«No sabemos qué tiene Marijaia bajo la falda»

Jordi Alemany

La 41 edición de la Aste Nagusia arranca con un pregón que ensalza la lucha de los menores transexuales y un txupinazo que mantiene vivas todas las esencias

Luis López
LUIS LÓPEZ

Mamadou, 39 años, senegalés, torso granítico, monitor de gimnasio en Barakaldo, nunca se pierde el txupinazo. Tampoco este sábado. Ni la Aste Nagusia en general. «No voy a ninguna otra fiesta. Sólo a esta». Mamadou es un tipo sano y se recoge poco después de los fuegos. Llegó a Euskadi en 2011. ¿A qué viene semejante devoción por la Semana Grande de Bilbao? Encoge los hombros y, con las palmas de las manos hacia arriba, dice lo obvio. «No sé. Por el ambiente. En ningún sitio he visto nada como esto».

¿Qué es esto? Las cosas empiezan a moverse a eso de las cinco y media de la tarde, cuando ya hay grupos espaciados de adolescentes frente al Arriaga. Ahí se sientan, en círculos, con sus bolsas de plástico llenas de kalimotxo, sidra El Gaitero, harina, huevos... «Lo de siempre», se quita importancia Alex. Hmmm. Pero el Ayuntamiento ha pedido no enfangar el arranque de la fiesta con esa masa pegajosa. «¡Lo de siempre también!», se troncha, y le sigue, revoltosa, la cuadrilla.

El ecosistema en la plaza que dentro de hora y media será el caos tiene mucha biodiversidad. Hay especímenes exóticos hasta hace unos años. Grupos de turistas atienden las explicaciones de los guías, que señalan la balconada e informan: «Sale un muñeco de una señora gordita, sonriente, con los brazos levantados». ¿Se puede ser más eficiente despojando de pasión el acontecimiento fundamental que supone la aparición de Marijaia?

Menos mal que hay anfitriones locales que sí ponen entusiasmo a la hora de aleccionar a sus invitados. Como Ander: después de comprar todos unos pañuelos a tres euros, cuando los forasteros hacen el ademán de anudárselos al cuello, él grita «¡¡Nooooo!! ¡Aún no! Hay que esperar al txupinazo». Y todos se quedan con el gesto congelado, como si hubiesen estado a punto de cometer un sacrilegio irreparable.

A las seis y media ya se empieza a notar esa atmósfera tan extraña que lo envuelve todo cuando algo importante está a punto de ocurrir. Es muy difícil de describir. No es la calma antes de la galerna, porque calma no hay. La muchachada empieza a cantar, de fondo hay txistus, txarangas... Pero tampoco se puede decir que el jaleo vaya creciendo de modo gradual. Es otra cosa. Como que todo el mundo estuviese esperando que avanzasen los minutos rápido y para ello se moviesen, curiosamente, muy despacio en dirección al Arriaga.

Tiempos nuevos

En el Arenal, a la sombra de los árboles imponentes, esperan familias sobre mantas extendidas en el césped, y más grupos de jóvenes con sus bolsas. Uno se despista veinte años y le cambian las hordas de pies negros por una estampa apacible y casi campestre. Para compensar ahí siguen algunas de las txosnas, estoicas, ignorando el paso del tiempo, manteniendo sus esencias.

Llegados a este punto, en una tarde tórrida, el entorno del Arriaga ya acoge a una multitud organizada de forma dispar. En las zonas de sombra la gente se aprieta inquieta. Y los espacios donde pega el sol se quedan reducidos a lugar de paso. Es como si fuese la sabana africana.

Un par de minutos antes de la hora 'H', a las 18.58, el puente del Arenal ya está repleto y lo de menos es el sol. Un hombre de mediana edad acompaña a su madre anciana y la adelanta hasta un punto con una vista estratégica. Lo hace con una ternura extraordinaria en medio del jaleo. «Ponte ahí. ¿Ves bien?». Ella, frágil, asiente. Al poco se gira. «¿Ves tú?». «Sí, sí».

Llega el momento. Las siete de la tarde. «¡Bilbotarrak!», grita la pregonera Beatriz Sever, portavoz de la Asociación de Familias de Menores Transexuales de Euskadi y Navarra, Naizen. La multitud saluda, aplaude, se emociona. La pregonera ensalza la ciudad porque es «abierta, preparada para entender la diferencia. Nos sabemos qué tiene Marijaia bajo su falda –un buen titular– y nos da igual. ¡La queremos igual!».

Luego, el txupinazo. Un mar de confeti. Sale Marijaia, oscilante, frenética, y en ese mismo instante se adivina con certeza que bajo su falda, definitivamente, lo que hay es una persona sudorosa. Abajo, ya lo anunciaba Alex al principio, lo de siempre. Envueltos por el himno festivo decenas de jóvenes se embadurnan con agua de Bilbao, huevos, harina y un montón de cosas más, hasta que el suelo acaba cubierto por una papilla espesa donde derrapan y se sacan selfis.

Lo de siempre

Casi inmediatamente la gente se empieza a desplazar hacia la orilla de la ría para presenciar otro de los ritos festivos: la zambullida en la ría de la chavalada impregnada de aquella sopa pegajosa. Otra vez, ignorando las peticiones, casi ruegos, del Ayuntamiento. Para evitar los mayores riesgos, la Policía Municipal tenía acordonados los bordes del puente y así impedir que la gente se lanzase desde esa altura. Así que los fiesteros se van a la escalera próxima. La barca de Bomberos vigila a unos metros. El primer bañista mira hacia arriba, donde estaba la Policía, como para tantear; en busca de algún gesto desafiante que no llega. Es una especie de rebeldía controlada, segura, atentamente vigilada por las autoridades. Así que se lanza. Le siguen más. Muchos. Hay saltos realmente bonitos. «Ahí está mi hija», dice una mujer. «La que se va a tirar ahora... ¡Esa!», anuncia con orgullo.

Y ya está. Otras fiestas que arrancan. A las siete y media aún no había dado tiempo a que se derramaran muchos katxis por el suelo pero, qué curioso, ya olía a Aste Nagusia.

«¡Qué especial es Bilbao!»

La pregonera se metió a la gente en el bolsillo desde el primer momento. «Qué especial es Bilbao», se arrancó Beatriz Sever, portavoz de Naizen, la Asociación de Familias de Menores transexuales de Euskadi y Navarra. Se refería a que «mientras en otros sitios se quiere invisibilizar a nuestros hijos, aquí se nos ofrece este espacio para decir que nuestros hijos tienen vulva y nuestras hijas tienen pene».

Después de recordar que el colectivo ha luchado «contra viento y marea» por la defensa de sus derechos, agradeció que «no hemos caminado en solitario, hemos tenido vuestro apoyo», y señaló a la multitud. «Estamos cambiando el mundo, y en un mundo que entienda la diversidad como valor, cada uno podrá ser como realmente es».

Luego la txupinera Itsasne Núñez, de la Konpartsa 'Pa... Ya!', del barrio de Otxarkoaga, prendió la mecha del cohete que dio paso a nueve días de locura en Bilbao.

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