérdida de autoestima, y que son, en algunos casos, la antesala de la dependencia.

La psicóloga María Pilar Castro, de Cáritas, distingue entre el aislamiento y el sentimiento de soledad. «Gente que puede tener hijos y estar atendido, pero que ha dejado de sentirse especial para alguien, no tiene a quien recurrir o ha perdido sintonía con el entorno porque no hay intereses comunes». Todo ello en un momento en que el envejecimiento de la población, sumado al cambio de hábitos, alumbra un escenario de pesadilla. «Quedarte viudo con 40 años es un palo, pero la persona tiene todavía oportunidad de reinventarse. A los 85 no, ya sea porque no te vales por ti mismo o porque no dispones de las herramientas para hacer algo al respecto», abunda la experta.

Culpa y vergüenza

Un anciano que no sale -ya sea por pereza o porque carece de ascensor-, no se relaciona, queda aislado. Quizá no sabe cocinar y acaba comiendo de lata, aumenta el consumo de tabaco y alcohol, no hace ejercicio y la falta de estímulos mina su organismo. «No trabajar las relaciones, empobrece», apostilla Castro, para quien la clave está en satisfacer unas necesidades que trascienden el ámbito familiar. «Algunos dicen: 'Pero si ya la visito, ¿de qué se queja? No se dan cuenta de que yo, para mi madre, soy su hija, la puedo acompañar al médico o ayudar con los papeles del banco, pero no soy su amiga. Esa complicidad es algo que ella extraña». Existe, además, otro factor: «La soledad se vive a menudo con culpa. A las personas les cuesta reconocer que se sienten solas y lo atribuyen a que son raras, a un fallo del carácter... sienten vergüenza de un sentimiento normal y que no es un patrimonio exclusivo de las personas mayores».

Su diagnóstico coincide con el de Sergio Murillo, director foral de Promoción de la Autonomía Personal, quien subraya que «la vejez es un tiempo de pérdidas, empezando por el trabajo, que en una sociedad como la nuestra ocupa el centro de todo y otorga derechos». La clave es, asegura Murillo, tener «un propósito en la vida, algo a lo que agarrarse cuando todo lo demás empieza a fallar». Es aquí donde entra en juego el tejido asociativo, que en Bizkaia goza de buena salud «porque da a la gente motivos para sentirse útiles; una razón para levantarse cada mañana, para asearse, para salir a la calle».

En su contexto

465.000
familias viven en Bizkaia, de las que un tercio están formadas por miembros de más de 65 años. De ellas, 57.171 tienen un solo integrante. 178 asociaciones lideran 800 programas -formativos, de acompañamiento, culturales- de los que la Diputación calcula que se benefician 15.000 personas en los 112 municipios del territorio. La institución foral dispone asimismo de una amplia red de centros de día para evitar el aislamiento; y del centro de autonomía personal de Etxebarri para gente no dependiente, aunque frágil.
Cáritas
cuenta con un proyecto de acompañamiento a mayores que se desarrolla en 22 localidades y donde colaboran más de 300 voluntarios. No es el único. 'Bizi-Bete' ofrece apoyo a ancianos fuera de sus domicilios, previniendo así su aislamiento; 'Esku Onetan', respiro a las familias que cuidan de sus dependientes; 'Barriztu', para la realización de pequeñas obras para acabar con barreras arquitectónicas (la inmensa mayoría de la gente quiere vivir y morir en su casa); y 'Egunon Etxea', dirigido a personas solas con adicciones y otros trastornos. Completan la oferta Cruz Roja y Nagusilan.
66
personas en situación de abandono detectadas en 2017 en el marco del plan 'Mirada Activa' del Ayuntamiento de Bilbao. Un centenar de 'antenas' alertan a los servicios sociales de situaciones anómalas.

Hay 178 asociaciones en Bizkaia que responden a este perfil «y llegan hasta el últimos de los 112 municipios del territorio», grupos de mayores que desarrollan más de 800 programas -formativos, de acompañamiento, culturales- de los que se benefician, calcula la Diputación, más de 15.000 personas. El desafío al que se enfrenta la sociedad, subraya Murillo, es gigantesco. «El tamaño de las familias se está reduciendo y la tendencia al aislamiento es evidente desde edades tempranas, de forma que nos estamos quedando sin mecanismos para reconstruir relaciones. Asistimos a una hiperconexión virtual, pero estar más conectado no es igual a estar más acompañado».

