De Iparralde al Viejo Reino

Una escapada otoñal por Saint Etienne de Baigorry y Saint Jean Pied-de-Port antes de fantasear con la Historia por San Martín de Unx y Ujué en la Zona Media

Calle de Saint Jean Pie de Port con pimientos de Espelette./
Calle de Saint Jean Pie de Port con pimientos de Espelette.
PEDRO ONTOSO

Entre el Golfo de Gascuña y los Pirineos Atlánticos se suceden los pueblos con encanto y los valles apacibles, encadenados a puertos legendarios y collados míticos. Pasos que tejen la muga, frecuentados por pastores y peregrinos, y terrazas en las que madura una uva peculiar en suelos que un día cultivaron los monjes. Desde las fuentes en las que nace el Nive hasta donde se abraza con el Adour hay una infinidad de rutas que pasan por villas como Ainhoa y Espelette, Hasparren o La Bastide-Clairence, Saint Etienne de Baigorry o Saint Jean Pied-de-Port. Enclaves que imprimen carácter a Lapurdi o la Baja Navarra.

En el ocaso de este verano interminable tuve ocasión de saborear este territorio. La excusa era un concierto en Barañain de Jorge Drexler, al que acompaña como batería el vizcaíno Borja Barrueta. ¿Y por qué no dar un rodeo por Iparralde antes de llegar a Pamplona? Es cierto que ahora los días son más cortos, que anochece más pronto, pero es cuestión de madrugar un poquito más. Y esta época tiene otros alicientes. Los bosques cambian de color y nos regalan estampas inolvidables, mientras los restaurantes también mudan sus cartas con los productos de temporada.

El itinerario es caprichoso. Bilbao / Vitoria, San Juan de Luz y Espelette, primera parada de la ruta. Enseguida llaman la atención las casas, rojas y blancas, con las sartas de pimientos colgadas de los balcones sobre las fachadas. El pimiento rojo seco es un producto protegido por la denominación de origen y merece la pena comprarlo. También acercarse hasta la iglesia de San Esteban, una fortaleza con grueso muros del siglo XVI. Está un poco más alejada del centro, pero es un enclave tranquilo en una zona verde junto a un pequeño riachuelo. En su interior destaca un retablo y los tres pisos de galerías de madera, marca de los templos de toda la zona vascofrancesa (el de Gethary es espectacular, con imponentes vistas desde la última galería).

En el cementerio que rodea la iglesia destaca, además de las estelas funerarias, la tumba de Agnés Souret, la primera Miss Francia de la historia (1920). La joven murió a los 26 años durante una gira por Argentina y su madre vendió todo lo que pudo para repatriar su cuerpo y enterrarlo en Espelette. También es la cuna del cardenal Roger Etchegary, que prestó grandes servicios al Vaticano tuvo mucha influencia en el 'lobby vasco' como enviado especial en misiones muy delicadas a zonas de conflicto.

Comida en el Arcé

La mesa y el mantel los teníamos apalabrados en Sant Etienne de Baigorry. En casa Arcé, un emblemático destino ubicado al pie del paso de Ispeguy, que enlaza con el valle del Baztán. Pascal Arcé está al frente del negocio -hotel y restaurante-, por el que han pasado ya cinco generaciones. Dispone de varias habitaciones que dan al río y una piscina al aire libre, oculta entre cañas y camelias. Es un rincón encantador, tranquilo, muy tranquilo, apropiado para escapar de la ciudad y sus tensiones. El comedor se encuentra sobre el río, junto a un puente rodeado de sauces y naranjos.

El Arcé es una institución a la que peregrinan los amantes de la cocina. David de Jorge habla maravillas de este templo gastronómico, que ofrece una carta muy refinada. Por ejemplo, el foie de pato frío al Jurançon, las vieiras salteadas con hongos, la trucha asada con risotto de espárragos o el cordero y la ternera lechal. Todos son 'produits du terroir'. En los postres, además del obligado 'gateau basque' o la cuajada con merengue fresco, sobresalen los quesos de la zona. Se pueden tomar con mermelada de cerezas negras, un emblema gastronómico de la cercana Itxassou. A partir de ahora hay que asegurarse de que el restaurante está abierto, pues suelen cerrar a mediados de noviembre. Si es así, apúntenlo para la próxima primavera. Seguro que no les defrauda.

