Seis años bajo dominio francés

Claves para entender el momento histórico previo a la Batalla de Vitoria

F. GÓNGORAVITORIA
El actor Iker Ortiz de Zárate, caracterizado como Jose I, en una cena teatralizada en El Portalón./
El actor Iker Ortiz de Zárate, caracterizado como Jose I, en una cena teatralizada en El Portalón.

«He llegado a esta ciudad donde fui ayer proclamado rey. No hay un solo español que se declare adicto, excepto el pequeño número de personas que viajan conmigo», escribió José I Bonaparte a su hermano Napoleón. Entró en Vitoria con bastantes pesadillas el 12 de julio de 1808 y se marchó con muchas más el 21 de junio de 1813, tras la batalla. Entre ambas fechas se consolidó el poder francés sobre algunas ciudades estratégicas, como la capital alavesa, enclavada en el eje de comunicaciones entre Bayona y Madrid.

Un hecho inesperado, la atracción que el rey intruso sintió hacia María del Pilar Acedo, marquesa de Montehermoso, -a la que le unió una relación de amante-, hizo de Vitoria una ciudad verdaderamente especial para el monarca galo. La ocupación francesa de la ciudad y de parte de la provincia cambió la vida cotidiana alavesa y transformó algunas cosas para siempre. Estas son algunas claves para entender aquel momento.

Tras la cena que tuvo lugar el 12 de julio en el palacio de Montehermoso, el rey José, deslumbrado por los encantos de la aristócrata, reconoció haber descuidado a los demás comensales. Cuando regresó de la derrota francesa en Bailén, instaló la corte en Vitoria. El palacio renacentista, decorado al estilo francés, era el mejor edificio de la ciudad. Poseía biblioteca y jardín. Ortuño de Aguirre y del Corral, VI marqués de Montehermoso, un hombre libertino y volteriano, abrazó desde el principio la causa de Josefina. Dominaba la lengua gala, al igual que su mujer, que también escribía y recitaba poemas en ese idioma y en latín. María de Pilar de Acedo había nacido en Tolosa, en el seno de una familia noble navarra. Fue un matrimonio de conveniencia, al estilo de la época. Él le duplicaba la edad.

José I pudo ver colgado en las paredes de palacio el retrato que Goya pintó de Amalia, la hija de los marqueses. «Una pintura que en 2008 vimos por primera vez de forma pública, en Madrid, con motivo de los actos conmemorativos de la Guerra de la Independencia», recuerda Emilio Larreina, escritor de varios libros sobre la Batalla de Vitoria. Mientras Jose I estaba en Vitoria hubo fiestas, bailes y corridas de toros, y se editó la primera gaceta oficial.

Desde noviembre de 1807 miles y miles de soldados franceses pasaron por Vitoria con destino a Portugal y al resto de la península. En la capital se establecieron unos 6.000 y otros tantos en la provincia. Las tropas eran alimentadas y mantenidas por los alaveses mediante contribuciones e impuestos que esquilmaban las arcas públicas y privadas. Pero el cambio más sustancial en las costumbres locales lo deparó la creación de un camposanto en las afueras de Vitoria, cerca de la entonces ermita de Santa Isabel.

Los soldados trajeron el tifus. Murieron muchos y se consideró antihigiénica la costumbre local de enterrarlos dentro de las iglesias. La medida causó un gran revuelo pero se llevó a efecto. En febrero de 1808 nacía el cementerio de la ciudad.

La tropa, alojada en casa

Vitoria era por entonces un gran cuartel. El hospital de Santiago, sin inaugurar, fue ocupado. Se reforzó la muralla para evitar el ataque de los movimientos de guerrilleros, que comenzaban a organizarse. Las iglesias se destinaron a diferentes usos: San Pedro, a almacén de ropa para la tropa; San Miguel, a cárcel de prisioneros; San Ildefonso, a hospital; Santa María, a polvorín; y San Vicente, a molino harinero.

