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Recolectar arañones para elaborar nuestro propio patxaran resulta más divertido si el camino finaliza en un castillo roqueño con unas vistas de vértigo
05.10.09 -
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Astúlez. Valdegovía (Álava). La ruta de la endrina
Endrinas, moras, avellanas, castañas, bellotas, setas.... son los sabores del otoño y nos recuerdan nuestra vinculación a la tierra. Antes que cazadores y agricultores fuimos recolectores, y algo queda en nuestro interior que nos lleva a coger todo lo que pueda mitigar el hambre. En Álava, un territorio agraciado con una gran biodiversidad por la altitud, sus bosques inundan de frutas salvajes el paisaje antes de la caída de la hoja. De todos estos manjares naturales, las endrinas (Prunus spinosa) se han incorporado a la dieta gracias a la influencia navarra. Aunque en la mayor parte de los montes vascos se encuentra el fruto, el parque de Valderejo y su área de influencia es una de las zonas más productivas y allí nos hemos ido.
Concretamente a Astúlez, una aldea rodeada de montañas y abierta al valle del Tomecillo (Valdegovía), donde conviven su impresionante historia, una iglesia románica y un castillo. El paseo comienza junto a la fuente-abrevadero-lavadero donde se puede aparcar. Tras ascender unos metros, embocamos la calle Real y seguimos el camino hacia Mioma, Valpuesta y el castillo. El suelo está lleno de avellanas. Uno de los placeres de venir a estos lugares, destino de carreteras secundarias, es que puedes arañar sabores perdidos, aunque nunca hay que abusar.
Un grupo de buitres leonados sobrevuelan nuestras cabezas. Son autóctonos. Sus nidos, hasta cinco se han contabilizado, están en los riscos del monte El Raso que rodea al pueblo. El camino, amplio y fácil, va tomando altura mientras dejamos a nuestra izquierda el barranco de un río que baja seco y un bosque mixto de quejigos, robles, fresnos, arces y pinos silvestres. Una escombrera datada en la Edad del Hierro nos recuerda que estas tierras ya estaban habitadas hace mucho tiempo.
Un refrán popular dice que «año de mucha harina, año de poca endrina». Así lo constatan Yolanda Sobrón, nuestra guía y excelente recolectora, y los vecinos del Valle de Losa que suelen venir a Valdegovía en busca del preciado fruto negro-azulado. «Tampoco hay ciruelas. Se han debido helar», dicen. A izquierda y derecha se ven muchas plantas, pero pocos frutos. «Hay que esperar a la primera helada y recogerlos en su sazón, algo maduro y arrugado», explica la experta.
A los diez minutos, el sendero se bifurca. De frente hacia Mioma y a la derecha hacia el castillo, al que nos acercamos en poco más de un cuarto de hora. Es como la proa de un barco de más de 50 metros de longitud, sobre un promontorio con paredes de roca verticales y murallas de piedra. Sólo es accesible por la zona sur. Lo rodeamos siguiendo las agujas del reloj. En esta parte del camino hay que tener cuidado: el suelo es terroso y está en pendiente.
Ruta de la sal
Un pasadizo estrechísimo evoca las extremas condiciones en las que vivían y las alternativas que tenían los defensores para escapar de un asedio. Fue construido en la Alta Edad Media, en el siglo X. Sirvió de refugio, defensa y vigilancia de la ruta del interior hacia la costa y controlaba el camino hacia Valpuesta (Burgos), sede episcopal donde se han descubierto los textos más antiguos escritos en castellano. Aun quedan en pie los restos del torreón, varios ventanales y un pozo. Las vistas son impresionantes.
A nuestros pies, se abre el valle y la carretera del Señorío que une Bilbao con Pancorbo por Orduña. Los buitres vuelan a nuestra altura. También se ven los pueblos de Osma, Fresneda y Cárcamo y la sierra de Arkamo, tierra de lobos. A finales del siglo XIV, la familia Sarmiento era propietaria del castillo, que servía para controlar una de las rutas del transporte de la sal, que ellos tenían como negocio en Salinas de Añana y Salinillas de Buradón.
Tras el descanso podemos bajar hacia Astúlez, donde nos detenemos en la iglesia de San Millán, que presenta un románico primitivo del siglo XII. Sus dos ventanales son un delicia, especialmente los capiteles en los que se ve una escena de pesca: dos cabezas sostienen un remo y debajo del barco hay una red con un pez.
El trayecto completo no supera los 45 minutos, más el tiempo que nos entretengamos en coger las endrinas y las moras que se ofrecen en este tiempo con mayor abundancia que la baya del patxaran.

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