Una historia interminable

Uno de los momentos de la actuación./Fernando Gómez
Uno de los momentos de la actuación. / Fernando Gómez

Alargadísima y con altibajos la 'Málaga Flamenca' expuesta en una Plaza Nueva donde triunfaron dos calés veteranos: Cancanilla al cante y al baile Carrete, 'El Fred Astaire Gitano'

ÓSCAR CUBILLO

El jueves, el sexto día de fiestas, vivimos el primer concierto insatisfactorio de nuestra Semana Grande particular. Eso que no dudamos a la hora de elegir entre los cuatro principales municipales noctívagos: en el Parque Europa se montaba el tinglado bailongo y sintético nominado 'Aste Nagusi Dance'; en Abandoibarra había fusión trikitilari bastante borroka con Esne Beltza; en La Pérgola tocaba noche de boleros con el grupo santanderino bautizado 'Jueves de Boleros' (sic), que es a lo que quizá deberíamos de haber acudido; y nuestra elección, la fiesta 'Málaga Flamenca' de la Plaza Nueva, que resultó demasiado larga, evidentemente irregular, con transmisión intermitente y recargada de falsos finales porque sobre el tablado se lo estaban pasando bien, de modo ombliguista, aprovechando que estaban entre amigos arriba y la plaza llena a sus pies.

Rezaba la promoción del show: «Un espectáculo de lujo, 'Málaga Flamenca', un amplio reflejo de las distintas generaciones de artistas que conviven actualmente en esta provincia. De la mano de sus más veteranos representantes, Carrete, Cancanilla y Luisa Chicano, y bajo la dirección musical del guitarrista Juan Requena, disfrutaremos de un fiel recorrido por el cante, el baile y la guitarra de esta tierra, de la que hoy brota una nueva hornada de artistas flamencos que pisa fuerte y que está aquí para quedarse».

La mayor pega que se le ha de poner al encuentro fue el de la excesiva duración, la dilatación forzada. Un concierto flamenco no puede durar dos horas y cuarto porque, entre otras razones, el esfuerzo físico provoca que se pierda el vigor físico y espiritual. Por eso tantas veces menguan su impacto y recortan su potencialidad números 1 como Miguel Poveda o José Mercé, o la siempre inestable Estrella Morente. Por algo los encuentros de los Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo suelen ser de una hora. Con una duración tan prolongada el público se cansa y, si la cita es gratuita, se marcha cuando se siente ahíto, que es lo que sucedió con un tropel de espectadores gitanos que hicieron mutis cuando comprobaron que la cita no era para tanto.

En la Plaza Nueva fueron dos horas y cuarto para unas trece estampas flamencas sobre un tablado bastante desnudo, desierto. La primera parte, con los dos elegantes cantaores jóvenes Antonio Luque Cortés, alias ‘Canito’, el rubiales, y José Manuel Fernández Heredia, el moreno, que en cuarteto con dos guitarras, todo a motrollón, ejercieron sobre todo de cantaores de atrás, de acompañante al baile, en una intervención de tres largos cuartos de hora con dilatado baile para turistas, ecos raciales a menudo chillados sin duende (el rubio Canito a la segunda ya se quedó ronco), y algún eco moruno sobre más baile improvisado y estirado. Bastantes espectadores se marcharon porque chispeaba.

Pero hubo un cambio del escenario, durante el cual se produjo un conato de bronca entre el respetable debido a algún paraguas abierto que dificultaba la visibilidad, se puso delante Cancanilla de Málaga (Sebastián Heredia Santiago, Marbella), y a dúo con el toque veterano de Juan Antonio Muñoz, nos salvó la visita con una cima de la cita: «Voy a cantar por soleá, un cante puro, un cante primitivo. Con mucho cariño para todos ustedes, que se no merecen todo». Y cantó de modo más sincero, y atávico, y natural. Ya se aclaraba el panorama y el misterio alcanzó su culmen con la salida a bailar de El Carrete de Málaga (José Losada Santiago, 1941, Antequera), también conocido como El Fred Astaire Gitano o El Monstruo de la Costa del Sol. Y tanto que monstruo: físicamente se parece al abuelo de la familia Monster.

Con el cuarteto más joven de nuevo a lo suyo, o sea chillando, apareció este benemérito caballero con su bastón y cual Bela Lugosi del flamenco colado en el Grand Hotel Budapest danzó magnético mientras la gente le sacaba casi tantas fotos de móvil como la víspera a Escribano cuando recibió a porta gayola al quinto victorino. El Carrete bailaba atemporal y transversal como Tomasito y una bella calé con cara de contenta daba palmas y le miraba con sonrisa arrobada desde su asiento, echada hacia delante. Pero El Fred Astaire Gitano también se dilató en exceso: zapateó, toreó con su chaqueta, lanzó un beso al aire a la parroquia rendida y con un gesto avisó que luego saldría otra vez. «¡Artista!», le chillaban según hacía mutis ovacionado.

El cuarteto de los dos cantaores jóvenes y los dos tocaores se reivindicó en unos potables fandangos salinos, y regresó Cancanilla para otro buen cante, la segunda cima emocionante de la luenga velada, una seguiriya de aire antiguo y pasajes de religiosidad mariana («cómo se llama la mare mía de mi corazón / María, la mare de Dios») que esos comparseros que no se representan ni a ellos mismos no osarían mancillar porque la emite una minoría como la gitana (¿o sí?).

Cancanilla acabó la seguiriya, se levantó, sonrió satisfecho mirando al patio de sillas, y lanzó una bulería también alargada en demasía, con los joveznos de subalternos («mis compañeros, que cantan que quitan el 'sentío'», halagó), y la adornó con bailecitos propios breves, esporádicos y muy salados, muy pintones. Se suponía que se había acabado la cosa, porque los cambios de escenario eran muy bruscos y sin guionizar correctamente, pero hubo un bis y un fin de fiesta con más falsos finales que en una película de terror de serie Z. Primero un tramo atropellado y bastante rumbero con baile con la bata de cola, y por fin la reaparición del Astaire calé, esta vez de blanco ‘La La Land’ para danzar teatral y hasta sentado, liderando varias falsas salidas que hicieron interminable una sesión flamenca demasiado dilatada y en la que se impusieron los veteranos: Cancanilla al cante, Carrete al baile… y Juan Antonio Muñoz al toque.

 

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