El combativo movimiento vecinal de Rekaldeberri cumple medio siglo

Vista de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario en 1970./
Vista de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario en 1970.

La Asociación de Familias, creada a finales de 1966, se distinguió por la firme denuncia de las carencias del barrio en los años del desarrollismo y por plantar cara al franquismo

GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA

Recaldeberri, Recalde, Rekalde, Errekalde, Errekaldeberri. Ni los propios vecinos se ponen de acuerdo acerca del nombre de este distrito, que suele confundirse con uno de los barrios que lo componen (Rekaldeberri-Larraskitu). Pero todos sabemos dónde está: al sur de Bilbao. «El sur, no solo porque está situado geográficamente al Sur de Abando», subrayaban Joseba Eguiraun y Javier del Vigo, que son quienes más han escrito sobre él, «sino sobre todo porque ha pertenecido a ese Sur sociológico y económico que acompaña a toda gran ciudad». Un barrio obrero, o al menos lo era cuando en Bilbao todavía quedaba industria y obreros que trabajaran en ella.

Traducido al español, su nombre sería algo así como «Al lado del arroyo», probablemente en referencia al río Helguera, ahora soterrado. No obstante, durante un tiempo fue conocido como «Recaldebarro». Se trató de la etapa más interesante de su historia, gracias a su combativa Asociación de Familias. La efeméride de su nacimiento invita a acercarnos a ella.

Durante los años sesenta la España del 'desarrollismo' experimentó una rápida modernización económica. En busca de un futuro mejor, miles de personas provenientes de las zonas rurales migraron a Cataluña, Madrid, Valencia o Euskadi. Paralelamente al éxodo rural, hubo un auténtico baby boom. En consecuencia, la población vasca se duplicó.

El acelerado crecimiento demográfico provocó una expansión urbana caótica, en forma de nuevos barrios, a los que les que faltaban servicios básicos y equipamiento: vivienda, educación, sanidad, zonas verdes, etc. Con excepciones (por ejemplo, San Ignacio, de iniciativa nacionalsindicalista), las autoridades franquistas no se preocuparon por solucionar aquellos problemas, por lo que la población tuvo que organizarse para presionar a las instituciones. Al amparo de la Ley de Asociaciones de diciembre de 1964 y del Decreto 1.440/1965, medidas adoptadas por el sector «aperturista» del régimen, apareció el movimiento vecinal. Se trataba de colectivos plurales, aunque con la impronta de las clandestinas fuerzas de izquierda, que pedían mejoras en las condiciones de vida de la ciudadanía e intentaban influir en la gestión municipal.

Uno de las primeras y más dinámicas plataformas vecinales fue la Asociación de Familias de Recaldeberri (AFR), surgida a finales de 1966, que luego fue modelo para otras muchas. Entre sus actividades destacó la organización de una academia y una universidad popular, la creación de una gran biblioteca, las fiestas del barrio, así como la edición de su propio periódico y distintos libros. En uno de estos, de 1975, se denunciaban las carencias del barrio (semáforos, desagües y canalizaciones, guarderías, escuelas, biblioteca, centro social, iglesia, hogar de jubilados, polideportivos, parques y zonas verdes, transporte público, pavimentación, ambulatorio etc.) y se señalaba todo aquello que, a su juicio, sobraba: el chabolismo, la autopista, la cantera y las agencias de transporte, los camiones, el barro, los basureros incontrolados y escombreras, las charcas, etc. No era para menos. Entre 1960 y 1974 hubo ocho víctimas mortales por atropello, cinco por accidentes varios y otros cinco niños fallecieron ahogados.

Sin embargo, la Administración ignoró las exigencias de la AFR y no faltó la represión policial tras alguna de las manifestaciones de protesta. El Ayuntamiento de Bilbao se negó a recibir a los portavoces de la asociación y, cuando lo hizo, su respuesta fue pasar a la contraofensiva. En marzo de 1975 la alcaldesa, Pilar Careaga, declaró al diario 'Arriba' que Rekaldeberri era un barrio conflictivo: «Sí, radicalmente sí. Es muy numeroso, barrio prominentemente obrero». También afirmó en dicha entrevista que «mi dimisión está por encima de la opinión del pueblo... Arreglados estábamos los alcaldes si dependiésemos de estas cosas». Al mes siguiente, en la simbólica fecha del 14 de abril, la AFR, junto a otros veintiséis colectivos del Gran Bilbao, envió un escrito al entonces ministro de Gobernación, Carlos Arias Navarro. Se pedía el cese de Careaga, una alcaldesa «no elegida por el pueblo». Pese a los últimos coletazos de la dictadura, 50.000 ciudadanos tuvieron el valor de estampar su firma bajo el texto. Una de las primeras era la de Francisco Fernández, mi padre, presidente de la AFR entre 1973 y 1976. Cuatro meses después Careaga abandonó su cargo «por considerar que había dado cima a su programa».

A partir de 1979, tras las primeras elecciones municipales, algunos de los líderes vecinales entraron en los nuevos ayuntamientos, que comenzaban dar respuesta a una parte de las reivindicaciones de los barrios. Las presiones de la izquierda abertzale, que pretendía controlar a los movimientos sociales, dividieron al movimiento vecinal. Las asociaciones se fueron apagando hasta prácticamente desaparecer. No obstante, es injusto olvidar que habían conseguido importantes mejoras en los barrios, de las que ahora todos sus habitantes disfrutamos. Y todavía queda mucho por hacer. Además, el movimiento vecinal sirvió de escuela de solidaridad, civismo y libertad. Enfrentándose al franquismo, creó ciudadanos y sentó una de las bases en las que se asentó la democracia. Es necesario reconocer ese crucial papel histórico.