La élite de Itoudis
El Hapoel busca un hueco en el máximo nivel, y sólo alguien sin dudas, como el griego, puede lograrlo
El 'cómo somos' ni tiene fronteras ni espacios diferenciados. Quizá no coincidamos, pero permítame expresarle mi opinión sobre eso que tiene que ver con que ... somos como somos en todas nuestras facetas de la vida, sin distinción entre lo personal y lo profesional, entre los días laborables y los de vacaciones, en el ocio o en los momentos más íntimos. Podríamos admitir un espacio para los matices en determinados ámbitos, pero la personalidad siempre se manifiesta, donde sea y como sea, sin excepción.
Dimitrios Itoudis es mediterráneo, puro griego, una de las cunas de la civilización, con todo lo que supone: carácter, espontaneidad, expresividad, gesticulante para bien y para mal, emocional en definitiva. Una persona forjada entre caracteres ganadores en su recorrido profesional, como ayudante muchos años, de entrenador principal desde hace más de una década. Su papel en sus equipos viene avalado por ello, por estar en el lugar oportuno en el momento adecuado para asimilar otras maneras de ver el juego del basket que acaban perfilando la suya propia. Todas particulares, respetables, pero con una línea común que es aquella donde todo se diseña, planifica y prepara simplemente para algo esencial en el deporte profesional: ganar.
Soy de quienes piensan que nadie se prepara para perder, para hacerlo mal, para no competir. Si esto resulta una obviedad, es igual de obvio admitir que cualquier camino para la victoria es respetable dentro de un marco de comportamiento y respeto escrupuloso de las normas. Itoudis ha caminado y camina en estos momentos por senderos que parten de su reputación profesional, que continúan en esa búsqueda del compromiso colectivo desde la responsabilidad individual. Hay un mínimo nivel, elevado por cierto, que hay que superar porque si no juegas es cosa tuya, no mía, porque no pones el suficiente empeño en ello.
Por eso su estela brilla en un entorno de alta competitividad y al mismo tiempo seguir obteniendo el respeto por su manera de liderar grupos y buscar la victoria. Recuperó su no deseada ausencia de la élite europea en Israel, por la crisis Rusia-Ucrania, para llevar a su nuevo equipo a esa élite, precisamente por estas mismas circunstancias incomprensibles que tiene el negocio del deporte. En Tel Aviv se dio la posibilidad de este reencuentro con la élite con la complicidad de sus dirigentes que le extendieron un cheque de futuribles diseñados para comandar, como lo están haciendo, la Euroliga a día de hoy.
Contar con Micic, Chris Jones, Oturu, Bryant, Blakeney, Wainright, Malcolm o Motley está al alcance de muy pocos proyectos e Itoudis los tiene a su cargo ejerciendo su carácter como fiel garante del camino elegido para ser victoriosos. Esa personalidad mediterránea se impone en la pista, la ejerce sin dudarlo y a pesar de lo que o quien sea, y mantiene siempre su mirada unos centímetros más arriba que el resto para hacerse ganar el respeto hacia él y hacia su equipo. Sabe Itoudis que el éxito tendrá que llegar de su mano y junto a las manos y las piernas en el compromiso de sus jugadores.
Quien falle, o mejor dicho quien le falle, sabe que no tendrá en él a un fiel defensor, todo lo contrario, sólo se implicará en quien le otorgue ese plus que su personalidad merece. Las cosas son como Itoudis dice, y si no son así, 'perdemos todos'. Tiene Hapoel, más allá de su sólido y físico juego colectivo, un reto importante: hacerse un hueco entre la máxima élite y sólo alguien sin fisuras, sin dudas y enérgico en todo lo que le rodea puede conseguirlo, y ese parece ser Itoudis.
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