«Donde algunos sólo ven erotismo, yo veo sacrificio»

Leyri Blanco posa en medio de la calle Santutxu con su bikini de cristales de Swarovski./
Leyri Blanco posa en medio de la calle Santutxu con su bikini de cristales de Swarovski.

Leyri Blanco es madre y agente de viajes, «pero subo a una tarima y me transformo en alguien distinto». El 7 de octubre luchará por el podio del Bikini Fitness en Helsinki

SERGIO GARCÍA

Leyri Blanco Echevarria baja del coche y la calle enmudece; el cuerpo empapado de gotitas de sudor, tenso y musculado como un Conan que hubiera cambiado los páramos desolados de Cimmeria por un paisaje apocalíptico al más puro estilo Blade Runner. Más que a un calendario Pirelli, su cuerpo menudo 1,51 metros de altura, 44 kilos de peso evoca acero para barcos. La sesión de fotos se desarrolla en Santutxu. Juega en casa y se desenvuelve sobre el asfalto con la seguridad de un actor que se hubiera adueñado del escenario. Los más trasnochadores pasan a su lado aparentando indiferencia, descolocados. «¿Tímida yo?» Tururú. Quizá por eso cuesta imaginársela como un ama de casa pendiente de que no se peguen las lentejas y muy poco como a esa vecina del 5º que era motivo constante de fantasías, con la que compartíamos los 20 eternos segundos que tardaba el ascensor en dejarnos en nuestro piso, para arrojarnos luego al descansillo como seres privados de la facultad del habla. Y, sin embargo, Leyri es ambas personas.

AL DETALLE

Ficha. Leyri Blanco nació en La Habana en 1980. Mide 1,51 metros y pesa 44 kilos. Tiene un hijo de 12 años y trabaja como agente de viajes.
Palmarés. Cuarta en su primera comparecencia al Campeonato de España. Tercera del Olimpia Amateur España, campeona del Vasco-Navarro 2014 y absoluta del Norte de España. Ese año ganó su primer open nacional en el Bierzo.
Próximas citas. Copa Benweider, el 7 de octubre en Helsinki. Luego el Campeonato del Mediterráneo y el Olimpia Amateur de San Marino.

En realidad, si hemos de ser justos, es mucho más. Leyri llegó de Cuba en 2000. Su hermana, casada con un vasco, la invitó a pasar unas vacaciones y ya no ha vuelto al país caribeño. Ha perdido el acento y cuando se despide lo hace con un agur, bai, pero tiene memoria y no olvida las privaciones asociadas al día a día de un país sometido a los rigores del bloqueo que ella combatió desde la cantera del Ballet Español de La Habana. «Me encantaba inventarme personajes», recuerda. El cambio fue brutal. «Llegué en verano y hacía buen tiempo, no echaba nada menos, pero luego, en octubre, empezó a llover y ya no paró hasta junio. Creí morir». Al cambio de cultura, de modo de vestir, de empezar de cero, se sumó la ansiedad por comer. «Cogí 12 kilos en tres meses y luego 30 cuando me quedé embarazada. Era más fácil saltarme que darme la vuelta», recuerda ahora con una ronrisa.

La química del sudor

Comenzó trabajando de niñera de un bebé de 4 meses en Neguri y de allí saltó a la barra de un bar. «Los probé todos: nocturnos, diurnos, sidrerías... Lo mismo ponía una copa que te servía un chuletón». Cuando su hijo tenía apenas unos meses, un día se miró en el espejo y se preguntó: «¿Qué he hecho con mi vida? ¿Y con mi cuerpo?». Los ocho años siguientes fueron un tiovivo constante. Se separó de su marido, empezó a estudiar Turismo en la actualidad es agente de viajes y se autoimpuso una dieta rica en voluntarismo y pobre en rigor. Entonces conocíó a Andoni, un tiarrón de Sopela que ha remado en Isuntza y a las órdenes de Korta en Castro. «Si no llevas una rutina me dijo, no vas a ver resultados nunca». Orden en la comida, esa era la clave. Eso y una capacidad inagotable de trabajo, la química del sudor que diría Schwarzenegger. «Body pump, spinning, aerobox, abdominales, indoor-walking, hipopresivos, fitpilates... Todo lo que había, yo me apuntaba. Poco a poco te das cuenta de que tu cuerpo va reaccionando, que ganas vitalidad. Te empiezas a gustar. Muchísimo».

El cambio se hizo patente a los tres años de someterse a esa disciplina espartana. Se levanta y hace una hora de cardio en ayunas, trabaja de 9.30 a 13.30, hace dos horas de pesas en el gimnasio cuando los demás comen, regresa a la agencia de viajes de 16.30 a 20.00 horas, y remata el día con 40 minutos de stepping a buen ritmo. «Tienes que poder mantener una conversación sin ahogarte». Todo ello salpicado con seis comidas al día donde entran desde copos de avena, tortillas de claras y leche de alpiste hasta arroz, carne, pescado blanco y pollo. Todo a la plancha, al horno, al vapor. Y batidos de proteínas. Y un cajón de suplementos, gentileza del patrocinador «Full Gas, no te olvides de ponerlo», como vitaminas, minerales, ácidos grasos, óxido nítrico, omega 3... Un plan enfocado a quemar grasa, pero manteniendo el máximo de masa muscular. «Llevo desde Navidad sin comerme una croqueta».

Es consciente de que la gente ve lo que hace como algo exclusivamente erótico, «pero yo me quedo con todo el trabajo que conlleva, horas de sacrificio y renuncia, de escasa vida social. O te enganchas y quieres más y más, o paras. Así de simple». La recompensa llega al pisar la tarima. «Yo, que de diario soy madre, trabajadora y agente de viajes, me convierto en otra persona. Ahora tengo que brillar, me digo». Su hijo está «encantado», sonríe. «Además, como siempre que le he llevado a una competición he ganado, piensa que su madre es lo más de lo más. Es mi talismán». La próxima cita será la Copa Benweider, el 7 de octubre en Helsinki.

Habrá quien diga que semejante nivel de musculación sólo se consigue con anabolizantes. Y que no se hace ningún favor.

En mi categoría, Bikini Fitness, no son necesarios, porque lo que se pide es una chica tonificada, femenina, sin grandes hipertrofias. Un conjunto armónico y agradable a la vista. Una tía que está buena y se acabó.

Por si no hubiera quedado claro viéndola posar en medio de la carretera, Leyri no se corta ni con sierra.