Así se vive en primera persona la subida a Estíbaliz

Corredores durante la prueba./Jesús Andrade
Corredores durante la prueba. / Jesús Andrade

ELCORREO participa en una de las pruebas más importantes del calendario de los corredores alaveses

Gabriel Cuesta
GABRIEL CUESTA

Uno de los miembros de la organización lanza el aviso. «¡Un minuto!», grita. Estoy debajo del arco de la salida de la subida a Estíbaliz y, a lo lejos, puedo ver la iglesia de San Prudencio, esa espectadora de piedra privilegiada que siempre presencia el pistoletazo de salida desde Armentia. Siempre se siente un cosquilleo en el estómago antes de una carrera. Y si es la primera vez que te enfrentas al recorrido aún más. Si aún no ha participado en una de las citas marcadas en rojo en el calendario de cualquier corredor alavés, quizás este reportaje le ayude a hacerse una idea de las sensaciones que se respiran en esta prueba.

Hasta ahora nunca me había calzado las zapatillas para superar el reto que supone subir hasta el santuario románico desde Armentia, un recorrido de 15.150 metros con 100 de desnivel que he afrontado con ilusión, pero también con respeto. El perfil de la carrera invita en un primer momento a ser cauto, con esa pequeña inclinación que poco a poco te va desgastando y haciendo que aparezca un hormigueo en las piernas. El primer kilómetro, sin embargo, es todo lo contrario. Nada más darse la salida los corredores salen con ímpetu para intentar arañar unos segundos al cronómetro que luego se irán erosionando con el desnivel. Dejo a mi izquierda el arco de San Prudencio y hago lo propio. Alargo la zancada y disfruto de la bajada. Me dejo llevar y consigo evitar el viento juntándome a un grupo de corredores que van a buen ritmo.

Después tomamos la calle Maite Zuñiga, Zumabide e Iturritxu. Luego nos esperaba un tramo de la A-2130. Ahora toca saber gestionar las fuerzas. Justo en el tramo final de la carrera, en los últimos 500 metros, hay un repecho que te saca el aire de los pulmones. Así que es importante llegar con un poco de gasolina en el depósito. Los primeros seis kilómetros son llanos y muy llevaderos. Ideales para coger ritmo y buenas sensaciones. Y poco a poco la carrera se va estirando. Es a partir de Otazu, donde se encuentra el primer punto de avituallamiento, cuando comienza a notarse esa leve pendiente que va poco a poco minando las fuerzas.

El asfalto da paso a la grava del camino de la famosa 'Vía verde', la que fuera en su día la antigua vía del ferrocarril Vasco-Navarro. Y, de golpe, uno se sumerge en la naturaleza. Un pequeño sendero escoltado a ambos lados por árboles resulta la antesala a un paisaje envidiable. Pasamos el puente de madera y me adentro en una explanada imponente. Solo las montañas y el santuario, a lo lejos, interrumpen una llanura verde que ocupa todo mi campo visual. El cielo es muy azul, no hay ni una nube, y el sol brilla con fuerza. No hace ni frío ni calor, unas condiciones ideales para correr.

Llego al décimo kilómetro con buenas sensaciones. Aprovecho para dar dos tragos de agua cortitos para intentar hidratarme en el avituallamiento de Aberasturi. Me refresca y se agradece, porque comienza a hacer más calor que a primera hora de la mañana. Atravieso el túnel que pasa por debajo de la carretera y después de tomar una curva a la izquierda ya veo cerca el santuario. Apenas quedan tres de kilómetros y me veo con fuerzas, así que decido subir el ritmo.

Cuando llego al último kilómetro, comienzo a escuchar ruido. La gente espera desde el parking del santuario, a 500 metros de la meta, para dar un último aliento a los corredores con gritos de ánimo. «¡Ya está! !Ya lo tenéis!». Empujan y rompen la tranquilidad del día a día en los alrededores de la relajada vida monacal del santuario. Llego a la cuesta más pronunciada, la última curva antes de enfilar a la meta, y piso el acelerador para ganar un par de posiciones a tres compañeros que llegaban con lo justo. Ya veo la meta y la atravieso con un tiempo de 1 hora y 52 segundos. Puesto 47 de los 671 corredores -había casi 800 atletas inscritos- que han cruzado la meta. Voy a la zona de avituallamiento para coger fuerzas y observo el santuario de Estíbaliz. Reto conseguido.