La Pegatina, en Abandoibarra: «Esas palmas, rumberas y rumberos»

Miguel Ramos

La banda montó un fiestón de mestizaje manonegrista que hizo danzar, cantar, agacharse y encender los móviles a la chavalería

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El jueves, sexto día de fiestas, entramos en la rampa final de la Semana Grande. Los cuatro conciertos consistoriales nocturnos proponían un encuentro flamenco vasco-extremeño en la Plaza Nueva (si se hubiera cumplido la amenaza de lluvia habríamos acudido), la cita bolerista con los pamploneses Pan Con Chile en La Pérgola (seguro que estuvo bien), la alejada rave de medianoche en el Parque Europa organizada por la emisora Máxima FM (habría luces y sonido a lo David Ghetta, salvando las distancias) y la que consideramos la apuesta más segura, la de la juerga manonegrista prendida por los catalanes La Pegatina (Montcada i Reixac, Barcelona, 2013) en Abandoibarra, que se volvió a llenar con los más jóvenes ocupando las filas delanteras. De hecho, en una ocasión dijo el líder, Adriá Salas: «Felices fiestas a todos, especialmente a los que lo estáis pasando de puta madre. Veo algunas caras de cansados, mejor dejad la parte de delante para la gente con energía. Necesitamos palmas».

La Pegatina este año cumplen 15 y ya han dado más de 1100 conciertos por 30 países. En la actualidad se hallan en la gira mundial de su sexto disco oficial, 'Ahora o nunca' (Warner, 18), que arrancaron el miércoles 11 de abril en un Kafe Antzokia con el aforo agotado con dos meses de antelación. Casi podríamos escribir el mismo artículo de estos nueve catalanes simpáticos, positivistas y manonegristas empero no cargantes, pues ya ese abril montaron un fiestón, una verbena pulcra y pre-estival con mucha juventud contenta y participativa: palmas a la que salta, coros lololó para subrayar la felicidad del instante y las melodías de las canciones, brincos, bailes y viajes a la barra (vaya, más bien botellón a mano en la explanada del Guggenheim).

En abril, con una demora de 21 minutos, La Pegatina actuaron durante 113 minutos y unas 32 canciones, y el jueves, con puntualidad británica, tocaron 34 en 122 minutos. Abrieron y cerraron ambos shows con sendas explosiones de confeti. En ambos conciertos los nueve músicos no cesaron de moverse y de bailar (el premio se lo merecen los dos vientos: trompeta y trombón) a lo ancho y largo de un tablado con dos pisos (en el de arriba estaban la batería, la percusión y los teclados), y utilizaron un biombo para ciertos trucos (la salida a escondidas de los músicos, las presentaciones y cuando se pusieron a tocar como figuras de cuatro brazos).

Hubo varias diferencias esenciales: el bolo del Kafe Antzokia cursó levemente descendente (por el orden de las canciones, porque el sonido empeoró tenuemente, porque los nueve pegatineros no estaban en tan buena forma física en ese primer concierto mundial, y porque al líder le notamos tan flojo y torpe en la danza que pensamos que estaría enfermo, lo cual confirmamos a toro pasado: Adriá arrastraba una intoxicación alimentaria de la víspera, el martes) mientras que el de Abandoibarra cursó hacia arriba (arrancó con sonido crepitante, luego se oían demasiado los graves y a la postre se asentó, además las canciones estuvieron mejor ordenadas sin que se notara la dosificación de fuerzas durante el ecuador –que es lo que acaeció en el Antzoki-, aunque abundaron los temas más tranquilos al principio –jo, cómo se quejaba el fotero amigo Azpiazu: «buf, otra lenta», y a mitad del bolo se largó a las txosnas a ver a Willis Drummond-, y el epílogo pintó a todo el mundo una sonrisa en la cara e insufló aún más ganas de bailar). Ah, otra gran diferencia fue que en el Antzoki no hubo invitado sorpresa, como sí lo hubo en las fiestas.

El ambiente del jueves fue de fiesta estival, a modo de gran telón de fondo colgaba una pancarta colorista y los haces de los focos punteaban el cielo nublado, la vegetación del otro lado de la ría y las paredes de titanio del Guggenheim. La Pegatina abrieron fuego manonegristas a tope con 'Heridas de guerra', y dijo Adriá «buenas noches, Aste Nagusia, venga esas palmas», y siguieron con la muy latina 'Y volar', e insistió Adriá «vamos a ver, esas manos arriba, todos juntos», y continuaron con 'Miranda', donde a modo de coda colaron un guiño al 'Fiesta' de los Pogues (y más guiños hubo a 'El coche fantástico', al 'Seven Nation Army' de los White Stripes, a los Dire Straits según percibió el fotero Azpiazu, a un hit reggae que no nos viene a la cabeza…).

La Pegatina bailaban como marionetas, se pusieron latinos en 'El curandero' y franceses a lo Sargento García en 'La voisine', manejaron el optimismo positivista en 'La ciudad de los gatos negros' («El egoísta todo lo da / El carnicero vende sardinas / Y los aviones van por el mar», cuando pidió Adriá: «Esas palmas rumberas y rumberos ahí»), se pusieron zíngaros a lo Kusturica ('No som d'aqui'), danzaron latinoamericanos ('Ni chicha ni limoná'), apretaron en el punk celta como los Real McKenzies ('Stand & Fight'), enlazaron algunas piezas lentas y rumberas más, y en la popera 'Algo está pasando' informaron que en su disco 'Ahora o nunca' la cantan con Rozalén, «que estuvo hace unos días aquí y nos ha contado que espectacular», introdujo Adriá.

La Pegatina halagaron al público buscando la interacción (bailar de lado a lado, generar el pogo más grande, agacharse toda la explanada, iluminarla con los móviles o cantar a la contra, ésto en un momento muy logrado, feliz, participativo y, ejem, kali-motxero…), versionaron con gracia el bolero de Osvaldo Farrés 'Quizás, quizás, quizás' (esto no se limitó a un guiño, y la chavalería lo cantó), sin llegar a la soflama Adriá invitó a no dejarse censurar ni a autocensurarse, y a buscar la igualdad en un pacto social eficaz, antes de cantar el zíngaro y sincopado 'Ahora o nunca', el título de su sexto álbum.

Y entonces, durante tres piezas invitaron al trikitilari Xabi Solano, líder de Esne Beltza, quien hizo cantar de modo espontáneo un emocionante 'Ikusi mendizaleak' y ejerció de virtuoso por ejemplo en 'No tengo remedio'. Y ya hasta el adiós no decayó la fiesta: el enganchante '¿Cómo explicarte?' («Que me gusta tu pelo / Me gusta tu cara / Me gusta tu sexo / Me gusta tu espalda / Me gustan tus ojos / Me gustan tus labios / Me gusta el deseo / Que llevas debajo»), coñas italianas ( 'Mamma mia'), el ska en plan Toasters 'Una mirada', más el bis doble (no solicitado por nadie, pues todos dieron por supuesto que regresarían), con su hit irónico 'Maricarmen' («Maricarmen, Maricarmen, tu hijo está en el after hours / tú no lo sabes, tú no lo sabes, tu hijo es el último en salir de todas las raves») y el adéu definitivo con el skatalítiko 'Lloverá y yo veré' y la segunda y última explosión de confeti. Ya ven qué de cosas pasaron. Acabó el show y deseó Adriá: «Que acabéis de pasar una Aste Nagusia de puta madre, muchas gracias». Y al salir atravesamos las primeras filas de lado a lado, cruzándonos con los más jóvenes, que estaban sudados y felices.

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