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Restaurante Muguruza (Pasai San Pedro). Pescadito en Falcon Crest
Salmonetes y calamares, especializades del Muguruza. Foto: Lobo Altuna.
Rozando la puerta de la taberna Muguruza pasan temporales del demonio y sopla un vendaval que hace que todo se vuelva noche mientras truena y en los braseros del pueblo se reza para que los pescadores regresen sanos y salvos. Existe en el lugar una pequeña ermita consagrada a Santa Ana en la que se conservaron, según la leyenda, parte de sus huesos. Aún hoy se dice «A Santa Ana va muerto, quien no va de vivo», pues se piensa que los que no van en vida lo harán muertos en forma de lagartija, y por eso, si comen en Muguruza, tengan cuidado de no pisarlas si se las cruzan, no vayan a lastimar a alguien.
Uno puede estar pimplando su trago de vino en la taberna de María Luisa Arregi, a la que también llaman Falcon Crest, y ver entrar al capitán Cornelius Patrick Webb con su cofre del tesoro, aunque mejor será beber agua para que la magia negra de Bartolomew Sharp, otro pirata pata palo, convierta nuestra imaginación en simples profesores de universidad, prejubilados o currelas que acuden a almorzar bien de mañana: mientras algunos le damos al café, el zumo y la tostada, otros se empujan unas albóndigas, carne guisada o ajoarriero, ¡envidia sana!, si pudiera desayunaba hígado encebollado con patatas, ¡qué hambre!
Cuenta Santiago Aizarna que por allí cerca anduvo Víctor Hugo, hipnotizado al ver en el horizonte cómo el sol era tragado por el Cantábrico. Y en una carta enviada a su hija mayor, Leopoldina, describe la casa en donde se aposenta, «estoy en un ancho balcón que da sobre el mar. Me hallo acodado en una mesa cuadrada cubierta con un tapete verde. Tengo a la derecha, mi dormitorio. A la izquierda, la bahía. Rodea a ésta una sucesión de colinas, cuyas ondulaciones van perdiéndose en el horizonte».
Hoy hubiera almorzado en el local en el que Loli y María Luisa guisan y fríen pescado de bandera, con aceite de oliva bueno y limpio, al momento, ¡et voilá!, reserven mesa y estén allí el día acordado; Maite les atenderá con mucho desparpajo, sin que falte pan y bebida, atenta para que la fritura llegue hasta la mesa, «las raspas de los platos a las fuentes vacías y a chupar cubiertos», nos advierte, pues practican con acierto el reciclaje de mesa; tras una ensalada y anchoas con ajitos, aterrizan soldaditos o acedías de cortar el hipo, lenguaditos muy pequeños retorcidos sobre la bandeja; luego, rape pequeño, lo que en Asturias llaman fritura de pixín, y salmonetes fritos bien churruscados, para comerles ojos y mofletes y lo que se tercie, ¡cras!, ¡cres!, ¡cris!; el cohete final de fiestas tiene forma de calamares o rabas, como se estilan en las mejores haciendas cantabronas.
En los siete días que Víctor Hugo pasó por ahí cerca, fue asistido por una mujer y sus dos hijas, que le procuraron opípara cocina, «ostras arrancadas de mañana en las rocas de la bahía, sopa seguida de puchero con tocino y garbanzos, merluza frita, lubina, pollo asado...». ¡Pidan postre!, tarta al whisky perfumada, queso, trenza hojaldrada, cafés y copas servidas sin idioteces. ¡Dios bendiga Falcon Crest!
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