De Bielorrusia a Álava: un verano terapéutico

El reencuetro de familias alavesas con sus niños de acogida. /Rafa Gutiérrez
El reencuetro de familias alavesas con sus niños de acogida. / Rafa Gutiérrez

Los alaveses abren de nuevo sus casas a 52 niños bielorrusos afectados por Chernóbil

Rosa Cancho
ROSA CANCHO

Treinta años después de que explotara un reactor de la planta nuclear de Chernóbil (Ucrania) aún hay centenares de niños que sufren los efectos de la radiactividad. Aquella catástrofe no sólo causó muerte y enfermedad en un radio de decenas de kilómetros, también devastó su economía. Los pueblos bielorrusos cercanos son pobres y allí es adonde viajan los voluntarios de la asociación Sagrada Familia de Vitoria que logran que cada verano vivan unos días libres de radiación ionizante medio centenar de pequeños de entre 7 y 17 años. El grupo de este año, 52 chavales, ya está desde esta semana con sus familias de acogida.

«Allí les toca valerse por sí mismos. Viktar se ha levantado, ha hecho su cama, ha lavado el vaso del desayuno... Son muy responsables». A Marisa Martínez de Argote se le nota la admiración que siente al ver cómo se comportan en su casa niños a los que la vida les ha puesto una zancadilla detrás de otra. Colabora con Sagrada Familia desde hace ya más de once años y este verano tiene en su casa Viktar, de 11, y a Hanna, de 15. El primero repite experiencia y la segunda es la primera vez que sale en verano del colegio en el que vive acogida.

«Es impagable verles felices»

Marisa ha convivido estos años con cuatro de estos niños y ha contribuido a hacer que el verano sea lo más feliz posible para ellos. «Al principio quieres hacer demasiadas fiestas y cosas, pero ahora veo que es mejor que todo sea normal», relata. Y avisa: «Hay quien cree esto es muy complicado y nada de eso, es más fácil de lo que la gente piensa, porque donde comen tres comen cuatro o cinco. Y lo que es impagable es ver lo contentos que regresan a sus casas».

Las familias de acogida tienen muy claro que ellos no son sus padres, pero eso no impide que se les haga un nudo en el corazón el día de la despedida, lo mismo que se les desborda de alegría el de su llegada. La angustia se disuelve un poco a lo largo del año, cada vez que pueden hablar con sus 'hijos bielorrusos' por teléfono o internet.

Y este es un lazo afectivo que tampoco sueltan quienes están al otro lado. Gala, de 23 años, ha vuelto este verano a casa de Pilar Gamboa pero ya no como niña que quiere jugar y pasárselo en grande, sino como monitora de otros pequeños. Se defiende perfectamente en castellano y sabe que estos días sonará su teléfono muchas veces y que al otro lado habrá padres que buscarán que les traduzca alguna cosa que el niño dice. «Todos vienen muy ilusionados, pero algunos son muy pequeños y lloran», relata.

Ella les calma y les cuenta su propia experiencia, «que van a ir a la piscina, que van a jugar, que van a volver morenos y contentos», dice. «Cuando regresas allí te parece todo un poco gris», relata, «pero lo bueno es que no me cojo ni un catarro ni nada». Gala, que ha estudiado trabajo social, está deseando reencontrarse con una amiga que vive en Vitoria. En los ratos de ocio, hará turismo y tiene pensado vivir la fiesta de la víspera de Santiago.

Y es que una parte del grupo estará aquí hasta el 31 de julio y otra, la de los veteranos, alargará un mes más. Es estas semanas además de las actividades y talleres que realizarán en las instalaciones del colegio Corazonistas, irán a la piscina y a Senda Viva, visitarán las Juntas Generales y pasarán revisión de dientes y vista. Y compartirán un gusto que les une: «Les encantan las frutas frescas y los helados». Como niños que son.

La asociación Sagrada Familia prepara estos viajes con meses de antelación para que ningún detalle quede al azar y haya familias dispuestas. Está abierta a que quien quiera conocer cómo trabajan se ponga en contacto con sus voluntarios. Más información a través de su web: chernobilvitoria.org.