La tradicional derrota en el Camp Nou
Le preguntaban los de la televisión a Jauregizar en el inicio de la segunda parte por las instrucciones que les había dado Valverde en el ... descanso tras el dos a cero del primer tiempo, y el de Bermeo respondió escueto: «Que sigamos igual, que aprovechemos nuestras oportunidades y que metamos un gol para meternos en el partido». Dicho y hecho. Los chicos cumplieron al pie de la letra las instrucciones de su entrenador, pero solo en su primera parte, o sea, siguieron igual que en los cuarenta y cinco minutos anteriores: unos dormidos y otros en actitud contemplativa, como si en lugar de estar en un partido de fútbol estuvieran haciendo yoga. Lo de marcar un gol, ya tal…
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La tele también le puso el micrófono a Unai Simón una vez consumado el desastre, y el portero no pudo hacer un resumen más claro: «Estoy muy poco orgulloso de lo que hemos hecho hoy». Se agradece tanto la precisión del mensaje como la sinceridad.
Ya sabemos que el Athletic es un club de tradiciones. Las flores a Pichichi, la misa de Begoña, el partido de Navidad contra los periodistas… En fin, esas cosas que a lo largo de más de un siglo van haciendo reconocible a una institución que preserva su identidad con celo. Mañana se cumplirán veinticuatro años de la última victoria del Athletic en el Camp Nou y un cuarto de siglo ya es un periodo suficiente como para considerar consolidada una nueva tradición: la de hacer el canelo en el campo del Barcelona. Valverde y sus chicos fueron de nuevo fieles a la costumbre y encajaron una nueva goleada en otra exhibición muy del estilo de las tragicomedias que interpreta el equipo en los últimos años en ese escenario.
Si el plan para el segundo tiempo era marcar un gol para entrar en el partido, el Barcelona solo necesitó tres minutos para sacar al Athletic definitivamente del choque y a Sancet solo le hicieron falta cinco más para poner al equipo a pedir la hora ante la catástrofe que se cernía, con tres goles en contra en el marcador y un jugador menos en el campo.
En realidad el Athletic nunca estuvo en el partido salvo un paréntesis de cinco minutos en el primer tiempo, en el que llegó tres veces hasta la portería de Joan García con peligro aunque solo fuera para desperdiciar una tras otra esas ocasiones para empatar.
Se puede perder de muchas formas, y el Barcelona puede ganar de muchas maneras, pero la más imperdonable es la que eligió el Athletic. Los de Valverde se vieron superados en intensidad por un rival más decidido, más rápido, de pierna más fuerte y más resolutivo en todos los duelos. Virtudes todas que se le suponen a los rojiblancos pero que ayer las ejercieron los de Flick.
Para los cuatro minutos nos pudimos hacer una idea cabal de por dónde transcurriría el partido. Berenguer, toda la tarde extrañamente lento en la ejecución, se dejó robar la cartera a cinco metros de la frontal y Lewandowski disparó para hacernos saber que tampoco estábamos ante la tarde más brillante de Unai Simón.
Descerrajado el marcador sin haber roto a sudar, el Barcelona fue levantando el pie ante la inoperancia de un rival que llegaba tarde a todas partes. El relajo de los locales y su escasa disciplina defensiva alumbraron el espejismo de un Athletic que fue creciendo a medida que Sancet entraba en contacto con la pelota. Unai Gómez, la novedad de Valverde en la punta, tiró al muñeco en la mejor ocasión del equipo y a Nico se le fue por centímetros la oportunidad de silenciar los abucheos de la grada.
Pero ya hemos dicho que las tradiciones están para cumplirlas, así que en el tiempo de prolongación, un mal entendimiento entre Yuri y Nico en ataque propició un contragolpe letal que sentenció el partido en la última jugada de la primera parte.
El Barça volvió a marcar en la primera y en la última jugada del segundo tiempo para completar la goleada, pero lo que sucedió en medio fue mucho peor para un Athletic que tuvo que apechugar con media hora larga en inferioridad para hacer boca de cara al partido del martes.
Apelar a los momentos en los que llegaron los goles no sirve para justificar nada; al contrario, solo agrava el diagnóstico por lo que dice de la concentración de los que están en el campo. No es la primera vez que ocurre; esperemos que sea la última, no vaya a ser que esto acabe convirtiéndose en otra tradición.
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