Los conventos, que habían sido desocupados por frailes y monjas -uno de los colectivos más perseguidos por los soldados franceses-, servían de parques para el armamento y de cuadras. «Como no había edificios militares en la ciudad, se aprovechó todo. De hecho, la tropa dormía en las casas. Eso sí, según categorías sociales. Los oficiales, en las más pudientes, y los soldados, en las más pobres. Vitoria contaba al comienzo de la invasión con 8.500 habitantes. En 1813, ese censo había descendido hasta 6.000. Los problemas eran brutales. Por eso, muchos se incorporaron a la guerilla», relata José María Ortiz de Orruño, profesor de Historia Contemporánea de la UPV.

Vitoria estaba dividida en tres bandos. «Los afrancesados, compuestos principalmente por la aristocracia, creían que era una oportunidad para el progreso. Los franceses trajeron la ilustración y el liberalismo frente a lo tradicional. Una vez más, lo que hubo fue una verdadera guerra civil», añade Ortiz de Orruño. Los patriotas, por su parte, se fraccionaron en dos grupos. Por un lado, los constitucionales o liberales, como el general Álava, Valentín de Foronda o Pedro de Xérica. Y, por otro, los que querían volver al absolutismo. Ese fue el caso, por ejemplo, de Prudencio Verástegui. Muy llamativa resultó la actitud de los dirigentes locales, que «flotaban como auténticos corchos en cualquier circunstancia» y se alinearon donde les convenía. Son famosas sus actas secretas. Firmaron una que hicieron pública y guardaron la real para cuando cambiaran las tornas.

Métodos brutales

Los métodos de los franceses fueron brutales. En muchos pueblos exigieron bajo amenazas que les entregaran alimentos y ganado, lo que provocó la hambruna de la población. Especialmente en 1812. Por el contrario, hubo quien se hizo rico. El historiador Eulogio Serdán recogió el ahorcamiento de una decena de vecinos de Samaniego porque los guerrilleros habían matado al alcalde, afrancesado, y a un vecino que le socorrió.

Vitoria y los pueblos situados al Sur y al Este, siguiendo la línea del camino real de postas de Francia a Madrid, fue controlada por la Grand Armée. El resto del territorio alavés interesaba poco. Ahí surgieron las juntas provinciales, que se reunían a escondidas, y las partidas de guerrillas, que intervinieron también en batallas a cielo abierto. Conocidas son las acciones que se trabaron en el barrio vitoriano de San Cristóbal contra los llamados forrajeros -soldados que salían de la ciudad en busca de alimentos- y en Olárizu, en donde los guerilleros robaban el ganado que surtía el rancho de los franceses, o el secuestro de Manuel Echanove.

Y famosos son Francisco Longa, vizcaíno de nacimiento y herrero en La Puebla de Arganzón, que llegó a mandar dos batallones; Martín Eguiluz, Andrés García, Eustaquio Salcedo y el popular Sebastián Fernández de Leceta, alias "dos pelos", que participó en los dos mayores ataques a las tropas de Napoleón en Arlabán, dirigidos por el guerrillero navarro Mina y que fueron dos auténticas lecciones de estrategia y efectividad. No en vano, en una de esas acciones se llegaron a liberar un millar de prisioneros.

Un aspecto poco conocido fue la nueva administración creada por el emperador, que aspiraba a que Cataluña, Aragón, Navarra y el País Vasco se incorporaran a Francia. «Fue la primera vez que las tres provincias vascas tuvieron una administración única, el Gobierno de Vizcaya. Si bien al principio la capital fue San Sebastián, el general Thouvenot, eligió después a Vitoria y encabezó sus actas así: «En nombre del Emperador de los franceses».

La sede se instaló en el palacio Echanove, en El Campillo. Allí se adoptaron varias decisiones de calado, como que Treviño estuviera en Álava, provincia que recuperaba su propio obispo, o la supresión de todos los organismos forales, que a partir de entonces pasaron a ser clandestinos.

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