Hombres G desgranan sus éxitos intergeneracionales en Abandoibarra

I. Pérez y P. del Caño

En una explanada congestionada y transversal, la banda madrileña consiguió que hasta los adolescentes corearan a pulmón clásicos como 'Marta tiene un marcapasos', 'Venezia' o 'Sufre mamón'

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El martes, cuarto día de Semana Grande, teníamos claro a qué concierto de organización municipal acudir, aunque había cierta competencia: en la Plaza Nueva estaban los celtas bretones de Gwendal (pero les vimos en el Getxo Folk de 2015 y nos parecieron espesos, lentos y demasiado progresivamente paisajistas y ambientales) y en La Pérgola oficiaba el siempre apetecible Mariachi Imperial Elegancia Mexicana (ya lo cubrimos el año pasado, una vez más, donde tocaron 23 piezas en 90 minutos exactos: 'Cielito lindo', 'Fue tan poco tu cariño', 'Te solté la rienda', 'Allá en el rancho grande'…). El martes la apuesta era fácil: Hombres G (Madrid, 1982) en Abandoibarra, a los que vimos en enero de 2017 en Miribilla, ante unas 3.000 personas de abono, y donde dieron uno de los mejores bolos de los 413 que vimos ese año.

Sin embargo, el concierto de Abandoibarra, el número 332 de lo que vamos de este 2018, no estuvo tan a la altura: el repertorio se desgranó peor ordenado, el sonido fue más pop y frío que en Miribilla (por ejemplo podríamos contrastar un 'En mi coche', springsteeniano en 2017 y más pop en 2018), y la primera mitad del gran show de fiestas cursó demasiado lento y baladista. Pero pongámonos positivos y destaquemos que la explanada se llenó de gente de todas las edades, el sonido libró con solvencia, las luces y la pantalla de fondo funcionaron muy bien (a pesar de su sencillez) y el cancionero cursó en gradación, desde lo lento y bastante plano de la primera mitad hasta las explosiones de los hits reconocibles intergeneracionalmente, pues ahí, a la sombra del Guggenheim, se vio a toda la chavalería cantándolos a pleno pulmón.

El gentío milenario cantó la pieza inaugural, la declaración de intenciones 'Voy a pasármelo bien'. David Summers (54 años y de Chamberí), el líder de los G-Men (actuaron en sexteto y David dio menos cancha a sus tres compañeros oficiales que a los dos fieles mercenarios: saxo y teclados, los mismos desde hace más de 30 años), nos saludó diciendo «¿qué tal, chicos?, ¿cómo estáis?, lo vamos a pasar de puta madre» (con perdón) y dio en la diana con la segunda pieza: 'El ataque de las chicas cocodrilo', la de «has sido tú, ¿te crees que no te he visto?», que seguro ha influido a Taburete. Aunque, hasta el tema undécimo, que no onceavo, sólo vivimos un par de momentos punzantes, el cuarto ('En mi coche', algo Tom Petty), y el octavo, un 'Lo noto' que incluso enganchó a tres adolescentes ubicados a nuestra vera y también a la masa en general, pues respondió presta cuando ordenó Summer «venga, esas palmas arriba».

El grueso de esa primera parte plana, reiterativa y bastante gélida en sus arreglos e interpretación en plan power pop artificial comercial de los 80 en USA fueron baladas lánguidas, alargadas, caso de 'Si no te tengo a ti' (la quinta, la segunda coreada), la melosa 'Un par de palabras', 'Me siento bien' (Summers informó en la presentación que esta canción lo compusieron a modo «de bálsamo, para que la gente se sienta mejor al escucharla») o la undécima 'No te puedo besar', el punto bajo de la cita, en acústico y flojamente entonada por el batería (con esta letra: «Voy a buscarte al colegio / para estar contigo un poco más / y yo me siento un pco viejo / ¡al verte de uniforme: qué preciosa estas!»).

Estábamos con la mosca detrás de la oreja entre tanto libro y colegio (parecía que de hecho David Summers no cree tanto en semejante repertorio menorero), estábamos atascados en el medio gas, cuando a partir de la 12ª cambió el panorama. Sucedió justo en el soul-blues 'Te quiero', «de nuestras canciones más bonitas, no la hemos dejado de tocar jamás desde que la grabamos en 1986 dedicándosela a las chicas guapas de Bilbao», introdujo David, que de vez en cuando nos preguntaba de modo inclusivo «¿cómo vamos, chicos?», cuando se supone que su público mayoritario es el femenino.

Y, menos mal, menos amor roto y más alegría y vitalidad. Na partir de entonces se impuso la fiesta y vivimos, gozamos de otro concierto totalmente diferente en la forma y el espíritu: nos dejamos atrapar por el rock and roll ('Indiana'; era la 13ª y ya habíamos logrado avanzar entre la masa, cruzándonos con niños pequeños sentados jugando con móviles y cuadrillas de adolescentes en círculos), ska festivo en plan pachanga guay ('No te escaparás'; era la 14ª y aún intuíamos que Summers no acababa de creer en estas letras joveznas más que retrojuveniles), el trallazo rocanrolero de 'Por qué no ser amigos' (con vocación de himno y bastante coreado sin que se notaran las interrogaciones: «Por qué no ser amigos? ¿Estar unidos? / ¿Vivir sin miedo y en libertad? / ¿Por qué no dar la mano? ¿Ser como hermanos? / ¿Por qué no intentamos vivir en paz?»), y más rock and roll ora a lo Taburete ('Sólo quiero conocerte') ora a lo Chuck Berry ('Suéltate el pelo', con pantallas bailongas y coros y palmas de la peña).

Ya estábamos todos a tono y no nos acordábamos el luengo y plano prólogo. Pero lo que nunca habríamos imaginado fue la erupción del epílogo, bis triple incluido, un pasaje trufado con sus mayores hits, cantados también por los más jóvenes. Pasemos lista: el ska refrescante 'Visite nuestro bar' («Hoy es viernes y las niñas más bonitas te vas a encontrar»; dedicada a sus dos escuderos, el teclista Paradise y el saxofonista Piscinas, que llevan con Hombres G más de 30 años, como destacó en la introducción Summers, que además les tildó de «borrachos impresentables»), 'Marta tiene un marcapasos' (se respiró una interacción perfecta con el respetable milenario, que leía la letra en pantalla), 'Temblando' (la balada en la que David pidió que encendiéramos los móviles y se iluminó toda la explanada), 'Venezia' (con el baterista cantando la introducción tras brindar «por estas chicas guapas y por estos chicos feos, pero simpáticos» y con el gentío coreando comunal, hecho una piña), más el cierre con la que faltaba, 'Sufre mamón / Devuélveme a mi chica', en plan algo ska (con el gran canto transversal, intergeneracional), el colofón de un concierto de 22 canciones en 104 minutos que cursó hacia arriba dejándonos embelesados por el buen sabor. «Sí señor, estos mandan», gritaba un jovezno al acabar el show, todavía aplaudiendo por encima de su cabeza.

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