«Pero qué rico está mi son, guajiro»

Actuación en la Plaza Nueva./YVONNE FERNÁNDEZ
Actuación en la Plaza Nueva. / YVONNE FERNÁNDEZ

«Tremenda fiestona» del Septeto Naborí, que con su incansable son santiaguero tradicional rompió el orden de las sillas de la Plaza Nueva desde el minuto uno de sus dos horas de show

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El lunes, tercer día de fiestas, la oferta oficial melómana constaba de tres citas a la misma hora, a las 23.30: descartamos la opción del transformista local Asier Bilbao en La Pérgola (total, como repite todos los años, igual un agosto venidero nos coincide), y en principio apostamos por Antonio Orozco en Abandoibarra, al que vimos una vez más montándoselo muy bien a pesar de la gripe el 29 de abril en el Euskalduna. No obstante, al estudiar cómo sonaba el grupo contratado para la Plaza Nueva, El Septeto Naborí, hacedor de son oriental cubano tradicional y purista, concluimos: a Orozco le hemos catado al menos cuatro veces, a estos ninguna.

Y ahí que fuimos. La Plaza Nueva se veía llena y había sillas dispuestas, pero desde la primera canción las parejas bailongas ocuparon la parte delantera del tablado y no tardaron en revolucionarse el patio de butacas, en vaciarse los asientos y en ponerse muchas personas en pie, sin poder reprimir las ansias de mover el esqueleto. En 119 minutos se encadenaron 12 piezas, ya ven qué largas: a una media de 10 minutos bailables y bien tramados cada uno por el septeto que en realidad era un octeto (cuatro percusiones, contrabajo, trompeta, guitarra y tres), e incluso un noneto contando al maestro de ceremonias, el veterano Mariano Rodríguez, que organizó un concurso de baile, tocó maracas, hizo autobombo e incluso bajó a danzar con las primeras filas.

Uniformados con pantalones y chalecos negros más camisas rojas, los naboríes, que el próximo año cumplirán 25, se consideran valedores, preservadores y exportadores del «repertorio tradicional internacional de la música cubana», y abrieron decididos con ‘El carretero’ («a caballo vamos p’al monte»), interjecciones del pelo de «pero qué rico está mi son, guajiro» (un guajiro es un campesino, ya saben) y versos como «porque en el campo vivo bien / porque el campo es el edén».

La acabaron e incitaron: «Vamos calentando… Vamos a pasarla bien lindo. Gracias por invitarnos. Este son es de ustedes. Les traemos un pedazo del corazón de Cuba», y tocaron ‘Cubamanía’, un tema suyo compuesto hace cinco años y estrenado en Toulouse, Francia, una pieza bailonga, reiterativa y coral vinculable con James Brown, con interpelaciones orgullosas del calibre de «si somos el número 1, mi gente, qué barbaridad» e improvisaciones pregoneras como esta: «aquí se habla español / y la gente de Bilbao habla español / ustedes tienen que cantar conmigo / manos arriba la gente que ha estado en Cuba / manos arriba la gente que es de Bilbao», y coros finales de «tremenda fiestona», con el agua de Celia Cruz.

«Aplausos para ustedes, son buenísimos», nos halagaron, e insistieron: «Este es el comienzo de una noche lindísima». Atacaron el groove algo Fania del mercader ‘Ya llegó casera’ y ‘La yuca’ con su aire comunitario, en plan la bilirrubina. Y no se cansaban los naboríes, continuaban incansables («a ver Bilbao, todo el mundo la mano arriba»), admirando a las mujeres («un aplauso a la cosa más linda que ha hecho la naturaleza»).

En sólo 42 minutos habían sonado cuatro piezas, pero los santiagueros tenían ganas, facultades y talento para no bajar el pistón, como certificaron con el ‘Guaguancó reflexivo’, moderno como los Afro-Cuban All Stars y de letra metamusical («yo quiero componer un guaguancó que sea picante y lo bailen todos / que su ritmo cadencioso se te meta entre los poros»), y siempre con la transmisión contante con el respetable («vamos Bilbao, dame una palma sabrosa»).

El concurso de baile fue de seis parejas mientras sonaba ‘Acupuntura’, en el que incrustaron un recuerdo «de todo corazón a las víctimas de Barcelona, vamos a cantar por la paz y no por la guerra, de pie Bilbao, de pie, de pie, de pie…». Acabaron y nos volvieron a hablar: «¿La están pasando bien, Bilbao? Nosotros nos unimos al dolor de la nación. En vez de la guerra hay que hacer el amor cada día», y versionaron en castellano, mejorando el original, el ‘Fragile / Fragilidad’ de Sting, muy melancólico y con versos como «lloras tú y lloro yo», y los móviles iluminando la plaza.

Con ‘El pilón’ se retomó el rollo bailón y hedonista («un, dos tres, pilón / pa’que bailes, pa’ que goces»), y los naboríes seguían, y no paraban, y preguntaron ante la masa contenta y participativa: «¿Los que van a estar hasta mañana por la mañana que levanten la mano?». Prosiguieron con otro son «que ustedes lo van a adivinar», y de la misma lo reconocimos porque fue el ‘Chan Chan’, y nos solicitaron «¡una bulla para Compay Segundo!», y nos animaron desde la tarima «y todo el mundo con los celulares grabando», y rogaron «pidiendo a Compay Segundo que nos dé la bendición donde quiera que esté».

Al acabarla afirmaron que El Septeto Naborí pretendía «llevar bien alto por Europa la bandera del son cubano tradicional, ¿cuántos cubanos estamos aquí esta noche? ¿y cuántos de Santiago de Cuba?», y tocaron ‘Santiago sí la lleva’ («qué vacilón se vive en mi Santiago»). Nos desearon «felices fiestas y éxitos en su vida personal», tocaron ‘Venga el carnaval’, que les había pedido antes algún aficionado, la acabaron, dijeron «chao, Bilbao, ¿seguimos?», y arbitraron una prolongación del mismo tema coreando «¿Qué le pasa a Changó?» o algo parecido.

Y así discurrió la velada: dos horas bailando sin parar. Y eso que el Maestro de Ceremonias Mariano Rodríguez había adelantado en su introducción que tocarían boleros, pero no sonó ninguno.

 

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