El vino merece un punto y aparte, porque la zona ofrece unos caldos especiales de las viñas de Irouleguy. Probamos un blanco Mignaberry de 2003, muy afrutado, que entraba solo. También un tinto Omenaldi, más recio, pero con mucho aroma. Los productores de esta tierra exhiben con orgullo sus vinos de montaña, criados con cariño en terrazas y espalderas. Las órdenes monásticas de Roncesvalles impulsaron el cultivo de estos vinos, agrupados hoy bajo una denominación que está teniendo éxito. Se pueden conocer las bodegas, que ofrecen visitas y catas. En las laderas del Jara y el Arradoy sobresalen los viñedos, que también se pueden recorrer, por ejemplo, a caballo.

Antes de abandonar San Etienne de Baigorry resulta agradable pasear por el pueblo, cuna de Jean Haritxelhar -fue presidente de Euskaltzaindia- y Aurelia Arkotxa, lingüista y poeta, miembro de número de la Real Academia Vasca de la Lengua. Desde la iglesia de San Esteban, que cuenta con un luminoso retablo barroco y un órgano del taller Rémy Mahler de Alsacia, un camino discurre junto al río -es habitual ver a los pescadores en mitad del cauce- hacia el puente romano, con un parque muy cuidado en el que los vecinos juegan a la petanca. Al otro lado destaca la fortaleza de los vizcondes de Etxauz.

A media tarde nos plantamos en Saint Jean Pied-de-Port (Donibane Garazi en euskera), una ciudad medieval por la que atraviesa el Camino de Santiago. Muchos inician en las empedradas calles de esta villa una ruta que acabará en Compostela. El ambiente del verano se relaja mucho en esta época, lo que agradecen los peregrinos para sumergirse en su interior y mentalizarse para lo que les queda por delante.

Nos desviamos unos pocos kilómetros para dormir en Esterencuby, una pequeña aldea encajonada entre montes y arrullada por el río que desciende en busca del océano. El hotel Andreinia, frecuentado por pescadores, cazadores y montañeros es una buena opción. El menú es más rústico, pero hay productos de la zona, como la trucha y la anguila.El amanecer, entre blancos de niebla y rebaños que pastan en las laderas, impregnan este apartado enclave de una atmósfera especial, que en algún momento evoca las aldeas de la Selva Negra. Hay muchas rutas y senderos del GR10.

Gótico francés y migas

Abandonamos Francia camino de Pamplona. La subida por Valcarlos a Roncesvalles tiene algo de mágica. Grupos de peregrinos, a pie o en bici, se esfuerzan por hacer cumbre en el serpenteante puerto hacia Ibañeta, antes de adentrarse en bosques frondosos de hayas, castaños y abedules. El perfil de la colegiata, ejemplo navarro del mejor gótico francés, aparece y desaparece entre la niebla, cada vez más cerrada. Cerca está Burguete, un pueblo con carácter.

Antes de llegar a la capital navarra surge la oportunidad de visitar el Museo Oteiza y no la desaprovechamos. El espectacular recinto se levanta en lo alto de Alzuza, un palomar que le gustaba al artista de Orio. Está muy bien montado y atendido. Los videos, las 1.650 esculturas, las 2.000 piezas de su laboratorio, sus manuscritos, los libros de su biblioteca, su despacho... ayudan a comprender la personalidad arrolladora de uno de los creadores más importantes del siglo XX. Genio y figura. Parada obligada en Pamplona y recorrrido agradable por sus rincones. Comida en Casa Manolo, un restaurante 'de toda la vida' en el que ofrecen unas alcachofas con almejas y un ajoarriero que levantan la boina. La información privilegiada de mi compañero Alberto Ayala fue fundamental. Anotenlo en su agenda. El concierto de Jorge Drexler dentro de su gira 'Bailar en la cueva' fue un rotundo éxito.

Camino de la Zona Media, tierra de buenos vinos. San Martín de Unx también es un pueblo tranquilo. Conozco gente que ha decidido instalarse allí para el resto de sus vidas. Vestigios romanos y medievales salpican sus callejuelas, que culminan en la iglesia de San Martín de Tours. Una joya del románico navarro. Los detalles y los secretos nos lo detalla un guía del pueblo, que se viene arriba en la cripta del siglo XII: las columnas y los capiteles decorados son de una extraordinaria belleza. Las mismas sensaciones se sienten en Ujué, otro pueblo medieval rematado con un templo fortaleza dedicado a Santa María de Ujué. Entre los pasos de ronda y las torres almenadas se cuela el olor a migas y a almendras garrapiñadas. Hay que probarlas. En Tafalla, sobre los manteles de El Túbal, todavía queda tiempo para rememorar historias del Reino de Navarra, de Carlomagno y el poder carolingio, de los dominios musulmanes en las riberas del Ebro, de la Marca Superior -la frontera- y del linaje de los Banu-Qasi, una historia que conocí y me cautivó en un paseo por las juderías de Tudela.

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