Los ayuntamientos constituyen, junto a Cáritas, Cruz Roja o Nagusilan, la primera línea de fuego en esta batalla. Bilbao es un buen ejemplo. Los servicios sociales de base trabajan desde 2013 en un programa, 'Mirada Activa', que identifica situaciones de soledad -las mujeres suelen ser mayoría, aproximadamente el 75% de los destinatarios-, cuya existencia pasa desapercibida. El año pasado se detectaron 66 casos de mayores de 85 años abandonados, gente que un día dejó de pasar por la tienda y sobre la que alguien, otro día, se preguntó, salvando así su vida.

Farmacias amigables, comercios amigables, entornos amigables como los del plan 'Euskadi lagunkoia' del Gobierno vasco, que promueve el envejecimiento activo y lidera la implantación del medallón betiON para identificar situaciones de soledad no deseada, «muy importante -dice la consejera Beatriz Artolazabal- al permitir realizar intervenciones preventivas cuando aflora una reducción de relaciones familiares y sociales».

No son los únicos. La Universidad de Deusto lideró un programa de convivencia compartida, donde un jubilado abría las puertas de su casa a un estudiante que le hacía compañía, la compra y salía de paseo con él a cambio de un alquiler asequible. La iniciativa, ahora en manos de la 'startup' 20-75, se traduce en arrendamientos de «150 euros al mes», explica Haize Trueba, una de sus responsables. Un modelo que también funciona en el campus alavés de la UPV y que el vicerrectorado de Bizkaia estudia implantar el curso próximo. A fin de cuentas, es el contacto, la proximidad, lo que nos hace humanos.

Iñaki Casado, 69 años (Gatika)

«Nada me causa más satisfacción que lo que hago por mí mismo»

Iñaki, con la foto de su hijo en una balda.
Iñaki, con la foto de su hijo en una balda.

En su vida hay un antes y un después del ictus, que primero hizo añicos su salud y después, su matrimonio. «Mi mujer me abandonó, menos mal que tengo un hijo que me llama a menudo» y que es la razón de que, cuando se hundió, no se precipitara al abismo. Echa de menos viajar -trabajaba con mercantes y como agente de carga aérea- y nada la causa más satisfacción que lo que hace por sí mismo. El Ayuntamiento le ha enviado a Alaitz, «que me ayuda con la comida, la limpieza, la plancha... a la compra vamos juntos», y con la que sale a pasear. «Lo bueno de los pueblos es que siempre hay alguien pendiente de ti».

Felisa García, 81 años (Bilbao)

«Cuando los hijos se van, sientes que ya no eres necesaria. Y eso frustra»

Felisa y Carmen, su acompañante, charlan durante una partida.
Felisa y Carmen, su acompañante, charlan durante una partida.

Felisa enviudó hace 9 años y su vida, dice, dejó de tener sentido. «¿Qué pinto yo aquí?, pensaba, si mis cuatro hijos han echado a volar. Piensas que ya no eres necesaria y eso es frustrante, después de tanto esfuerzo y sacrificio». Su familia la llevó «engañada» a una charla en los Franciscanos de Irala. Allí conoció a Carmen Badiola, voluntaria de Cáritas y dueña de un carácter generoso y un coraje a prueba de bomba, que no se cansa de repetir que «recibo mucho más de lo que doy». Felisa no necesitaba el amor de una familia, «eso ya lo tengo», pero aquí conoce a gente con la que habla del insomnio o las caídas en casa, juega a las cartas y ejercita la memoria. «¿Te quieres creer? Ahora no concibo faltar un día, y si lo hago, ¡me echan de menos!».

Benito Gómez Millán, 70 años (Bilbao)

«Tengo dos ángeles, me sacaron del pozo en el que me hundí»

Benito, muy religioso, se apoya en Juanjo en el hall de su casa, repleto de estampas de santos.
Benito, muy religioso, se apoya en Juanjo en el hall de su casa, repleto de estampas de santos.

