El Correo

«Cada vez que mi hermano entraba en una cueva, asumíamos que había un riesgo»

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Miembros del grupo de rescate se preparan para bajar a la cueva. / Luis Calabor

  • La familia de José Gambino, el espeleólogo fallecido en Galdames, destaca su pasión por el deporte y su dedicación al grupo de tiempo libre Alaiki

Digna Loureiro abre la puerta de su quinto piso en la calle Cotillo de Santurtzi muy afectada por la dura noticia de la muerte de José Gambino, de 37 años, el menor de sus hijos. La alcaldesa Aintzane Urkijo ya les ha llamado para trasladarles su pésame. Le acompañan sus otros dos vástagos, Javier y Víctor, de 44 y 39 años, además de Cristina, la mujer del primero, y Uxue, hija de ambos. Una antigua foto de gran tamaño en la que aparecen los padres y los tres hijos de jóvenes preside el salón.

Víctor cuenta que la Ertzaintza, en compañía de un amigo de José, se personó en la vivienda para notificar el hecho luctuoso. Su hermano era un apasionado de la espeleología, y recientemente había visitado México para disfrutar de esta disciplina. Encontró la muerte de forma inesperada en una cueva de Galdames cuando se le desplomaron toneladas de piedra sobre él. «Mezclaba las vacaciones con su hobby. Creo que se aficionó cuando estudió Geología», anota Javier.

Para su hija Uxue, apunta su mujer, era «el tío que pasaba el tiempo en las cuevas. Le traía un regalo de los lugares que visitaba». Pero evidentemente no se trataba de un hobby cualquiera, y en la familia lo tenían presente. «Asumías que cada vez que se adentraba en una cueva había riesgo», afirma su hermano mayor. Revela, por otra parte, que cuando se originó la polémica en torno al cobro de los rescates en montes o cuevas, José se mostró «indignado. Decía que, aunque tuviesen apoyo de Ertzaintza o Cruz Roja, los que realmente se exponían eran los voluntarios». Ayer solo deseaba que pudiesen sacar el cuerpo de la cueva de Galdames donde su hermano menor perdió la vida, aunque esa tarea todavía va a tardar en cosumarse.

Su familia le define como un chico «noble y reservado. Solía andar con el ordenador centrado en temas relacionados con la espeleología». Era, además, un joven deportista. Y permanecía muy en contacto con gente con la que compartía afición. En la casa familiar, donde residía, destacan que estuvo muy involucrado en el grupo de tiempo libre Alaiki, con sede en la cercana calle Fundación Hogar.

Querido por los niños

El presidente de esta entidad, Iván Villalba, ensalza la figura de José: «Cuando ingresé de pequeño, él ya era monitor. Era muy querido por los niños, pero sobre todo recuerdo su implicación para resolver necesidades del colectivo. Por ejemplo, asistía a las reuniones con el Ayuntamiento para la instalación de las txosnas en fiestas. Echaba una mano en todo lo referente a organización». Según Villalba, incluso tras dejar el el club, «hace ocho o nueve años, asistió más de una vez como monitor ante la falta de personal a las colonias».

Los vecinos también le recuerdan como una persona «amable». Juan Ángel Zamanillo evoca sus últimos minutos con José el día anterior. «Escuchó que abría el portal y me esperó en la puerta del ascensor». Esgrime, a su vez, el vínculo con Alaiki, e indica que José siempre solía vestir con ropa «de monte». Su vecina Ana Fernández, que desconocía los hechos, desveló que cuando, al salir hacia su trabajo a las 7.45 horas, se cruzó con los hermanos de José «pensé que le podía haber pasado algo quizá a su padre, Carlos».

Se trata de una familia unida, y ayer esperaban en el portal muy afectadas dos cuñadas del matrimonio, casadas con sendos hermanos de Digna, y residentes en la zona. A José no le conocían más que de vista en los bares del barrio, ya que no era de alternar. Sí, en cambio, a su padre, que suele recorrer estos locales principalmente con una cuadrilla de amigos gallegos. Uno de ellos relata que lleva 57 años en Santurtzi, y que conoció a Carlos en Kabiezes, pese a que «somos de pueblos gallegos vecinos». En la línea de otros vecinos, no pensó al escuchar la noticia de la muerte de un santurtizarra que la desgracia le tocaría tan de cerca, y mientras lo cuenta derrama lágrimas sinceras.

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