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Enara, savia nueva

El pequeño pueblo pirenaico de Mezkiritz acoge como una bendición a su primer bebé después de 22 años sin sumar un solo nacimiento

12.11.10 - 13:10 -
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Enara Zia Murillo, hija de Xabier y Amaia, vecinos del concejo de Mezkiritz, perteneciente al Valle de Erro. / Borja Olaizola
El concejo de Mezkiritz, perteneciente al Valle de Erro. / Borja Olaizola
Enara Zia Murillo, hija de Xabier y Amaia, vecinos del concejo de Mezkiritz, perteneciente al Valle de Erro. / Borja Olaizola
Enara Zia Murillo, con su madre Amaia, en el Valle de Erro. / Borja Olaizola
Un cura de los de antes saludaría la noticia diciendo que la luz ha llegado por fin a Mezkiritz después de más de dos décadas de tinieblas. Un aficionado a la lírica de otras épocas trenzaría unos versos sobre un pedazo de cielo desprendido que se desliza con suavidad por bosques y praderas hasta llegar en forma de bebé a este hermoso rincón del Pirineo navarro. El cronista tiene la obligación de ser más prosaico y limitarse a anotar los hechos: el pasado 5 de octubre nacía en una clínica de Pamplona Enara Zia Murillo, hija de Xabier y Amaia, vecinos del concejo de Mezkiritz, perteneciente al Valle de Erro. La niña (Enara significa golondrina en euskera) pesó 3,120 kilos y midió 48 centímetros. El parto fue algo difícil pero nada fuera de lo normal teniendo en cuenta que la madre era primeriza. Lo que dio al alumbramiento carácter de excepcionalidad fue que Enara es el primer bebé que hay en Mezkiritz desde hace 22 años.
Expuesto ya lo esencial, llega el turno de las impresiones. La primera es que Enara ha tenido suerte: no solo es una criatura preciosa sino que además ha sido saludada por todos sus vecinos –aproximadamente unos cincuenta– como un regalo de los dioses. No pasa un día sin que alguno de los habitantes del valle se acerque al hogar familiar para dar la enhorabuena a los padres y dejar de paso algún presente en forma de peluche o babero. Cuando la familia aprovecha los últimos rayos de sol del otoño para salir de casa, enseguida se forma en torno al cochecito una nube de vecinos que se demoran en carantoñas intentando arrancar una sonrisa al bebé. Para ellos, la mayoría ya entrados en años, Enara es la confirmación de que Mezkiritz ha vuelto a ser un pueblo normal y de que dentro de poco en las paredes del frontón resonarán de nuevo los ecos de las carreras y las risas infantiles que tanto han echado en falta.
Guarda forestal
El temporal ha zarandeado los hayedos que bordean las estrechas carreteras que conducen al Valle de Erro hasta dejarlos sin hojas. Una gruesa alfombra parda cubre la calzada y la hace invisible en los tramos menos transitados. La nieve que a lo lejos salpica las primeras cumbres pirenaicas indica que el otoño toca a su fin. Enara dormita plácidamente en el salón de la casa familiar ajena al clima hostil que se adivina al otro lado de las ventanas. El resplandor de las llamas de la chimenea dibuja sombras juguetonas en su pequeño rostro. Xabier y Amaia dejaron hace un año el caserón de la familia que ocupaban en el centro del pueblo y se mudaron a una casa de nueva planta situada a un centenar de metros. Es una construcción a dos aguas de piedra y madera que no desentona entre los viejos caseríos, muchos de ellos blasonados, que conforman el núcleo de Mezkiritz. Con la familia viven también dos perros pastores –Matxin y Lua–, siete ovejas, doce gallinas, dos pequeños cerdos, veinte pollos y cuatro palomas. Toda un arca de Noé varada en los arrecifes del Pirineo.
Xabier, de 36 años, ofrece un café al visitante y entra en detalles sin abandonar esa sonrisa entre atolondrada y nerviosa que se suele adueñar de los rostros de los padres primerizos. «La familia de mi madre es de Mezkiritz aunque ella se fue a vivir a Pamplona y yo me crié en la ciudad. Sin embargo, el monte siempre me ha tirado mucho y a los 18 años me volví al pueblo. Estuve trabajando en el bosque un par de años hasta que saqué unas oposiciones a guarda forestal y desde entonces estoy en ello». A Xabier le gusta su trabajo y se le nota. Al volante de su coche, un todoterreno ‘pick up’ que lleva rotulado en las puertas el escudo municipal, vigila los hayedos que salpican las primeras estribaciones pirenaicas, incluida la parte oriental del imponente bosque de Quinto Real, y vela por el ganado que pasta en los prados. En verano hace también pequeñas obras en los once concejos que conforman el Ayuntamiento del Valle de Erro con la ayuda de los dos peones que tiene a su cargo.
Amaia tiene 34 años y está resplandeciente en su recién estrenado papel de madre. Es de Pamplona y se vino a vivir a Mezkiritz hace tres años de la mano de Xabier. Trabaja en un hotel de la cercana localidad de Roncesvalles, la más conocida de las dos puertas de entrada a España del Camino de Santiago (la otra está en Somport, en Huesca). Sin abandonar con el rabillo del ojo la vigilancia de su pequeña, cuenta que cada año es mayor el trajín de peregrinos. «Los hay de todo, los que ya están en pie a las seis de la mañana y los que tienes que subir a rescatar de la cama cuando ya es media mañana», sonríe. Aunque está encantada con el pueblo que la ha acogido, Amaia reconoce que de vez en cuando sigue sintiendo la llamada de la ciudad. «Lo bueno que tiene Mezkiritz es que cuando quiero estar con mi madre o con mis amigas me cojo el coche y en media hora estoy en Pamplona».
Enara llegó con dieciocho días de adelanto. «El parto fue algo complicado pero al final todo salió a las mil maravillas», cuenta la madre. El bebé aprovecha al máximo la lactancia materna y prueba de ello es que en un mes ha ganado ya un kilo de peso. «Suele andar a veces algo molesta con los cólicos pero nos han dicho que en un par de meses se le pasa». La verdad es que cuesta creer que tenga espíritu guerrero viéndola dormir plácidamente en su cuna en esta cruda mañana de noviembre.
Invitados a Madrid
Fue el propio Xabier el que se dio cuenta de que su hija iba a convertirse en la primera recién nacida en Mezkiritz en más de dos décadas. «Cuando fui a poner una reseña del nacimiento de Enara en la sección de ecos de un diario local recordé que hasta entonces el más joven del pueblo era un amigo que ya tiene 22 años, así que se lo dije a los del periódico». Desde entonces raro es el día en que no tienen que atender a algún periodista. «Han venido diarios, televisiones, radios..., incluso nos han invitado a participar en un programa de tele en Madrid pero no sabemos si vamos a aceptar porque Enara es aún muy pequeña para el viaje».
En carretera de salida de Mezkiritz sobrevive todavía una vieja señal de tráfico que advierte de la presencia de niños en lo que parece a la vez un guiño irónico a la historia reciente del pueblo y un homenaje a la pequeña Enara. El temporal arrecia y arrastra negros nubarrones desde el otro lado de la cercana frontera. Un violento chaparrón borra los perfiles las casonas, que desaparecen de repente del retrovisor como si hubiesen sido engullidas por la furia de la tormenta. ¿Una metáfora de lo que les espera a las poblaciones sin niños?, se inquieta el periodista. El recuerdo de Enara dormitando al calor de la chimenea hace que desvanezcan los malos presagios. Como diría el cura del principio del texto, el triunfo de la luz sobre la oscuridad.
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