Vidas a ritmo de acorde callejero

Los hermanos Mikel y Josu, Frankie Windmill y Gato interpretan cíclicos conciertos para amenizar las extresadas jornadas del día a día. / Reportaje fotofráfico: Igor Martín

Están ahí y nos paramos a escucharles, pero no sabemos quiénes son. EL CORREO sigue a tres artistas que amenizan el paseo por el centro

Jon Ander Goitia
JON ANDER GOITIA

En la calle. En un rincón cualquiera de la ciudad por el que a diario transitan miles de personas, músicos anónimos deciden «levantar» su exiguo puesto de trabajo. Se valen de guitarras, cajones o saxofones para crear melodías que combaten los ruidos de coches, tranvías y obras. Los molestos sonidos de la ciudad. Actúan en solitario o en grupo, interpretan cíclicos conciertos con la funda del instrumento a sus pies, colocada de tal forma que invite a echar una moneda. Para algunos, la música callejera es su única fuente de ingresos y cada día rezan para que ningún imprevisto les impida salir de casa y tocar un día más.

¿Es vocación o necesidad? «De la música en la calle no se puede vivir», contestan los artistas que han abierto sus acordes para EL CORREO. Las monedas no sobran, está claro, pero algunos utilizan la vía pública como «puente para alcanzar otros proyectos musicales» y darse el gustazo de «dar vida al estresado día a día que envuelve a la ciudad».

Desde hace dos años, las calles del centro se han convertido en el punto donde a diario –si la climatología se lo permite– se coloca Francisco Molina, popularmente conocido como 'Frankie Windmill', la traducción literal de su nombre al inglés. «Antes era hostelero en Granada, pero me quedé sin trabajo con la crisis. Tocaba la guitarra, por lo que durante tres años decidí obtener las licencias para actuar en la calle», recuerda Molina. Hace dos llegó a Vitoria. Su mujer encontró un puesto de trabajo y aquí desenfundó su guitarra.

«Es una forma de vida en la que vas día a día y moneda a moneda», confiesa Molina desde su atalaya de la veteranía, cinco años a pie de calle. Sus jornadas son de cinco horas, en las que interpreta temas de Blind Boy Fuller, Hank Williams o Dallas String Band, rock clásico, sonido añejo. «Si el día ha sido bueno, puedo volver a casa con 50 euros. Los malos no llegó a 30», relata. «Lo justo para pagar un piso en alquiler, la ropa y la alimentación. Pero prefiero estar tocando en la calle a tener un trabajo mísero».

Jesús Rodríguez, artísticamente conocido como «Gato», también hizo las maletas y puso rumbo a la capital alavesa. Lo hizo desde Miranda, la que había sido su casa hasta hace siete años. Sin embargo, no fue hasta el pasado cuando decidió salir a la calle. «Me junté con varios músicos, pero emprendí una aventura en solitario porque quería ver si a la gente le gustaba lo mío», recuerda un guitarrista que antes trabajó como paleontólogo.

El primer día

El primer día se guarda para siempre en la retina. «Me puse en Dato a las ocho de la tarde. Apenas pasaban cuatro chicas cuando hice sonar el primer acorde. Tenía miedo de que algún vecino me echase agua, pero todo salió bien», recuerda. «Muchos piensan que tocar en la calle es el último recurso que nos queda, pero no es así. Mi objetivo es compartir mi música. Somos un atractivo más de la ciudad», zanja «Gato».

La calle funciona como un ente ordenado. Cada uno tiene su espacio donde desarrollar sus jornadas. No hay normas ni documentos que corroboren dónde han de colocarse, pero existe la «ley de la calle» y el respeto de unos hacia otros. «En Vitoria nunca hemos tenido problemas porque entre nosotros nos respetamos. No ocuparíamos el lugar habitual de otro», apuntan los propios artistas. Una vez encienden los equipos sus únicos movimientos son aquellos que exige la pieza para representarla a la perfección con el instrumento. «Los artistas salimos para ofrecer algo, nuestra música, no vamos mendigando dinero», dice Gato. «El que quiera que colabore, pero yo nunca haría terraza; tocar y pasar después el sombrero», añade Frankie.

Los zurdos. «Llevamos tocando juntos por las calles de Vitoria desde hace tres meses», apuntan los hermanos Josu y Mikel. Se llaman así porque se apellidan Zurdo y se acaban de incorporar a este mundo, aunque Mikel ya lo había experimentado con anterioridad. «Hace tres años salí con la guitarra. Vi que otros ganaban dinero haciendo lo que les gustaba y pensé que yo también podría». Ahora él –tiene 19 años– se encarga del saxofón y su hermano Josu, que acaba de cumplir la mayoría de edad, del cajón. «Soy muy tímido, pero el cuerpo me pedía hacer algo así. Te ayuda a borrar los miedos y a mejorar capacidades», desliza Josu.

Hace unos días abandonaron Vitoria. Rumbo a Madrid, donde aprovecharon la Semana Santa para «hacer algo de dinero». «Estamos juntos en una aventura en la calle, nuestra escuela. Yo dejé los estudios por la música –antes tocaba en varios grupos– y mi hermano para dedicarse a monitor de parkour», comparte Mikel. Una decisión que no vieron con malos ojos en casa. «Disfrutamos y hacemos disfrutar a la gente con lo que nos gusta», apunta Josu, que está a punto de sacarse el carné de conducir para llevar su música a otras localidades.

Y es que, si el termómetro les respeta, los músicos callejeros preparan «giras» por otras ciudades. «Los conciertos en la calle han dejado de ser una afición a ser una profesión», explica Frankie. Su sueño es «tener un bar donde ofrecer conciertos», un lugar donde asentarse y crecer como artistas. Por el momento ya ha dado el primer paso para conseguirlo. «Me han llamado de varios festivales y en breve bajaré a León y Andalucía para tocar en bares». Y es que «de haberlo sabido, habría salido antes a la calle», entona Rodríguez mientras afina su guitarra para dar comienzo al concierto.

músicos; Vitoria, no

Son varios los músicos que salen a la calle para ofrecer su talento y conseguir a cambio una compensación económica. Sin embargo, algunas ciudades exigen licencias para esta práctica. Es el caso de Bilbao y Madrid, no así el de Vitoria. En las dos primeras, la música callejera tiene horario y espacio limitados. En la capital vizcaína, la normativa, además de exigir la autorización, también impide tocar en zonas céntricas como Moyúa y Diputación, donde a diario transitan alrededor de 100.000 personas. En Madrid, por su parte, son los horarios la principal restricción. En Vitoria, la normativa se aplica de una forma un tanto laxa, hasta el punto de que en las oficinas ciudadanas no son capaces de determinar qué requisitos se necesitan para tocar en la calle ni si es obligatoria una autorización específica.