Y a los punkis les cortaron la cresta

Un agente junto a varios de los jóvenes que pasaron por la ducha involuntaria, el 19 de agosto de 1985./Maite Bartolomé
Un agente junto a varios de los jóvenes que pasaron por la ducha involuntaria, el 19 de agosto de 1985. / Maite Bartolomé

En 1985 el Consistorio resolvió por la fuerza el problema de higiene de un grupo de jóvenes itinerantes, entre ellos los 'pies negros'

JULIO ARRIETA

«La movida de ayer es que se cogieron a mogollón de peña y se los llevaron a todos pa'lante y luego les cortaron la cresta». Así recordaba ante las cámaras de ETB uno de los involuntarios protagonistas de uno de los episodios más recordados de la historia de la Aste Nagusia, la operación de limpieza y desinfección forzosa a la que fueron sometidos una veintena de punkis y de los entonces llamados 'pies negros' en las fiestas de 1985.

Sucedió sin aviso la noche del 19 de agosto, la tercera de fiestas, y en realidad fue la primera jornada de una campaña de aseo que se extendió a lo largo de toda la Aste Nagusia y que llegó a 'atender' hasta a cuarenta usuarios involuntarios en un día. Como ya se había convertido en costumbre, a la ciudad había llegado un nutrido grupo de fiesteros itinerantes, de los que vagaban de fiesta en fiesta. Algunos llamaban la atención por su aparatosa estética, dominada por las grandes crestas, y su higiene descuidada, a partir de la cual alguien les había adjudicado el antropológico mote de 'pies negros'. Inofensivos y pacíficos en general, acampaban en la Naja y Unamuno, y se buscaban la vida para costearse el 'comercio' y el 'bebercio' a base de pedir calderilla a los transeúntes.

Aunque criticada por algunos vecinos, su presencia nunca generó quejas formales. En EL CORREO de aquellas fiestas se resumía la reacción que generaban en una noticia que se hacía eco de la opinión de comparsas y comparseros: «Habíamos decidido, por lo menos en esta txosna, no dar de beber a este tipo de gente, pues estamos hartos de que se vayan sin pagarnos, organicen peleas y estropeen el ambiente de las fiestas», decían desde una comparsa sin identificar. Por contra, una comparsera defendía que «son gente pacífica que no se meten con nadie si no les buscan la boca. El hecho de llevar crestas de gallo en la cabeza o de no lavarse, no es razón para que se los lleven en un furgón como a las bestias».

Pero así se hizo. El Ayuntamiento resolvió que aquella tribu era una especie de foco de insalubridad andante y decidió cortar por lo sano. Y nunca mejor dicho. La Policía Municipal se encargaba de recoger a los afectados, alguno de los cuales tuvo que ser introducido a empujones en el vehículo al que algún ocurrente bautizó como 'el furgón del pulgón'.

Dos de los jóvenes muestran su nueva ropa interior. :
Dos de los jóvenes muestran su nueva ropa interior. : / m b.

«¡La cresta es mía!»

La primera veintena, un grupo de punkis, fue llevada al servicio municipal de desinfección, situado en el edificio modernista diseñado por Ricardo Bastida, que hoy acoge la oficina municipal del distrito de Basurto. En el traslado «resultaron contusionados un policía municipal y varios jovénes», decía el periódico del día 20. Una vez en el centro, «fueron duchados y rapados, en algunos casos, por funcionarios municipales».

«Además de la obligatoria ducha, se ha cortado el pelo a los que lo tenían especialmente sucio», decía el comunicado oficial. «Mi cresta medía 40 centímetros y ligarla me había costado siete meses de mi vida, ¿comprendes? Siete meses, y ahora vienen estos cabrones y me cortan el pelo al cero...», se lamentaba uno de los chavales pelados a la fuerza. «¡La cresta es mía!», se quejaba otro joven poco antes de perderla. Se llamaba Bernardo Delfosse, tenía 18 años y era belga. La crónica periodística de Antxon Urrosolo detallaba los nombres y las edades de parte de la veintena de 'higienizados': «Luisillo (donostiarra, 18); Tina (de Pamplona, 14 años); Blanco (vallisoletano, de 18 años) y Luis (16 años, de Pamplona)». A varios de ellos se les entregaron prendas de vestir nuevas y el entonces concejal de Cultura, Julián Fernández, recordaba años después que «nos pedían chupas de cuero».

Sorprendentemente, esta medida drástica de salud pública no generó mayores críticas ni debate municipal ninguno. La fiesta siguió adelante y, como suele decirse, aquí paz y después gloria.

En su contexto

20
millones de pesetas fue el presupuesto destinado a la música en la Aste Nagusia de 1985. Gabinete Caligari y La Frontera fueron las principales estrellas, pero el mayor caché se lo llevó el grupo cómico catalán La Trinca, que cobró millón y medio.
Arranque sin fuegos
Las fiestas empezaron sin fuegos artificiales. La pirotecnia valenciana Arnal no quiso lanzar porque «su estado de ánimo no lo permitía». Días antes un niño había muerto en la Semana Grande de San Sebastián durante una sesión de la misma firma, al explotar una carcasa entre el público.
Asalto a Fort Frederik
Una disputa entre Pinpilinpauxa y Federiko Ezkerra por el volumen de la música en esta segunda txosna se resolvió el 22 de agosto con un 'asalto' de broma de los comparseros de 'Pinpi', armados con confeti y disfrazados de indios, a la txosna vecina, a la que llamaban Fort Frederik, que fue defendida a chorros de agua de Bilbao.