Un movimiento estratégico

Los representantes de Al Fatá y Hamás, tras firmar el acuerdo /
Los representantes de Al Fatá y Hamás, tras firmar el acuerdo

Israel cancela el proceso negociador con los palestinos solo 24 horas después de que se anunciara un proceso de reconciliación política y unidad nacional entre Al Fatah y la facción islamista, Hamás

ENRIQUE VÁZQUEZMADRID

Israel anunció el jueves que cancela el proceso negociador con los palestinos solo 24 horas después de que se anunciara un proceso de reconciliación política y unidad nacional entre Al Fatah (que controla la llamada Autoridad Palestina o Gobierno interino en parte del territorio ocupado) y la facción islamista, Hamás, (acrónimo de Movimiento de la Resistencia Islámica).

El argumento del Gobierno israelí calcó ayer el del primer ministro, Benjamín Netanyahu, quien dijo que Israel no puede negociar con quien no lo reconoce y lo tiene por ilegítimo y horas antes ya había exigido al líder oficial palestino, Mahmud Abbas escoger entre la paz y Hamás. Todo esto es lógico y el primer argumento, inatacable, pero es también formal, la oficialización de un proceso político en gran parte secreto que solo puede entenderse bien si se atiende a su principal condición: el calendario.

En efecto, lo sucedido sucede ahora no por casualidad sino cuando quedaban exactamente seis días para que concluyera el tiempo negociado y aceptado en su día: el 29 de abril debería haberse alcanzado al menos un primer acuerdo-marco, según preveía el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, quien viajó a Israel una docena de veces y se dotó de un adjunto especializado, Martin Yndik (ex embajador en Israel) para intentar el milagro de un Tratado de paz en toda regla entre Israel y los palestinos.

Preguntas obligadas

Lo primero a dilucidar es por qué ahora sí y antes no, pese a que la negociación ha estado rota de hecho varias veces sobre todo cuando Israel ha ido anunciando nuevas construcciones en los territorios ocupados (considerados como colonias ilegales por todo el mundo y, en primer lugar, por la ONU).

El calendario lo explica de nuevo si se acepta que, en realidad, lo único que intentó y consiguió la parte israelí fue comprar tiempo para demorar lo que más teme, que no es el terrorismo armado, sino la acción política y diplomática de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), que hábilmente está ganando la batalla jurídica y desde 2012 ya dispone de un status de Estado-observador en las Naciones Unidas, que prefigura el de miembro de pleno derecho tras un voto de la Asamblea General que midió a la perfección la percepción internacional sobre el particular: 138 votos a favor, nueve en contra y 41 abstenciones.

Israel acusó el golpe y comprendió el problema: sin disparar un tiro, la resistencia palestina convierte poco a poco a Israel en el ocupante del territorio de otro Estado de la ONU y puede recurrir a las instancias internacionales para denunciar la situación. Hace solo una semana el gobierno palestino, visto que la negociación se dirigía a su fin sin nada útil, anunció que había presentado las solicitudes propias para su ingreso, que obtendrá sin ninguna duda, en una quincena de instancias internacionales incluyendo lo que más teme Israel: la Justicia penal internacional.

El papel de Washington

Salvo cambio radical, es un escenario probable que un general israelí o un ministro no pueda viajar tranquilo porque al aterrizar en un elevado número de países un modesto guardia puede detenerle. Lo de Pinochet en Londres fue un precedente. Israel, además de verse así en el lado malo de la historia y en la actitud poco honorable de ignorar a las Naciones Unidas que le dieron vida con la partición de Palestina en 1947, debe hacer frente a la creciente campaña conocida con la sigla BDS (boicot, desinversión, sanciones) que denuncia al Estado en todo el mundo y pide su aislamiento.

Los Estados Unidos, es sabido, son el aliado principal de Israel y su escudo militar, pero el fracaso de todos los presidentes, incluido el honorable esfuerzo de Bush con la Conferencia de Annapolis, en resolver la cuestión palestina ha cansado a una administración tras otra y la de Obama, un presidente desinhibido no solo porque hace lo que cree justo y bueno para su país, sino porque no aspira a la reelección, decidió un último esfuerzo.

La cancelación del proceso negociador es unilateral (solo de Israel) y si se atiende bien al texto y el tono de la declaración del Departamento de Estado sobre lo sucedido se advierte una fuerte diferencia con el criterio israelí. Washington reitera que Hamás debe reconocer a Israel y renunciar a la violencia pero no denuncia ni descalifica el proceso de reconciliación.

Cuando un dirigente islamista, Abu Marzuk, se dirigió a Gaza el lunes desde El Cairo y dos días después anunció por sorpresa el reencuentro no se había producido un milagro en el tiempo récord de 48 horas y todo estaba verosímilmente arreglado. No es muy temerario suponer que John Kerry estaba al corriente del paso que Abbas iba a dar y aunque es más aventurado no es descabellado suponer que el Hamás podría anunciar en breve que, en efecto, reconoce a Israel en las fronteras del 67 y se une al consenso literalmente internacional de la solución con dos Estados y en tales fronteras ¿Qué ocurrirá entonces? Israel no devolverá la anexionada Jerusalén oriental, la Autoridad Palestina será disuelta y el Estado sionista será el ocupante ilegal a cargo de todo y estará en la picota internacional.

Todo esto es lo que hay detrás del gran movimiento táctico y, en realidad estratégico, de la OLP: convertir a Israel en la Sudáfrica, la del apartheid, en el Oriente Medio. Una situación insostenible