El mejor libro del mundo

Casetas de la 73 edición de la Feria del Libro de Madrid./
Casetas de la 73 edición de la Feria del Libro de Madrid.

Cada día se publican millones. Solo una ínfima parte es leída. Lo que, en su mundo, viene a ser no vivir. Por eso, los que hoy les traigo, son de alguna manera afortunados. Se ganan la existencia haciendo lo que nunca imaginaron o desearon

JON URIARTE

Nunca nos acordamos de él. Da igual que estemos inmersos en su Feria. Y, sin embargo, es el mejor libro del mundo. Porque solo alguien excepcional puede hacer algo así. Sobrevivir haciendo de todo, menos aquello para lo que fue creado. Pertenece al grupo de los libros que jamás fueron abiertos. No tiene autor, ni título concreto. Pero es muy probable que se encuentre cerca de usted. Quizá en su casa. A su lado. ¿No lo ve? Fíjese, es ese que está ahí y jamás llegó a abrir. Yo mismo tengo otro en algún lado de los rincones de mi vida.

No, no hablo de aquél de matemáticas de 1º de BUP que jamás supe qué contenía. Cuando llegaba junio estaba más nuevo que en septiembre. Hablo de otros libros. De los que fueron elegidos cual extras de Ben-Hur, para llenar las estanterías altas del salón de nuestros padres. Todos del mismo color y tamaño, cara seria y solapa sobria. Algunos llegaban en lotes. Otros lo hacían por lucir aire de enciclopedia o de alabado compendio literario. Siendo ejemplares de espíritu castrense, tenían más de soldado raso que de aventurero de postín. Pese a todo intentaban lucir dignos desconociendo que habían sido comprados, simplemente, por hacer juego con el papel de la pared. En mi casa les acompañaba una colección de Salvat, donde la fauna de Don Félix dormía el sueño de los justos. Otras veces era un regalo envenenado del banco o de la caja de ahorros, por domiciliar la nómina. Vajilla de abuela o libros. Y elegías muerte, para evitar susto. Llegaban en grupo y eso, quieran que no, les ayudaba a sobrellevar el ostracismo. En cambio los lobos solitarios...

La edición del Quijote, tapa dura y tamaño Pau Gasol, vivía solo, abandonado. Era habitual encontrarlo tras el busto de alguien que podía ser Goya, Beethoven o un señor de Murcia, porque no se parecía a nadie. Pero en casa se le tenía cariño y aquello no se tocaba. Con el tiempo tendía a despatarrarse por la parte baja o a ladearse, haciendo la caidita de Roma. Cuando no era el hijo de Cervantes, podía ser una Biblia, que no la habría sostenido ni Perurena, un libro sobre escudos heráldicos, el Atlas, la historia de Euskal-Herria o algo similar, con mucho poso y respetado por la familia. De alguna manera eran los elegidos. Y, paradojas de la vida, era ese precisamente su castigo. Pero si hablamos de libros sufridos...

Hay uno que lo aguanta todo. El halterófilo. Equilibra cama, armario o mesa del salón cuando se abre en nochevieja para que quepan los cuñados y siempre cojea. Además de vivir bajo presión recibe patadas. Hay de dos tipos. Uno de puesto fijo, que nunca abandona la pata. Y otro alternativo, que lo hace porque hay banquete y mañana le tocará a otro. Aunque no lo crean les hace ilusión abandonar un instante la manada. A falta de ojos que repasen, buenas son manos que agarren. Por lo general no son gruesos. Poseen el tipito justo y necesario para cubrir espacio entre el suelo y la pata de turno. Si son de tapa blanda mejor. Se adaptan más fácil. En cambio aquellos que nacieron como regalo no deseado...

Como el libro de cumpleaños. Aquél de "vidas ejemplares" o de títulos tan empalagosos como carentes de emoción que sabía, antes de abandonar la imprenta, que nació para ser estorbo. Tras ser entregados, los infantes los mirábamos unos segundos. Los justos para que no nos echaran bronca por dejarlos a un lado y seguir jugando con el balón, la muñeca o las agujas del nuevo reloj. Ahora que los regalos son más abundantes y potentes no quiero imaginar su cruel destino. Y es que hay tantos libros que nunca serán abiertos...

Cada día se publican millones. Solo una ínfima parte es leída. Lo que, en su mundo, viene a ser no vivir. Por eso, los que hoy les traigo, son de alguna manera afortunados. Se ganan la existencia haciendo lo que nunca imaginaron o desearon. Pero mejor eso que nada, dirán ustedes. Y puede que así sea. Al fin y al cabo poca gente hace lo que soñó. Pero, precisamente por eso, quiero reivindicar el Día Internacional de los libros jamás leídos. Esos que están en nuestro entorno y ni siquiera tienen su "Cementerio de libros olvidados". Quizá porque, en el fondo, siguen vivos. Siguen esperando a que los abramos y descubramos las huellas negras sobre el manto blanco. Y así, alguien se decida a seguirlas. Solo por eso, merecen respeto. Además, ¿algún libro electrónico aguantaría la pata de un armario? ¿Lo pondríamos entre dos figuritas? ¿Luciría bajo el cristal de una mesa? ¿Se uniría a otros para hacer montaña y servir de escalón? Imposible. Hay cosas para las que solo vale un viejo, clásico y olvidado libro. Con su tapa, su papel y su tinta. Y hoy, están esperándoles en la Feria.