Vive solo por circunstancias familiares y no tiene hijos. Su caso ilustra el triunfo de la amistad incondicional. Sufrió una brutal depresión de la que le sacaron Juanjo Navarro y Richar Saavedra, ambos de Cáritas, «mis dos ángeles de la guarda», que evitaron también que una neumonía con pleura se lo llevara al otro barrio. Ocurrió hace cuatro años. «Perdí el conocimiento y me tiré todo el fin de semana en el suelo, inconsciente. Como no daba señales de vida, se preocuparon. Y eso me salvó». Quedan los jueves, el tiempo que haga falta. «Son mi tabla de salvación, si no llega a ser por ellos hace tiempo que habría ingresado en un psiquiátrico», dice este forofo del Athletic y la pelota vasca que no quiere morirse sin conocer a Titín III. «¿Pero cómo voy yo a Logroño, si no me valgo?».

Margari Huertas, 87 años (Sestao)

«Lo primero llamo a mi sobrina, dejo que suene dos veces y cuelgo»

Margari enviudó hace 50 años «y no me hago a vivir acompañada».
Margari enviudó hace 50 años «y no me hago a vivir acompañada».

Nada más levantarse, llama por teléfono a su sobrina, «dejo que suene dos veces y cuelgo. Así sabe que estoy bien». Margari, viuda desde hace 50 años y sin hijos, está «muy a gusto sola. Me pongo los cascos para ver la tele y no necesito a nadie». Se obliga a salir todas la tardes, «me importan un bledo los tres pisos sin ascensor» y, una vez en la calle, «hablo hasta con las farolas». Dice estar bien de salud -«sólo un poco de colesterol y la tensión alta»- y no renuncia a subir a la escalera para limpiar los cristales. «Me encantan las alturas».

Programa 'Mirada Activa' «Hay gente con demencias que come de lata y está sin medicación

Ana Atxutegi es una de esas personas que llevan el compromiso hasta las últimas consecuencias y siempre desde el peldaño más alejado de la notoriedad. Su cometido pasa desapercibido, pero es de vital importancia para los servicios del base del Ayuntamiento de Bilbao, a los que alerta de situaciones de emergencia entre personas abandonadas que han perdido todo vínculo con su entorno. Es lo que el programa 'Mirada Activa' llama 'antena', una denominación a la que responde un centenar de personas de 50 asociaciones distintas con una misión: levantar la liebre cuando alguien no da señales de vida. Desde gente que lleva semanas sin recoger el correo hasta los que han dejado de bajar a por el pan.

Ana Atxutegi, a la derecha, conversa con un grupo de mayores en los bancos de Begoña. Algunas charlas ayudan a destapar situaciones de emergencia.
Ana Atxutegi, a la derecha, conversa con un grupo de mayores en los bancos de Begoña. Algunas charlas ayudan a destapar situaciones de emergencia.

«Hace tiempo que no veo a fulanita» puede parecer una frase carente de importancia, pero que a Ana le enciende todas las alarmas. Sus fuentes de información son abundantes. Amigos, vecinos, el panadero, el cartero, el charcutero... pero también el ambulatorio, auténtico termómetro del barrio, o las farmacias, por lo general al tanto de la medicación y tratamientos que siguen las personas mayores. «El problema es que la gente mayor es muy desconfiada, por lo general da muy poca información y a menudo tergiversada. A veces hasta las propias familias ven mal que su padre figure en un listado de personas en situación de riesgo. Negación, vergüenza... cada uno somos distintos».

«No contestan al timbre»

Por el radar de Ana han pasado casos terribles. «Mucha gente se encuentra de pronto con 85 años y sin más apoyo que un sobrino que vive lejos. Hablo de gente que puede tirarse un año sin bajar a la calle, prisioneros de su propia casa porque no tienen ascensor». Ella maneja edades, direcciones, patologías si las sufren, amistades o vecinos que les echan una mano en caso de necesidad. «Encontramos a veces gente que no come porque no puede cocinar o porque nadie le baja a hacer la compra; personas con demencias avanzadas que sobreviven a base de latas, y que lo mismo que se olvidan de comer, se salta los ritmos de la medicación». O esa otra mujer a la que, para una vez que salía, le robaron en el portal de su casa, la tiraron al suelo y hubo que operarla de las heridas.

No es fácil, y eso que Ana, jubilada del Banco Santander, lleva 18 años de voluntaria, la mayoría acogiendo niños africanos que vienen a ser atendidos en hospitales de Bizkaia. «Los mayores se quejan de que les cambian de asistenta, no se acostumbran a que un desconocido entre en sus vidas y altere sus rutinas. Tocas el timbre y no te abren». Y eso que ella se limita a avisar a Servicios Sociales, un gesto aparentemente nimio, pero que salva vidas.

 

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